Archivo de la categoría: OTROS AUTORES, OTROS LIBROS

«HAIKUS DE LARACHE», UN LIBRO DE FERNANDO GÓMEZ

Juncos del Lucus.

Largos como el silencio

de una traición.

Me llega el libro Haikus de Larache, que me envía su autor Fernando Gómez. Se trata de una delicada publicación dedicada a Larache a través de los haikus que Fernando ha escrito inspirados en la ciudad. Es como un recorrido por sus calles y paisajes lleno de tacto y belleza. Un libro para leer a ratos, abriendo al azar para entretenerse y disfrutar con el juego de las palabras que se tiñen con los colores de Larache. Pasear por sus calles con el eco de estos poemas a cada pisada. Un pequeño gozo inesperado.

Balcón Atlántico.

No existe frontera entre

el  mar y el cielo. 

Está editado por Los libros del Mississippi, con ilustraciones de Jandro González y prólogo de Eloy Arenas.

El próximo sábado, 20 de mayo, Fernando Gómez firmará ejemplares de Haikus de Larache, en las Ferias del Libro de Vallecas y Alcobendas, en los siguientes horarios:

Fería del Libro de Vallecas de 12:00 a 14:00 h. 

Feria del Libro de Alcobendas de 18:00 a 20:00 h.

 

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JUSTINE

«…Y para definir mejor esa triste vinculación que tanto dolor me había causado, vi que el dolor mismo es el único alimento de la memoria; porque el placer termina en sí mismo, y todo lo que me había legado era una fuente de continua salud, un desasimiento pródigo en vida. Yo era como una batería de pilas secas. Sin compromiso alguno, era libre de circular en el mundo de los hombres y las mujeres como el guardián de los verdaderos derechos del amor, que no es ni pasión ni costumbre -que sólo sirven para calificarlo-, sino la divina intromisión de un inmortal entre los mortales, Afrodita con todas sur armas. Así sitiado, me definía y me realizaba por obra de aquella cualidad que, claro está, me hería más a fondo: la abnegación. Eso era lo que Justine amaba en mí, y no mi personalidad. Las mujeres son ladronas sexuales, y ella quería robarme ese tesoro de desasimiento, la piedra preciosa escondida en la cabeza del sapo. Veía la marca de ese desprendimiento a lo largo de toda mi vida, con sus discordancias, sus casualidades, su desorden. Mi valor no residía en nada de lo que llevaba a cabo o de lo que poseía. Justine me amaba porque yo era para ella algo indestructible, un ser humano ya formado y que no podía quebrar. La obsesionaba el sentimiento de que incluso mientras estaba haciendo el amor con ella mi deseo más grande era morir. Y eso le resultaba insoportable.

¿Y Melissa? Como es natural, carecía de la intuición de Justine en lo que a mí se refería. Sólo sabía que mi fuerza la sostenía allí donde ella era más débil, en sus contactos con el mundo. Atesoraba cualquier manifestación de mis debilidades humanas: costumbres desordenadas, incapacidad en materia de dinero, y cosas por el estilo. Amaba mis debilidades porque entonces podía serme útil, mientras que Justine las dejaba completamente de lado, como algo desprovisto de todo interés. Había adivinado otro tipo de fortaleza. Sólo le interesaba lo que yo no podía ofrecerle como regalo ni ella podía robarme. Lo que se entiende por posesión no es más que eso: guerrear apasionadamente para conquistar cualidades ajenas, luchar por apoderarse de los tesoros de la personalidad del contrincante. Pero, ¿qué otro fin puede tener esa guerra que no sea la destrucción y la desesperanza?

Y sin embargo, cuán intrincadas son las razones que mueven a los hombres: Melissa había de ser quien arrancara a Nessim de su refugio en el mundo de la fantasía, para arrastrarlo a una acción que, bien lo sabía él, todos lamentaríamos amargamente, puesto que nos llevaba la vida. Sí, fue ella quien, impulsada por la violencia de su propia infelicidad, se acercó una noche a la mesa de Nessim, que frente a una copa de champaña vacía observaba el cabaret con aire pensativo, y ruborizándose, temblándole las pestañas artificiales, murmuró aquellas cinco palabras: <Su mujer le es infiel>, que desde entonces quedaron vibrando en su mente como un cuchillo recién clavado. Desde luego, hacía tiempo que recibía nutridos informes sobre ese hecho tan temido, pero las páginas que leía eran como noticias periodísticas de una catástrofe acaecida muy lejos, en un país desconocido. Ahora se enfrentaba con un testigo ocular, una víctima, un sobreviviente… La resonancia de esa breve frase estimuló su capacidad de sentir. Todos los informes escritos se alzaron bruscamente ante él, aullando.»

Estos párrafos pertenecen a Justine, de Lawrence Durrell, con traducción de Aurora Bernárdez. Edición Diario El País, 2003, Colección Clásicos del Siglo XX.     

    

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«UNA ORACIÓN SIN DIOS», UN LIBRO DE KARIMA ZIALI

 Una oración sin dios es la primera novela de Karima Ziali. No es un libro extenso, pero sí es de una gran intensidad. En alguna parte he escrito que es una novela envolvente. En efecto, estas páginas poseen algo que te emboza, que te engulle, como le ocurre a Morad, el protagonista, que es absorbido por una vida que no ha elegido. Con una estructura inusual, toda la primera parte es un recorrido casi lineal por el día a día de este joven que se quiebra en los últimos capítulos dando un arriesgado salto atrás, a los orígenes. Eso hace que la novela se balancee en un equilibro muy frágil, pero acertado, quizá como prolongación inevitable a la vida del protagonista, que es una vida llena de trampas y de desengaños, vivida al límite. Ser musulmán y ser un ferviente creyente o ser musulmán y transgredir el Corán y cuanto su madre le ha enseñado, ser musulmán y vivir el sagrado mes de Ramadán de forma estricta o ser musulmán e infringir lo aprendido en la madrasa. Ésa es la lucha interna de Morad, su búsqueda de la verdad, de su verdad.

«Morad empieza a sentir cierta inquietud. Algo le hierve por dentro. Su estómago ruge de hambre, se retuerce ante los efluvios dulces y calientes que emanan de todas las tazas. Una fuerza intangible y benévola dirige a Morad hacia la mujer. <¿No sabes que estamos en el mes de Ramadán?, ¿qué haces comiendo? Debería darte vergüenza>. A Morad parecen caerle las palabras del cielo. Siente la incomprensión de su gesto que surge de una forma tan fluida, tan sensata, tan llena de razón. Tiene la sensación de que todo proviene de un mundo inocente e imperturbable. Su tono y su velocidad mantienen el ritmo de una ceremonia iniciática de la que, por un breve instante, se cree maestro y artífice.

Morad permanece en silencio. La mujer lo mira sosteniendo la taza. Todo lo que viene después desencadena en él un sentimiento de caos que lo perseguirá todo el día. Ella esboza una ligera sonrisa, levanta la mano y dirige con impecable precisión la taza de café a su boca, tratándola como si fuera una ambrosía, ingiriendo su líquido sin apartar ni un segundo la mirada de los ojos de Morad.»

 Situar durante el mes de Ramadán toda esa primera parte del libro subraya aún más la incertidumbre y el desasosiego que atrapa a Morad en una tela de araña que lo asfixia. Quiere comprender y quiere encontrar, pero la falta de oxígeno es abrumadora. Su profesor Domènech, que hace acto de presencia en instantes cruciales, es como ese salvavidas que le lanzan a quien se ahoga pero que tarda en descubrirlo entre las olas y tarda aún un poco más en alcanzarlo a nado. Todo es un caos interno en Morad, una pelea entre sus dos yo. Y Domènech, como contrapunto a su madre, Farida, es quien le va dando las pistas para salir de su laberinto.

«…Domènech no dice nada. Parece estar ahí como quien pasea a solas. Morad se limpia las migas pegadas a sus labios enrojecidos y con la mirada pegada al suelo solo se le ocurre decir <es una mierda ser moro>. Domènech detiene el paso y Morad, que acaba de escuchar las palabras que han salido por su boca, es incapaz de articular un sonido más. Respira y levanta la vista hacia Domènech que lo mira con su calma particular. <Ser moro no es lo que hace que tu vida sea una mierda>. Morad asiente y en seguida se arrepiente de lo que ha dicho. Su pómulo derecho parece una pelota de papel de lija que pule su carne por dentro. <No pienses que por ser español las cosas te serían más fáciles>, sentencia Domènech que retoma el paso, <entre tú y yo no hay tanta diferencia. Eso es lo que mata al mundo, pensar que somos distintos.>   

Morad vive con una bolsa de plástico que le cubre la cabeza, y a manotazos, a bocados, a gritos, trata de librarse de ella. Quiere respirar y ver la luz, dejar a un lado las sombras, sacudirse la presión de una educación estricta basada en la religión. Ser libre. Por eso es una novela envolvente, porque esa asfixia del protagonista la experimenta el lector y hay que llegar al último capítulo para saber si al final esa bolsa de plástico se rompe y se vuelven a lenar los pulmones de aire puro. Los de Morad y los nuestros. 

Karima ha escrito una novela dura y sin concesiones, envolvente.

Una oración sin dios ha sido publicada por Ediciones Esdrújula.

Sergio Barce, mayo 2023 

 

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NOVELAS MARROQUÍES Y ABDELFATTAH KILITO

Escribe Abdelfattah Kilito en su libro Hablo todas las lenguas, pero en árabe (Je parle touts les langues mais en arabe, 2013), lo siguiente:

«¿Es una casualidad si las primeras novelas marroquíes evocan la infancia? e incluso en el título: La caja de las maravillas, de Ahmed Sefrioui (1954), Infancia entre dos orillas (Fi-l-tufula) de Abdelmajid Benjelloun (1957). Es una novedad significativa: en los textos árabes antiguos, el niño no suele estar presente. Hayy Ibn Yaqzán es una excepción. A partir de 1954, los marroquíes escriben sobre todo, o en primer lugar, para evocar su infancia, su nacimiento, lo que implícitamente significa una manera de señalar, de atestiguar la emergencia de una literatura. Toda novela se p`resenta entonces como una partida de nacimiento. De la literatura como registro civil… 

Empezamos a escribir cuando aprendimos a leer y nos llevaron, según los avatares de la formación, a la escuela de los egipcios o a la de los franceses. La literatura presupone la escritura, la escuela y en consecuencia una lengua especial, más exactamente dos lenguas, el francés y el árabe clasico. Por lo tanto, la literatura marroquí sólo surgió a partir del día en que nuestra madre, esa <loca de la casa> nos metió en un cofre y nos entregó a la mar, a lo desconocido, a los peligros de la escuela, al albur de otra lengua, de otras lenguas, en una isla en la que sirenas, quimeras y animales desconocidos emiten sonidos insólitos. Nos encaminamos a la morada de esas criaturas para recuperar un atraso cultural del que todos éramos conscientes, viajamos hacia islas lejanas, París, El Cairo, a veces Damasco y Beirut, para imitar, hasta el punto de confundirse con ellas, las voces y los cantos de los seres que las habitan. Buscábamos una familia sustituta, una lengua de escritura, un sol, una gacela. Desde ese punto de vista, la laiteratura marroquí tiene la consistencia de una sombra, de un reflejo lunar».  

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«RUBÁIYÁT», DE OMAR KHAYYAM

Omar Khayyam (u Omar Jayam), fue un poeta persa, además de astrónomo y matemático, que vivió entre los siglos XI y XII. Es el autor del Rubáiyát, una de las cumbres de la poesía árabe. Aquí trasncribo varios de sus versos, en la publicación de 2015 de Ediciones Obelisco, con traducción de Joaquín V. González. 

 

«…Y si esta esencia fuese de Dios un atributo,

¿quién blasfemar podría de la vid como un lazo?

Y si es un crimen ¿quién nos mandó su tributo?

antes, pues, como gracia gustemos de su fruto.

 

Debo abjurar del Bálsamo de vida, sí, ya es hora,

antes que nuevas tasas pague mi fe sincera

o al ir en pos de alguna Bebida redentora

mi vaso caiga al polvo que todo lo devora.

 

Sin la secta de abstemios del amor y del vino

sola es llamada al goce del Edén del Profeta,

¡Ay!, temo que el Edén, con su encanto divino,

vaya a quedar desierto, sin fieles ni destino.

 

¡Amagos del Infierno! ¡Promesas del Paraíso!

Sólo es cierta una cosa: ¡que nuestra vida vuela!

Sólo es cierta una cosa, lo demás falso viso:

La flor que un día abriera por siempre se deshizo.»  

 

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