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Libros de cine: CLINT EASTWOOD. Biografía (Clint: The life and legend) (2009) de PATRICK McGILLIGAN

Biografía no autorizada por el protagonista, y que presentó demanda contra el escritor Patrick McGilligan, finalmente el libro vio la luz tras un acuerdo extrajudicial. No es una biografía complaciente, en absoluto, sino un intento de retratar a uno de los mayores iconos de la historia del cine.

Incluyendo el epílogo, son 698 páginas que desgranan toda una vida (cuando McGilligan termina el libro, Clint Eastwood acaba de cumplir los ochenta años). Y la sensación es que, finalmente, también el autor del libro, pese a la compleja personalidad del personaje, pese a sus claroscuros, pese a sus críticas y censuras a su manera de actuar en algunos asuntos, le admira.

Hay un concienzudo trabajo de investigación para explicarnos los orígenes de la familia Eastwood, a veces demasiado exhaustivo, pero loable sin duda, y que demuestra que han buceado en cientos de archivos y de registros, es increíble la cantidad de datos que aún se guardan de sus bisabuelos, abuelos y padres. Luego, por supuesto, toda la vida de Clint Eastwood paso a paso no sólo recorre sus años de actor de reparto, su falta de entusiasmo inicial (me sorprende haber descubierto que era un joven que desconocía por completo el cine de John Ford, por ejemplo, y que no era muy cinéfilo; incluso que no le ponía demasiada ilusión a sus primeros trabajos porque ni siquiera tenía claro que iba a dedicarse a esta profesión),

CLINT EASTWOOD en 1970

su posterior incursión en la televisión, especialmente en la serie Rawhide, cómo entra a formar parte del spaghetti-western y a convertirse, por un golpe de fortuna, en una estrella deslumbrante que comenzaba a arrasar en las taquillas. Y así hasta llegar al día de hoy, convertido en el hombre más rico de Hollywood, repasando una a una sus películas como actor y director.

Paralelamente, McGilligan nos va desnudando al hombre. Personalmente es la parte que menos me interesa del libro, aunque supongo que hay a mucha gente a la que le gustará saber que tiene un montón de hijos con diferentes mujeres, que ha sido un hombre constantemente infiel a sus parejas y que ha terminado por crear a muchos enemigos que no le perdonan ciertas cosas. En este último aspecto, sí me ha desvelado una parte de su personalidad que no imaginaba, y es la del actor y productor que cuando descubría un error o una falta, intencionada o no, en alguien de confianza o de su entorno lo hundía inmisericordemente. De hecho, en algún caso se encargó de que ya no volvieran a encontrar trabajo en la industria del cine. Algo que también sucedió con algún buen realizador con el que trabajó, como Philip Kaufman (director de films tan sugerentes como “La insoportable levedad del ser” (The unbearable lightness of being, 1988)  o “Henry & June”, 1990) que iba a dirigir a Eastwood en “El fuera de la ley” (The outlaw Josey Wales, 1976).

El incidente con Kaufman que le apartó de esta película y que terminaría dirigiendo el propio actor, se conoce como “El incidente de la lata de cerveza”:

Kaufman, Bruce Surtees y Fritz Manes habían ido a ver una dunas alcalinas para la escena en que Josey Wales –el personaje que interpretaba Clint- aparece cabalgando por la arena con una bandera blanca atada al rifle. Después de un día duro, pararon y, mientras se tomaban una cerveza, Kaufman miró alrededor y dijo que era el lugar perfecto para el tono evocador que estaba buscando. Se acabó la cerveza, hundido la lata en la arena y dijo: <Estoy marcando el lugar>. El momento del día, la hora mágica del anochecer, sería perfecto también. Sería entonces cuando captaría la magia que veía en su mente.

Avancemos unas semanas, hasta un día en que el rodaje terminó pronto y Clint ya estaba nervioso. Kaufman se acercó a él, retorciéndose las manos, para preguntarle si podían rodar la escena en que Josey cabalga entre las dunas de arena. <¿Quieres rodar esa mierda? –preguntó Clint-. Vamos>. Kaufman reunió dos camionetas, un camión con cámaras y un remolque para los caballos…

Recorrieron kilómetros y kilómetros, y más kilómetros. Clint no paraba de mascullar: <¿Adónde coño vamos?>. Kaufman, cada vez más desanimado, no lo sabía. Por fin anunció que sabía exactamente dónde estaban gracias a una montaña que se veía a lo lejos. <¡Esperad aquí!¡Vuelvo en seguida!¡Estoy seguro de que es ahí!>. El director saltó del vehículo y echó a andar por las dunas en busca de la escurridiza lata de cerveza.

Esperaron y esperaron, y siguieron esperando. Kaufman no aparecía. Clint preguntó: <¿Qué hora es?>. Después: <¡Mierda, el sol va a ponerse y no habremos rodado la puta escena!>. Saltó del vehículo y dijo a Bruce Surtees que sacara la puta cámara. Ordenó a Manes que fuera a buscar al puto caballo y tuviera el rifle preparado. Dijo a Surtees que iba a alejarse cabalgando y que después se acercaría por las dunas y que solo lo haría una vez, de modo que no tendría que borrar las huellas de los cascos para una segunda toma. <Grita cuando estés preparado y comprueba el encuadre>, ordenó Clint.

Surtees gritó, Clint salió al galope, dio la vuelta y regresó mientras la cámara rodaba. Clint exclamó: <¿Corten!>, tras lo cual lo cargaron todo en los vehículos. A continuación se volvió hacia Manes y le dijo: <Fritz, espera aquí a Kaufman>. Los demás se marcharon.

…Por fin… llegó Kaufman con aspecto desaliñado. Se había quitado el sombrero de vaquero y se rascaba la cabeza mientras caminaba pesadamente hacia ellos. Cuando se acercó a Manes, dijo: “Es muy raro. No encuentro la lata de cerveza>. <Ese es el menor de tus problemas>, le informó Manes. (…) Un par de días después, Kaufman fue despedido.

También es curioso saber que Clint Eastwood fue el primer productor en firmar acuerdos con marcas (por ejemplo, de vehículos) para que apareciesen en sus películas, o que fuera el primero en Hollywood en tener sitio web y dossier de prensa digital. Su sagacidad como productor tanto para elegir las fechas adecuadas de estreno como para recortar los costes y la duración de los rodajes de sus películas es legendaria.

Si bien la opinión de McGilligan sobre algunas de las películas de Clint Eastwood es bastante discutible, en general acierta en sus análisis, y lo que sí es evidente es que la progresión de Clint Eastwood como realizador es evidente, hasta convertirlo en el maestro que es hoy. Que un director de cine americano se atreva a rodar una película de la segunda guerra mundial vista desde el punto de vista del enemigo y hablada enteramente en japonés “Cartas desde Iwo Jima” (Letters from Iwo Jima, 2006), dice mucho de su arrojo y tenacidad.

La escena final de <Los puentes de Madison (The Bridges of Madison County, 1995)>, en la que Francesca (Meryl Streep) ve a Kincaid (Clint Eastwood) en la ciudad por última vez, era una pequeña pieza maestra de orfebrería. Se ve a Kincaid en mitad de la calle, a lo lejos, bajo la lluvia. Puede que Clint esté llorando, la posición de la cámara y la escenografía ya han transmitido esa impresión. Francesca y su marido suben al coche y avanzan entre el tráfico, hasta que un semáforo en rojo les obliga a parar detrás de la camioneta de Kincaid.

El semáforo tarda una eternidad en cambiar, mientras Francesca duda antes de tomar la decisión de quedarse y no decir nada. Largo primer plano de la parte posterior de la camioneta, con publicidad indirecta… Y cuando la camioneta de Kincaid tuerce hacia un lado y el marido de Francesca gira hacia el otro, el público también está empapado en lágrimas.

Desde que “Sin perdón” (Unforgiven, 1992) lo consagrara como director de cine, Clint Eastwood nos ha regalado varias joyas: “Los puentes de Madison (The Bridges of Madison County, 1995), “Mystic River” (2003), “Million dollar baby” (2004), “Gran Torino” (2008)… Y en este libro biográfico, entretenido y documentado, descubrimos muchas de las claves de por qué rodó todas estas películas.

Sergio Barce, marzo de 2011

 

 

 

 

CLINT EASTWOOD. Biografía (Clint: The life and legend) (2009) de Patrick McGilligan, ha sido editada por Lumen.

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Con WOODY ALLEN & GROUCHO MARX, de nuevo

 

«Te voy a contar una historia tremenda acerca de la anticoncepción oral: le dije a esa chica si quería hacer el amor conmigo y me dijo que no»
(
Woody Allen)

Hermanos Marx


 

» Groucho: ¿Qué quiere?
Enfermera: Tenemos que ver si tiene temperatura.
Groucho: No sea tonta. Todo el mundo tiene temperatura
(Última broma de Groucho en su lecho de muerte – 1977)


 

 

 

 

 

«Prefiero que me incineren a que me sepulten, y ambas cosas a un fin de semana con mi mujer».
(
Woody Allen)

 

 

 

 

 

Agente: Oiga, esta foto de su pasaporte no se le parece.
Groucho: Bueno, tampoco se parece a usted.

 

 

Groucho

Chico, Groucho & Harpo Marx

«El dinero es mejor que la pobreza, aunque sólo sea por razones económicas».
(
Woody Allen)


 

«Groucho (Maestro): ¡A ver, usted! -señalando al alumno Harpo- ¿Qué forma tiene el mundo?
Harpo: No sé.
G: Bueno. ¿Qué forma tienen mis gemelos?
H: Cuadrada.
G: No mis gemelos de diario; los que llevo los domingos.
H: Oh. Redonda.

HARPO & GROUCHO

G: Muy bien, entonces ¿qué forma tiene el mundo?
H: Cuadrada los días de diario y redonda los domingos

W.A.

 

 

 

 

«De dónde venimos?, ¿a dónde vamos?, ¿hay posibilidad de tarifa de grupo?».
(
Woody Allen)

 

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«VALOR DE LEY», la otra historia

Pablo Cantos

Hace años que voy al cine con mi amigo Sergio Barce. A veces las cosas acaban en empate; otras, como esta, en goleada. Acertamos con la elección. Sin embargo, no pintaban así las cosas cuando llegamos: una excursión de abuelos sometidos a la suma perversa de audífono mal calibrado más azafata poco instruida, había dejado el océano de la sala plagado de náufragos en butaca ajena. Un desafío. Una desesperación: ¿Le importaría…? ¿Cómo? Yo de aquí no me muevo. Murmullos, desaires y quejas mientras la bobina publicitaria iba dejando votos de felicidad cristalizada en urbanizaciones chispeantes, estrenos inminentes o burbujas refrescantes; mercaderías todas de chamarileros que escriben bajo cada promesa la leyenda “próximamente”, porque ya se sabe que la dicha es bien ajeno y aplazado. Y, entretanto, la parroquia a lo suyo, que el partido estaba en la grada: Sergio se fajaba con la concurrencia tan prisionero de su propia educación como del desahogo ajeno hasta que, sin más víctima que la paciencia, pudo ocupar su asiento. Y enseguida comenzó la historia: un asesinado, un propósito de venganza, y un tren llegando entre vaharadas de humo hasta un poblacho áspero y hediondo. Y por primera vez, se oyó el silencio. Mandaban los Coen con su filigrana rocosa, como manda el western de toda la vida. Nadie volvió a hablar en la sala; todo lo más, la súplica apagada de algún veterano que pedía orientación a su compañero de asiento porque la memoria le había escamoteado la identidad de cualquiera de los personajes vigorosos que se pasean por esta película. Lo demás ya lo cuenta mi amigo Sergio en su crónica ilustrada y certera, que es también el testimonio rendido de un niño que soñó con ser noble y valiente. A los abuelos también les gustó; seguro, porque solamente sonríen a la salida quienes se han divertido dentro.

Pablo Cantos, 26 de febrero de 2011

P.D. de Sergio Barce: He de decir, Pablo, que yo también me olvidé de los abuelotes que ocupaban la mayor parte del cine en cuanto el aliento del tren inundó la pantalla, pero sólo hasta el instante en el que una anciana, a tres butacas de distancia, justo cuando Cogburn (Jeff Bridges) se disponía a sacar el revólver, contestó su móvil y se puso a charlar probablemente con su nieta de lo que iban a almorzar al día siguiente. No fueron suficientes los constantes siseos de los espectadores que tenía alrededor para arredrarla, ella continuó impasible con su Nokia desenfundado, pegado al oído, e insistiendo en que era mejor un puchero que la parrillada. Cuando por fin volvió a enfundar su arma en su cartuchera de imitación, Cogburn hizo lo mismo en la pantalla. Creo que se había dado por vencido, aunque le dedicó una mirada de soslayo que la hundió en su asiento, sólo por unos segundos…

Tienes razón, pese a esa banda de forajidos que nos rodeaba y nos empujaba contra el acantilado, fue una perfecta jornada de cine. ¡Que vivan los Coen! (que dirían los hombres de Villa)

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«VALOR DE LEY» (True grit) de JOEL & ETHAN COEN

Los hermanos Coen casi nunca defraudan. Llevo años asistiendo al estreno de cada una de sus películas porque sé que voy a asistir a una buena sesión de cine. Y este año se han lanzado por primera vez a rodar un western. Dicen, desde hace tres décadas, que es un género que está muriendo, pero nunca he creído en eso. Cada cierto tiempo resurge de sus cenizas y grita a los cuatro vientos que sigue siendo el género más cinematográfico. Desde “Sin perdón” (Unforgiven, 1992), hay un racimo de buenas películas del Oeste: “El último mohicano” (The last mohican, 1992) de Michael Mann, “Tombstone” (1993) de Pan Cosmatos, “El hombre muerto” (The dead man, 1994) de Jim Jarmusch, “Wild Bill” (1994) de Walter Hill, “Cabalgar con el diablo” (Ride with the devil, 1999) de Ang Lee, “3.10 to Yuma” (2007) de James Mangold y hasta magníficas series de televisión como “Deadwood” . Y ahora llega un remake de una de una película de John Wayne, “Valor de ley” (True grit, 1969) del clásico Henry Hathaway. De esta última recordaba a Wayne con su parche en el ojo y la escena que carga con dos rifles contra los otros pistoleros, pero hace ya muchos años que la vi y los recuerdos son nebulosos.

Jeff Bridges & Hailee Steinfeld

Anoche, sentado en la butaca del cine, volví a ver cine de verdad. Me di cuenta en cuando las imágenes arrancaron… La película comienza como empiezan muchos grandes westerns: con un tren llegando a la ciudad. Luego, como hace Leone en “Hasta que llegó su hora”, una panorámica genérica del lugar. De pronto, el diseño de producción comienza a tener su protagonismo: recreación de la época y de los edificios, vestuario, la guardarropía… deslumbrante, sencillamente impecable. Luego, te das cuenta de que los detalles no se quedan ahí, los personajes secundarios parecen sacados de las antiguas fotografías del lejano Oeste: las barbas y los mostachos, la estructura y la forma de sus rostros, los sombreros, las levitas…

Y también como otros grandes westerns, es la historia de una venganza. Lo original estriba en que es una chica de catorce años, Mattie Ross, quien busca esa venganza por el asesinato de su padre, y la búsqueda del autor del crimen es el motor de la trama. La actriz que encarna a Mattie, Hailee Steinfeld, borda el papel (aunque quien efectúa su doblaje al castellano no le hace justicia y la perjudica), con unos diálogos inteligentísimos y en muchas ocasiones divertidos (la mano de los hermanos Coen lo domina todo). Y aunque es de ley resaltarlo, sin duda el caramelo que han diseñado Joel y Ethan Coen para este film se lo han reservado al personaje del viejo alguacil Rooster Cogburn que clava el inmenso Jeff Bridges.

John Wayne en «Valor de ley» (1969)

Si John Wayne hizo un buen papel en la primera versión (es decir, hizo de John Wayne), Jeff Bridges se mete literalmente en la piel de Cogburn, lo humaniza, diseña un personaje que nos hace sonreír por sus bravatas pero también por su cinismo al encarar la vida, y aunque nos recuerda inevitablemente al “Nota” (quizá su interpretación más inolvidable en “El gran Lebowski” también de los Coen, especialmente cuando la chica va en su busca y lo encuentra dormido, sucio y con una resaca de caballo), logra no obstante crear otro personaje que ya irá unido a este actor. Simpática la broma de los Coen de cambiar el parche del ojo izquierdo de John Wayne al derecho de Jeff Bridges.

Jeff Bridges en «Valor de ley» (2010)

Hay homenajes al western clásico, por supuesto, en especial a “Centauros del desierto” (The searchers, 1956) de John Ford, con ese largo viaje a territorio indio, al spaghetti-western de Leone, ahí está esa escena del alguacil que apuesta al “ranger” de Texas LaBoeuf (Matt Damon) a acertar con su revólver a unas tortas de maíz que lanza al aire y que se convierte en una de las más humanas y divertida de la película, y también a “La noche del cazador” (The night of the hunter, 1955) de Charles Laughton (esto me lo sopló mi amigo Pablo Cantos en voz baja).

La película se hace corta, muy corta, como ocurre con las grandes cintas. Hay épica, hay humor, mucho humor, hay galopadas, hay tiroteos, hay aventura y hay una historia muy bien contada. Los personajes secundarios están definidos, también tienen vida propia, desde el “ranger” que interpreta con sobriedad Matt Damon hasta el asesino Tom Chaney, al que Josh Brolin convierte en una suerte de pistolero torpe, descerebrado y primitivo, pasando por el jefe de su banda, el prestamista (magnífico), el abogado que interroga a Cogburn en el Tribunal (delirantes las respuestas de éste describiendo cómo ha acabado con varios tipos), los tres desgraciados que van a ser ahorcados, el vaquero que imita a los animales o el indio que viaja cubierto por la piel de un oso… todos y cada uno de ellos enriquecen este inmenso collage del viejo Oeste que, de pronto, se mueve tras los viejos dagerrotipos…

Jeff Bridges con los hermanos Coen

A destacar la soberbia fotografía de Roger Deakins, un habitual de los Coen, que le da un tono ocre, casi sepia, a gran parte del metraje, como viejas estampas de la época, y que sabe irradiar una luz especial a las escenas nocturnas y las cabalgadas que se recortan contra el horizonte. E igualmente la banda sonora de Carter Burwell.

En fin, quizá no sea una obra maestra, que casi lo es, pero es una película hermosa, con algunos de los mejores diálogos de los últimos años, y que al terminar, aunque algo amarga, te deja una sonrisa en los labios.

Sergio Barce, febrero 2011

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Estreno de cine: «CISNE NEGRO» (Black swan, 2010) de DARREN ARONOFSKY

Salgo del cine algo desconcertado. Si me preguntaran qué es lo que acabo de ver, realmente no sabría qué decir. “El luchador” (The wrestler, 2008), la anterior película de Darren Aronofsky, confieso que me fascinó e, incluso, me emocionó, y además estaba muy bien rodada. Así que me esperaba algo decente.

En la butaca del cine me he sentido incómodo. Hacía mucho que no me ocurría. Algunas escenas son particularmente morbosas, nunca me ha gustado ver cómo le arrancan las uñas a nadie, pero supongo que si se quiere mostrar el sufrimiento de una bailarina por alcanzar la perfección artística es una metáfora como otra cualquiera, repulsiva, pero metáfora al fin y al cabo.

Cisne negro” (Black swan) cuenta la historia de una intérprete de ballet clásico que lucha por hacerse con el papel protagonista de “El lago de los cisnes”. Se presenta como un drama, está nominada a los Oscar y, según la prensa y la publicidad, la interpretación de Natalie Portman es magnifica. Vale. Pero vayamos por partes.

Darren Aronofsky

Sí, es verdad que cuenta la historia de una bailarina perfeccionista (yo diría que enfermizamente obsesionada) por lograr ese papel. Pero Aronofsky no rueda un drama al uso sino que, influenciado de forma absoluta por “La pianista” (La pianiste, 2001) de Michael Haneke, calca parte de esta historia. A veces, creía estar viendo trozos de ella, aunque aquí la pianista se ha transformado en bailarina. Ni que decir tiene que la personalidad del personaje femenino es tan contradictoria y amarga en una como en otra. Para que no nos demos cuenta de la copia, la bailarina vive sola con su madre, y su madre es una mujer que vive volcada en ella, controlándola y vigilándola, protectora hasta la asfixia, que sólo desea que triunfe, que logre lo que ella fue incapaz de alcanzar, que anhela vivir a través de su hija lo que en su juventud no vivió, y comparten un piso algo sórdido, triste, agobiante. Vaya, pero si es casi lo mismo.

Lo que era sobriedad, sequedad y frialdad en la película de Haneke, aquí se torna en una especie de mezcla extraña. En “Cisne negro” hay drama, por supuesto, pero, sorpresa, también hay auténtico cine gore (asoma algo de Dario Argento, aunque Aronofsky trata en realidad de emular al gran David Cronenberg sin lograrlo) con sus escenas truculentas llenas de sangre y violencia gratuita (toda ella fruto de la imaginación del personaje, como cuando se levanta una uña y tira de ella y se lleva por delante la piel…), hay cine “de miedo” (entiéndase el tipo de cine que busca el efecto a base de sorpresas remarcadas con golpes de música, muy al estilo de todas las películas de terror que se ruedan desde hace unos años, y eso da lugar a algún que otro momento sonrojante), hay cine de espíritus o de fantasmas que se cruzan por algún pasillo o aparecen en una habitación (desde “El sexto sentido” a “El orfanato”, pero en “Los otrosAmenábar lo hacía mejor) y hay cine musical, aunque de ballet clásico. Demasiadas cosas, quizá.

Darren Aronofsky ha querido hacer una película europea. Europea y seria (en el peor sentido del término), pues no hay una pizca de humor en todo el metraje, y para lograrlo se apoya, como digo, en “La pianista” de Haneke, en el cine gore, en la utilización, a ratos, de cámara en mano muy a lo Godard, en escenas de sexo más o menos explícito (a las que el cine americano le tiene tanto pavor, quizá por ello se buscan la excusa de la frigidez de la protagonista), actores y técnicos franceses (Vincent Cassel está más que creíble como coreógrafo), música de Tchaikovsky… Algo así como cine europeo con presupuesto americano.

Natalie POrtman

Lo único que me parece auténtico del film es la interpretación de Natalie Portman, y también es lo único que comparto con las críticas que he leído. El resto me parece una exageración, una astracanada. Incluso ver en el papel de la madre a Barbara Hershey, actriz que en su momento me parecía deliciosa y sensual, convertida ahora en otra máscara de botox (a lo Nicole Kidman o Faye Dunaway) me ha desmoralizado por momentos.

En fin, que una bailarina se obsesione con su papel hasta el extremo de confundirse con su personaje es posible, pero que no me digan que esta película logra que nos creamos esa historia, porque no lo hace. Sigo aún desconcertado, lo confieso.

Sergio Barce, febrero de 2011

Vincent Cassel y Natalie Portman en el rodaje de Cisne Negro

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