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YA NO TENEMOS JARDÍN DE LAS HESPÉRIDES, POR CARLOS TESSAINER Y TOMASICH

Carlitos Tessainer y yo nos criamos en el mismo edificio, frente al Balcón del Atlántico. El tiempo ha hecho que, afortunadamente, nos reencontrásemos, él vive en Fuengirola y yo en Torremolinos, es decir, a pocos kilómetros uno del otro. Hace tiempo que Carlitos aporta sus opiniones y sus artículos a mi blog, y eso le da a esta página virtual un plus de autenticidad y de calidad. Nos llamamos a veces, nos escribimos bastantes emails y nos vemos en alguna ocasión. Nos reímos mucho. Yo siempre aprendo de él cuando nos vemos, porque es un portento de memoria. También solemos cabrearnos juntos cuando nos enteramos de que se ha cometido alguna barbaridad en Larache, de esas que nos duelen a todos. Estos días precisamente ha ocurrido esto último con el tema que Carlos aborda en este artículo, y que suscribo íntegramente.  

Sergio Barce, agosto 2016

¡YA NO TENEMOS JARDÍN DE LAS HESPÉRIDES!

Cuando a finales de la pasada primavera mi amiga y paisana Raquel Moryoussef Fereres me dijo que iba a Larache, le pedí que de nuestra ciudad, “hiciese todas las fotos del mundo”, y que tras su regreso, me las mandara.

¡Bien que cumplió el encargo! Y me envió decenas de fotografías. Como creo que a todos nosotros nos pasa, disfruté viendo muchas de ellas; otras, me causaron pesar: lugares irreconocibles, edificios derribados, calles totalmente transformadas. En fin, el lógico desarrollo de cualquier ciudad que, como  ser vivo que es, va siendo transformada por sus habitantes  -los que precisamente la hacen vivir- según las circunstancias, las necesidades y, por supuesto, el transcurrir del tiempo.

Pero entre todas ellas, hubo una imagen  -dos para ser más exactos- que me rompieron el alma y me indignaron. ¡Ya no tenemos Jardín de las Hespérides! No me lo podía creer, pero las fotografías y lo que luego Raquel me ratificó de palabra, no dejaban lugar a dudas.

Raquel Moryoussef Fereres. Larache, Junio 2016.

Raquel Moryoussef  Fereres. Larache, Junio 2016

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Raquel Moryoussef Fereres. Larache, Junio 2016

Raquel Moryoussef  Fereres. Larache, Junio 2016

Los cambios toponímicos en las ciudades son frecuentes y lógicos. En España sucedió con el paso de la dictadura a la democracia y en Marruecos con el tránsito del Protectorado a la independencia. No obstante, estimo que siempre debe haber salvedades. Ya en su momento, en mi artículo “La Duquesa de Guisa y Larache” (Boletín trimestral de la “Asociación La Medina”, números 16 y 17, mayo y agosto de 2002) ampliamente reproducido en varias publicaciones, mostré mi disconformidad a que la calle que en Larache llevaba su nombre -Duquesa de Guisa-  a la que se abría la entrada principal de su palacio, hubiese sido en el pasado cambiada de nombre. Yo creo que por absoluto desconocimiento de las autoridades de aquel entonces (mediados de la década de 1960) cuando no por incultura. Sobre todo cuando la Duquesa allí había vivido durante cincuenta y dos años, en su acción solidaria siempre tuvo muy presentes a los marroquíes y las relaciones entre las familias reales  de Orleans y la Alauí, siempre fueron fluidas y amistosas.

Pero ¿que ahora le quiten el nombre al Jardín de las Hespérides? Querría saber de quién ha partido la idea: si del bajá de la ciudad o del gobernador de la provincia. Confieso que durante mucho tiempo, no supe quiénes eran las Hespérides…  Pero cuando me enteré, ya en la adolescencia, que según la mitología griega eran las ninfas que cuidaban un esplendoroso jardín en la parte más occidental de la Tierra entonces conocida y que la tradición situaba al pie de la Cordillera del Atlas, en el Magreb al Aksa, junto al Océano Atlántico, comprendí perfectamente porqué en su momento se le puso aquel nombre al jardín.

Da igual que fuese bajo la administración española  -como fue el caso-  o que lo hubiese sido bajo la marroquí. Le pusieron ese nombre tan acertado a un solar inhóspito situado frente a la fachada occidental del viejo Castillo de las Cigüeñas y que desde el principio surgió como un pequeño jardín botánico. En el pequeño terraplén que separa el castillo del resto de la explanada, había un sinfín de hibiscus (“pacíficos”) y cañas de bambú, ambas muy codiciadas por los niños: los hibiscus, porque les arrancábamos las flores para chupar un líquido dulzón que segregaban del fondo de los pétalos. Para cortar las cañas nos llevábamos navajas pues arrancar sus rizomas resultaba imposible. Con ellas conseguíamos unas largas y finas varas que agitadas al viento, sus silbidos nos transportaban a luchas imaginarias y a veces no tanto, pues en “armonía” nos dábamos varazos los unos a los otros, dejándonos moratones en las piernas. ¡Pero eso era lo de menos! Lo peligroso es que casi siempre aparecía el guarda, con su chilaba color blanco crudo, su fez rojo y un gran palo, corriendo detrás de nosotros para que dejásemos de hacer tropelías. Corríamos como locos y alguno en alguna ocasión, acabó en la comisaría de policía con la posterior reprimenda por parte de sus padres.

En el resto del jardín, fueron plantadas araucarias, por cuyos troncos trepaba la hiedra a su antojo; palmeras canarias, varios juníperos (variedad de coníferas), acacias de flor blanca, falsos pimenteros y hasta un drago, que, por su gran tamaño, sigue siendo en la actualidad digno de admiración. Y en la parte central del jardín, una jaula con un mono o mona, auténtico deleite para todos los niños que íbamos a verla y echarle cacahuetes. Y, junto a la jaula del simio, un estanque de rocalla donde apaciblemente nadaban numerosos patos, que al caer la tarde el guarda recogía y guardaba en una pequeña construcción aledaña para protegerlos durante la noche.

Recuerdos de niñez y primera adolescencia…

El actual Jardín de las Hespérides está hoy muy transformado, pero como decía anteriormente, debemos enmarcarlo dentro del lógico desarrollo de cualquier ciudad, aunque a veces éste no sea precisamente acertado. Descubro en él dos bellos “templetes” de estilo andalusí, blancos y de tejas verdes. Compruebo con pesar cómo senderos de arena, han sido sustituidos por pavimento. ¡El mismo error o atrocidad que el cometido en cualquier parque o jardín de España! Donde al parecer ya los niños no juegan en la arena con los cubitos y las palas…  ¡Ya no veo ni bambús ni hibiscus en el pequeño desmonte sobre el que se alza el castillo! ¡Ya no hay estanque con patos, ni bancos de azulejería andalusí! ¡Me resulta muy difícil reconocerlo!

Cuando vine a vivir a la costa malagueña, a mi casa le puse el nombre de “Hespérides”, el que sigue ostentando para orgullo de quienes en ella vivimos.

La primera novela de nuestro paisano Sergio Barce, no por casualidad lleva por título “En el Jardín de las Hespérides”. Quien lea mi novela “El árbol del acantilado” (finalista del X Premio de Novela Fernando Lara), en las páginas 112-113 y 157 y siguientes, encontrará detalles sobre el viejo jardín, el que casi todos tenemos en mente. Y en el que bastantes años después de la independencia de Marruecos, aún se celebraban en las noches de verano verbenas a las que acudían numerosos miembros de las tres comunidades que en Larache convivían y cuya recaudación, estaba íntegramente destinada a fines benéficos.

Nuestra paisana Mercedes  Dembo  Barcessat  tiene un hermoso poema escrito en jaquetía con el nombre de “Larashe  l´ezziza”, en algunos de cuyos versos queda inmortalizado no sólo el jardín, sino también su antiguo nombre:

Mizmo tus leones siguen impasibles,

taleando fielmente

sobre el mentado Jardín de las Esperides  (sic.).

Un  bel´lá de sicretos guarda  esejardín

de amores enjubilados,

de aventuras prohibidas,

de lágrimas vertidas.

Viendo las fotografías que acompañan a este texto, ya sabéis el nuevo nombre que le han puesto: “Jardin des Lions”, en referencia a los dos hermosos leones de mármol blanco que flanquean la entrada principal. En el de la izquierda figura el nombre en francés; en el de la derecha, en árabe. La lengua española se esfumó, no ha merecido un lugar para el nuevo nombre.

Y si pena me da que hayan cambiado el nombre (sin duda por la misma incultura que condujo a borrar del callejero larachense el nombre de “Duquesa de Guisa” para la calle que así se llamaba), más me la ocasiona si se sabe que fue un español quien donó estos leones a la municipalidad de Larache.

D. Francisco Román Quiñones

D. Francisco Román Quiñones

Efectivamente, fue el empresario y contratista de obras don Francisco Román Quiñones (propietario de la droguería “La América”) quien a comienzos de los años 1930 adquirió estos leones en pública subasta, cuando las autoridades incautaron en el puerto de Larache toda la mercancía que transportaba un barco de bandera italiana, entre la cual se encontraban los leones. Su idea inicial fue situarlos dentro del gran portal de la casa familiar que acababa de ser construida entre las antiguas calles 17 de Julio y Renschhausen (en la actualidad Mohamed Zerktouni  y Taza respectivamente). Pero su mujer, doña  Amalia Fuertes Jordán se opuso a ello, argumentando que eran demasiado ostentosos. Y don Francisco Román, que junto a su mujer y a su hija mayor Angelina habían llegado a Larache en 1912 (ciudad en la que los tres están enterrados), decidió donarlos para ornamento de Larache.

Dª Amalia Fuertes Jordán

Dª Amalia Fuertes Jordán

Postales antiguas atestiguan cómo inicialmente fueron colocados junto a la puerta principal del Castillo de las Cigüeñas -situada inmediatamente antes del edificio de la antigua Comandancia de Ingenieros- para posteriormente, y cuando el Jardín de las Hespérides fue concluido, pasar a ocupar la entrada del mismo.

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Primera ubicación de los leones

No comprendo en primer lugar por qué le han cambiado el nombre al jardín, pues era y es un nombre hermoso y en absoluto ofensivo para ninguna cultura. Bien es cierto que el nuevo nombre no me disgusta, pero que al menos las autoridades gubernamentales y locales de Larache sepan que esos leones que han decidido que den nuevo nombre al jardín, fueron donados a la ciudad por un español. Y que ni eso parece haber valido para que, junto al francés, el nombre del jardín figure también en español. Aquí, no hay incultura, sino una realidad con connotaciones cuanto menos desagradables y poco afortunadas. Valgan pues estas líneas para dejar constancia de lo que considero una ingratitud por parte de dichas autoridades.

Hay una frase rotunda que dice que una imagen vale más que mil palabras. Si se compara la postal del Jardín de las Hespérides de 1971 con la del mes de junio de 2016, bien podemos apreciar que ante lo que era un auténtico jardín, en la actualidad el cemento ha triunfado. ¡No!, no es la imaginación, ni la nostalgia o los recuerdos los que traicionan la mente, haciendo creer que lo de nuestra niñez y adolescencia era mejor. La comparación de las dos instantáneas, hablan por sí mismas.

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«Jardín de las Hespérides, 1971» (imagen tomada desde la fachada lateral del cementerio de Lal-la  Men-nana)

Quizás las Hespérides, al no tener realmente jardín que cuidar, hayan decidido abandonar el lugar que les correspondía, donde la mitología griega las situaba y del que las autoridades gubernamentales o locales de Larache, con sus desafortunadas remodelaciones, su desconocimiento y el incomprensible cambio de nombre, han determinado ignorarlas.

¡No! La incultura de las autoridades, no las exiliaron. Quiero pensar que ellas han decidido marcharse de su jardín. No sé si estarán buscando otro lugar que custodiar. Tal vez lo hayan encontrado. Y en cualquier enclave del antiguo poniente de la Tierra, alguien tenga la inteligencia y el ingenio de acordarse de ellas y en un jardín cualquiera –en un verdadero jardín- dándole su nombre, de nuevo las encomienden la misión para la que fueron ideadas.

Pero para los que en Larache nacimos, vivimos o crecimos, aquel que ya no lleva su nombre, siempre será el Jardín de las Hespérides, en el que el Castillo de las Cigüeñas, los leones sobre los que siendo niños nos subíamos, las palmeras, las araucarias y el drago, permanecen como testigos mudos de un pasado en el que las Hespérides daban muy acertadamente nombre a su jardín, al que sin duda cuidaban con esmero.

Carlos Tessainer y Tomasich

 

 

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LARACHE – TRIATLÓN LARACHE 2015

Acaba de celebrarse el Triatlón Internacional de Larache 2015, en su 10ª edición ya. Un acontecimiento que supone un esfuerzo tremendo para todos los que intervienen en su organización. La verdad es que quienes lo ponen en pie, se merecen un homenaje.

Como veréis por las imágenes, el Triatlón ha sido todo un éxito. Las fotos, en su mayoría pertenecen a Omar Hatri, que ha tenido el detalle de permitirme el colgar sus buenísimas tomas en mi blog. Un detalle de gran generosidad que le agradezco, y que nos permite disfrutar con ellas. Otras fotos están tomadas de varias páginas de facebook de paisanos larachenses. El colorido es espectacular.

Lo cierto es que el Triatlón Internacional de Larache va creciendo año tras año y se está convirtiendo en cita obligada para los atletas de esta disciplina.

Sergio Barce, octubre 2015

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LARACHE – ASI FUE EL ENCUENTRO INTERCULTURAL 2015

He acudido a la invitación que me hizo Abderrahman Lanjeri para participar en el Festival Intercultural 2015 en Larache, sin saber que, una vez más, la emoción se iba a adueñar de nosotros. Ha sido tan especial, tan entrañable, tan divertido. Participé en una mesa redonda con larachenses para hablar de Larache y de nuestra experiencia personal para mostrar a todos que la convivencia y el respeto es posible. El aire se llenó de magia.

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Habló Ange Ramírez, embargada por una emoción desbordante, abriendo el encuentro, y luego intervino el profesor Abdallah Benaissa-Bucarruman, desplazado ex-profeso desde Casablanca, que hizo una interesantísima exposición sobre la haketía.

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El cineasta larachense Abdeslam Kelay nos iba presentando a medida que interveníamos, y así nos vimos hablando de nuestra infancia y de nuestras experiencias Emilio Gallego, Ernesto Blanco y yo. Los recuerdos brotaban con facilidad y entrábamos y salíamos del Cine Ideal, del Cine Avenida, del Jardín de las Hespérides o del Zoco Chico, íbamos de caza a la Ghaba y a nadar a la playa peligrosa, y nos asomábamos al Balcón del Atlántico como si de pronto hubiésemos regresado a un pasado que no nos abandona. 

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Han sido días intensos, en los que la música ha sido protagonista principal, la música y los amigos. Hacía tiempo que no me reía tanto con tanta buena gente. Sara Sae nos deslumbró con su voz potente, cantando a capella en la Casa de la Cultura que nos hizo llorar, literalmente, y luego nos regaló otra canción también a capella en el Café Valencia, mientras desayunábamos el último día, y se nos hizo un nudo en la garganta. Cuando actuó en el albergue juvenil, acompañada de su grupo, su voz nos transportó con el sonido sefardita y con las leyendas de Granada….

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Actuaron grupos de Bulgaria, de Madrid, escuchamos temas de Bossa Nova con el dúo Nossa Bossa, el grupo de guitarra que venía con Ernesto Blanco del Conservatorio de Córdoba Músico Ziryab, impresionantes, la preciosas canciones del cantautor Ramón Tarrío, en cuyos temas había versos de El Fathi, Fernández Gomá o Chakor, el grupo Repiques, música Gnawa, saltimbanquis, el grupo Ma Samba, batucada, el dúo Colores que fusiona la guitarra flamenca y letras en inglés, precioso, el grupo larachense Lalla Mennana que nos dejó con ganas de más… En fin, estuvo fantástico. Y las actuaciones en lugares simbólicos: en las ruinas de Lixus, en la plaza de España (Liberación), en el Zoco Chico, en la capilla de la Cruz Roja, en la Iglesia del Pilar… Fusión real.

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Las risas y las bromas de Carmen, Rosa María, Mercedes, Fefi, Rafi, Ángela, María, Hanan, Joyce, Sara. Katya… La compañía de El Hachmi, Marcos, Emilio, Ernesto, Berry, Luisito, Ramón o Paloma… En fin, todo ha salido redondo. Y gracias a Abderrahman Lanjeri por su esfuerzo y a todos los que, junto a él y Ange, han hecho posible este encuentro.

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Para quienes tengan paciencia, reproduzco a continuación mi intervención en la mesa redonda.

Hoy quienes estamos aquí sentados en esta mesa redonda somos unos amigos. Y nos rodean más amigos. Y a todos nos une algo invisible y etéreo que es difícil de explicar. Nos une una ciudad, una ciudad muy especial.

Larache tiene embrujo, y aunque le hayan echado todos los males de ojo del mundo, ha conseguido sin embargo que todos nosotros no sólo seamos amigos sino que nos sintamos como una familia.

Yo no me acuerdo de Ernesto Blanco cuando era niño. Tampoco sé, si ya siendo niño tenía barba o no, y si ya entonces tocaba la guitarra. En todo caso, espero que no tuviera barba.

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Seguramente jugaríamos en alguna ocasión juntos, o quizá incluso nos tirásemos alguna piedra -a lo que éramos muy aficionados los del callejón de Uniban y los de la calle Daisuri-, pero desde que nos reencontramos casualmente hace unos años se ha tejido entre nosotros una amistad muy estrecha y especial. Yo sé que cuento con él para lo que necesite, y él sabe que cuenta conmigo para lo que le haga falta. Y esto no sucede con cualquiera. Sucede porque los dos somos de Larache, y Larache nos convierte en hermanos.

En Lixus - Ramón Tarrío, Emilio Gallego, Sergio Barce y Berry, sentada.

En Lixus – Ramón Tarrío, Emilio Gallego, Sergio Barce y Berry, sentada.

Con Abdeslam Kelai ocurre otro tanto. No lo recuerdo de mi infancia, ni él me recuerda a mí, pero seguro que nos cruzamos en más de una ocasión y hasta es posible que hablásemos o jugásemos. Quién lo sabe. Pero cuando nos vemos, es como si nos conociésemos de siempre. Yo lo admiro por su trabajo como cineasta, y lo sigo con cierta ansiedad cuando nos anuncia que acude a un festival a competir con alguna de sus películas, porque estoy deseando que mi hermano (él me llama así, y yo le dijo jay) que Abdeslam gane el primer premio. Un premio de lo que sea. Da igual, pero que lo gane. Y también nos sentimos hermanos.

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Pero con Emilio Gallego me ocurre algo distinto. Nosotros sí habíamos jugado de pequeños por las calles de Larache, y yo había entrado en el cine de su padre, en el mágico Cine Ideal, gracias a que nos colaba gratis para ver películas. Luego, nos olvidamos el uno del otro. Pasaron los años. Y cuando nos reencontramos, en este caso, todo fluyó de manera natural. Todo se fue recomponiendo volviendo a su sitio, y el pasado incluso parecía cercano. Nos sentimos muy unidos. Y también somos como hermanos.

Con Ange Ramírez, la cosa tiene sus matices. Ella es, sencillamente, familia, alguien que va muy unida a mi madre, con quien en los últimos años compartió momentos muy entrañables. Es muy especial.

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¿Por qué os cuento esto? Porque creo que esto demuestra que el vínculo entre los larachenses es muy difícil de comprender para alguien que no es de aquí. Yo creo que nos miran mal. Como si estuviésemos locos.

Pon a dos larachenses en medio de un desierto, y se pondrán a hadrear sin parar de Larache. Y si los pones en una plaza redonda, como la plaza de España, se pondrán a rallar la plaza –como decimos aquí- dando vueltas como si fuera un disco mientras hablan y hablan larachensemente.

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En general, a los que tenemos cierta edad y a nuestros mayores, nos invade una especie de nostalgia por el Larache que conocimos una vez. Ese Larache que se esconde tras los horribles bloques de pisos que han sustituido a esas preciosas casas y edificios que conocíamos. La razón es que en aquel Larache (para los mayores, el que formaba parte del protectorado; pero para nosotros, los más jóvenes, nacidos ya en el Marruecos independiente, es el Larache que conocimos ya bajo Hassan II), en ese Larache, digo, aprendimos una asignatura que es difícil de estudiar en ninguna universidad del mundo. Aprendimos lo que es respetar al diferente.

No aprendimos a tolerar, porque nadie estaba por encima de otro, sino a convivir y respetar a nuestros vecinos, a entender que las ideas, creencias y costumbres son diversas y diferentes pero tan respetables y dignas de admiración como puedan serlo las propias.

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Hace unos días, colgaba en mi blog un listado de teléfonos de Larache del año 1956. Busqué lógicamente el teléfono de mi abuelo Manuel Barce: era el número 2207.

Me llamó la atención una cosa de ese listín: la mezcla de los apellidos.

Iba leyendo con el dedo bajando ese listín y me encontraba con un montón de Bares… Bar Coliseo, Bar La Marquesina, Bar Royal, Bar Selva… y luego con los apellidos: Barce, Barcelona, Barrabah, Barrada, Barranco, Bekuri, Belity, Belkassem, Bemergui, Ben Abdellah, Ben Abdeslam, Ben Ahmed, Ben Hach, Ben Musa, Benaisa, Benarroch, Benasuly, Benchimol, Bendayan, Bengoa, Beniflah, Bensabat, Bensimón, Berenguer, Bueno, Busfeha, Butler, Buzaglo… Apellidos musulmanes, cristianos y hebreos.

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No sé si os habéis dado cuenta pero nos miran raros cuando contamos que, en nuestra infancia, y en los años anteriores, los de nuestros padres, convivíamos todos juntos y que nunca había nada que nos hiciera pensar mal unos de otros.

Celebrábamos juntos el Mulud y el Aid el Kebir, el Passad y las Navidades, y si veíamos un cortejo fúnebre que se dirigía a toda prisa al cementerio musulmán, nos quedábamos quietos en silencio en las aceras hasta que pasaba el cortejo y sólo entonces seguíamos jugando.

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Cuando escribía los cuentos que forman parte de mi libro Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente, me daba cuenta de la riqueza que poseemos. Hemos sido muy ricos.

Y somos unos privilegiados.

Aprendimos a respetarnos sin que nadie nos obligara a ello. Surgió de una manera espontánea y natural. ¿Cómo iba a ser diferente si vivíamos en la calle, jugando de la mañana a la noche unos con otros, sin que supiésemos que podían existir diferencias entre nosotros? Ni las veíamos.

Si el padre de mi amigo Lotfi iba a la mezquita, si el padre de mi amigo Mesod iba a la sinagoga o si mi padre iba a la iglesia, no nos suponía nada especial. Era lo cotidiano.

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¿Qué niño cristiano no estaba deseando que se cocinara harira en Ramadán? Nos moríamos porque nos invitaran a tomar una taza de harira. Y si no nos invitaban, nuestras madres, las preparaban en nuestras casas. Qué harira hacía mi madre. Siento decirlo, pero era la mejor harira del mundo.

¿No era eso una especie de pequeño y humilde homenaje de respeto a la comunidad musulmana?

Y cuando Yebari montaba el pequeño estrado en su bazar para que los tres reyes magos pudiesen recibir a los niños cristianos para que les entregaran sus cartas pidiendo sus juguetes (yo entre ellos), ¿no era eso también una especie de pequeño y humilde homenaje de respeto a la comunidad cristiana?

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Y cuando nuestras familias acudían a la casa de unos amigos hebreos para felicitarlos por el Rosh Hashaná y nos daban manzanas mojadas en miel, ¿no era eso de la misma forma una especie de pequeño y humilde homenaje de respeto a la comunidad hebrea?

Y por eso, escribiendo esos cuentos de Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente, no sólo me di cuenta de todo esto, sino de que sigo atado de por vida a mis amigos, que forman parte de mi familia.

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Y decidí que debía rescatar ese espíritu y plasmarlo en un libro, y, gracias a eso, recuperar a los amigos y a los familiares para que nunca se pierdan en las páginas del olvido.

En cada cuento del libro, trato de que deambule cualquiera de mis amigos de aquí, y los homenajeo de esa forma; y lo mismo hice en mi novela Una sirena se ahogó en Larache. El 90% de los personajes son reales. Sois vosotros. Somos nosotros.

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Leer estos dos libros significa reencontraros a vosotros y a los que desgraciadamente ya no están. Porque yo quería que viviésemos para siempre. Convertirnos en inmortales. Que mi Larache no se olvide, que no la borren de la memoria.

Sé que ya no existen ni mis abuelos, ni Mina, ni Brital, ni el señor Gallego, ni don Aurelio, ni el mayor de los hermanos Yebari, ni tampoco Dukali, ni Juanito Vargas, ni Manolo Alvarez, ni Fadela Tadlaoui, ni estarán con nosotros María (la madre de Ange), ni nos cruzaremos con Mohamed Sibari, ni veremos llegar de nuevo a mi madre. Pero todos siguen vivos en mis libros.

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Y aunque estamos aquí, es fácil hallaros en mis cuentos, porque sois mis amigos, mis compañeros, mis paisanos, mis hermanos…

Sin ninguna duda, un día, también nosotros desapareceremos. Pero nuestros hijos abrirán estos libros y creo que habré conseguido que ellos descubran quiénes fuimos, y también sé, sin ninguna duda, de que se darán cuenta de que hemos sido los más ricos del mundo.

Sergio Barce, Larache, 10 de octubre de 2015

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LARACHE – FESTIVAL INTERCULTURAL 2015

Festival Intercultural de Larache

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LARACHE – FESTIVAL INTERCULTURAL 2015

Esta semana comienza el

Festival Intercultural de Larache 2015

El próximo sábado, tendré la suerte de compartir una mesa sobre la convivencia y la interculturalidad en Larache con tres amigos y paisanos larachenses: el escultor Emilio Gallego, el músico Ernesto Blanco y el cineasta Abdeslam Kelay.

Deseando llegar.

Aquí tenéis el tráiler con algunas de las actuaciones programadas.

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