Archivos Mensuales: junio 2016

«LOS CABALLOS DE DIOS» (LES ÉTOILES DE SIDI MOUMEN), UNA NOVELA DE MAHI BINEBINE

 

No existe margen alguno ni para comprender ni, mucho menos, para exculpar a los terroristas que usan el nombre de Dios o de Al´láh para cometer sus asesinatos. No existe razón alguna en ninguno de los libros sagrados monoteístas que justifique el asesinato de otra persona. Los Tres Libros hablan de amor, confraternidad y perdón, no de ejecutar al que cree diferente. Islam significa paz.

Por eso, una novela como Los caballos de Dios (Les étoiles de Sidi Moumen, 2010), del escritor marroquí Mahi Binebine, es más que necesaria.

PORTADA DE LOS CABALLOS DE DIOS

Con una prosa bien cuidada, que yo ya había descubierto hace años en su precioso libro Historias de Marrakech, Binebine nos adentra en la vida y en el mundo de esos jóvenes que, un día, se inmolaron en nombre de Al ´láh para cometer los atentados de Casablanca, de infausto y triste recuerdo.

Cuando esos hechos acaecieron en 2003, yo me encontraba en Tánger. Recuerdo que estábamos en el Instituto Cervantes, y que guardamos un respetuoso silencio por las víctimas de tan sanguinaria acción. Algunos de los asistentes no pudieron reprimir las lágrimas.

Mahi Binebine nos lleva hasta Sidi Moumen, un barrio marginal de chabolas, miseria y basura, en el que crecen los protagonistas, unos chicos que acabarán siendo utilizados hasta hacerles creer que actúan por un mandato divino para llegar a un paraíso del que nadie ha vuelto.

No es difícil reconocer en esos jóvenes a esos otros que vemos vagar en los suburbios sin ninguna meta en la vida, sin una salida esperanzadora, sin un brillo de esperanza. Ese tipo de adolescente y esa clase de entorno son los que propician la fácil manipulación de los fanáticos.

Mientras leía la novela, me daba cuenta cómo Binebine me hacía comprender los resortes sentimentales, espirituales y materiales que los radicales emplean para “reclutar” a esos pobres diablos. Jóvenes que no tienen nada que perder, jóvenes que esperan un milagro para salir del pozo en el que malviven. La promesa de lo imposible, les sirve para creer que han sido elegidos.

“Cuando Fuad perdió a su padre, su tío pasó a ser el almuédano y se casó con su madre para, según decían, salvar a los hijos de un eventual marido ajeno a la familia. Una antigua costumbre a la que Fuad no se acostumbró nunca, tanto más que, de hecho, se quedaba sin su categoría de cabeza de familia. Creo que el principio de su adicción al pegamento fue consecuencia de ese matrimonio, contra natura por más que no se considere así. Fuad era incapaz de fumar kif o hachís como todo el mundo. Con una mínima bocanada le entraba un ataque de tos que lo dejaba doblado. El pegamento le iba mejor y era la única alternativa para evadirse que le quedaba. Pero no nos rendimos y llegamos incluso a echarlo del grupo por una temporada larga. Estaba claro que no podíamos prescindir de su talento en el campo de juego, pero ya no le dábamos buena acogida en las veladas en casa de Nabil. Un detalle que tiene su importancia: nos esnifaba los domingos, días de partido, como si el fútbol lo dopase más que las guarrerías que se pasaba la vida inhalando. La intransigencia de mi hermano Hamid en este tema resultó provechosa. Fuad había padecido mucho con su aislamiento. Empezó por encresparse y nos amenazó con irse de las Estrellas a un equipo de la competencia, pero al final cedió. Era la época en que su hermana Ghizlane y él se habían ido a vivir con su abuela a Douar Scouila. Un día, en presencia de todo el grupo, le regaló el pañuelo negro y pegajoso y los tubos de pagamento a un adicto que pasaba por allí. Se había acabado. Desde ese momento no volvió a las andadas.” 

(Fragmento de la edición publicada por Alfaguara en 2015, con traducción del francés de Mª Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego)

La amenaza del mal llamado terrorismo islamista, porque el terrorismo es pura y sencillamente terrorismo, nace en lugares muy cercanos. Mahi Binebine conoce bien la situación de los barrios olvidados, en este caso de Casablanca, y nos planta frente a nuestros ojos una realidad que hizo nacer a unos monstruos. Unos chicos que aspiraban seguramente a otra cosa, pero que, al final, acabaron convertidos en carne de cañón para ser ejecutados junto a sus víctimas, sin saber que ellos también lo eran.

Los caballos de Dios es un libro que hay que leer. Hay instantes de gran crudeza, e instantes incluso de especial ternura. Pero en sus páginas hay mucha sinceridad y mucha verdad. El retrato que nos ofrece Binebine te hace temblar, porque las estampas, las imágenes y los hechos narrados son fáciles de encontrar en muchos lugares de Marruecos.

MAHI BINEBINE

E, incluso, al cerrar el libro cuando se acaba la lectura, también te das cuenta de que es muy fácil que la historia se repita.

Además de una estupenda novela, es una llamada de atención. El peligro sigue ahí, porque la pobreza y la marginalidad sólo pueden llevar a una locura que sólo premia con el deshonor y la vergüenza.

Mi admirado Nabil Ayouch, al que dediqué un encendido artículo cuando vi su largometraje Ali Zaoua, el príncipe de Casablanca (Ali Zaoua, prince de la rue, 2000), adaptó felizmente Los caballos de Dios de Mahi Binebine, siendo premiada su cinta en Cannes y en Valladolid. De manera que, tanto la novela como la película, son altamente recomendables.

Sergio Barce, junio 2016

LES CHAVEAUX DE DIEU

 

 

 

LARACHE – ESTAMPAS DE SU HISTORIA 2

Larache antiguo

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Y ya que estamos en el mes de Ramadán, traigo de nuevo mi relato Ramadán en Larache, que forma parte de mi libro Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente (Ediciones del Genal, 2015 – Málaga).

RAMADÁN EN LARACHE

La sirena comenzó a sonar, subiendo de tono muy lentamente hasta alcanzar la nota más alta, se mantuvo unos largos segundos en ese punto, y luego, también muy despacio, se fue apagando como si no le quedara aire en los pulmones. Larache entonces se quedó completamente vacía.

   El sol apenas se veía ya, ahogándose en el horizonte. Igual que su luz, las voces se habían marchitado, los niños habían dejado de corretear por la plaza de España, y el susi del bacalito de al lado de mi casa, el que estaba frente al jardín de las Hespérides, echó el cierre ruidosamente y se dirigió diligente a su casa, con una bolsa de papel de estraza llena de paquetes de té, hierbabuena y algo de especias. Las golondrinas inundaron el cielo, atravesando la avenida como un escuadrón de aviones. Un denso aroma a harira llenaba las callejuelas, y el silencio se imponía imperturbable, era como si una plaga hubiera acabado con los habitantes de la ciudad.

Era en esos instantes cuando Luisito Velasco aparecía por mi casa, yo cogía mi bicicleta, una preciosa bici roja plegable que mis padres me habían comprado en el Bazar Yebari, y nos íbamos pedaleando hasta el Cine Avenida. En la rotonda, estaba Juan Carlos Palarea, que aguardaba en la puerta de su casa, y Pablo Serrano y José Gabriel Martínez, y juntos, montados en nuestras bicicletas, nos metíamos por los pasajes de la Burraquía, sólo por el placer de circular por sus arterias increíblemente solas, y dábamos la vuelta y bajábamos por la cuesta del mercado, lanzados a tumba abierta, pedaleando con todas nuestras fuerzas, porque sabíamos que nadie estaría circulando salvo nosotros.

   Competíamos por ver quién llegaba al Consulado el primero, pasando por el balcón del Atlántico como una exhalación. Yo notaba cómo el manillar de mi bici temblaba, pero apretaba los pedales con más intensidad, y les veía a ellos hacer lo mismo, dando gritos que retumbaban en la callada quietud del anochecer.

   El mes sagrado del Ramadán nos convertía en los dueños de las calles de Larache, eran sólo para nosotros. Una gigantesca pista de carreras. El circuito se improvisaba sobre la marcha. Podíamos comenzar en la puerta de Uniban, pero otros días escogíamos la Estación de la Escañuela, donde las guaguas adormecían sin pasajeros, para subir hasta la calle Barcelona y bajar por la avenida Mohamed V, o bien en la bajada de la Torre del Judío, para descender, sin esfuerzo alguno, hasta el puerto. Nadie se interponía en nuestras carreras de bicis, todas las calles abiertas en canal como si nos engulleran al pasar a toda prisa. Sentíamos el aire en nuestros rostros, la agradable sensación de la brisa, más refrescante al ocaso, y el olor del mar.

   A veces, veíamos a algún hombre, con la cabeza oculta bajo la capucha de su chilaba, que corría a última hora para llegar cuanto antes a su casa y romper por fin el ayuno. Pero eran pocos. La mayoría aguardaba la señal de la sirena ya en el interior de sus casas, dejándonos todo el pueblo para nosotros.

   Me gustaba el sonido de la sirena. Llenaba el aire de incertidumbre, presagiaba el feliz instante de nuestras correrías en bicicleta, un tiempo mágico.

   Las familias musulmanas cumplían con el rito, mientras que los niños que no profesábamos esa religión nos adueñábamos de las calles para sentirnos libres, y correr, correr a toda prisa, como si presumiésemos que la gozosa niñez pasaría tan rápida que no nos daríamos cuenta.

   Ya de noche, la ciudad comenzaba a llenarse de gente, y nosotros dejábamos de correr tan envalentonados. Llegaba Lotfi Barrada, y Hassan y Taha, y dejábamos las bicis, porque ya no se podía circular sin atropellar a alguien, y Larache se transformaba en un torbellino de luces, de cantos, de algarabía. Sudando, nos marchábamos al balcón para hablar de nuestras cosas, de las niñas del cole, de Gabriela, de Yamila, de Amina, de Matilde o de Conchi, pero sobre todo del equipo de fútbol que estábamos formando para jugar contra los de la calle Real, o bien nos poníamos a coger renacuajos con latas oxidadas o cazar alguna rana que habíamos escuchado croar. A veces, pasaba Fatima el Bouhtoury con sus amigas y nos miraba de soslayo, siempre lo hacía con aires de niña resabiada, pero había algo en su mirada que nos hacía sonreír. Creo que le gustaba ver cómo intentábamos coger a las escurridizas ranas que huían saltando en zigzag.

    Llegaba muy tarde a mi casa. Mi madre ni me preguntaba dónde había estado. La puerta solía estar abierta, y entraba empujándola. Mina había preparado harira, y me había dejado una fuente con chuparquía, y mis dedos se impregnaban de ella mientras las engullía con ansiedad. Me iba con la fuente al salón, y me tiraba al suelo, me gustaba ver la televisión tumbado bajo la mesa, como si estuviera en una tienda de campaña, y veía el nuevo capítulo de Misión Imposible mientras continuaba empachándome con los dulces.

    Cuando me acostaba, pensaba en el día siguiente. Teníamos todo un mes para poder pedalear por las calles de Larache, solos, como si fuésemos los emperadores de Lixus; pero lo más inminente era el día de mañana, esperar otro atardecer, cuando la sirena aullara de nuevo pausadamente para dar la salida a otra de nuestras carreras, en esta ocasión tal vez desde los jardines del Balcón, quizá desde la cuesta del Aguardiente, aunque yo siempre prefería empezar en la plaza de España, seguir la recta de la avenida Hassan II, girar a la derecha, pasando por el Palacio de la Duquesa de Guisa y la Estación, llegar a los Maristas y girar a la izquierda, salir a la avenida, alcanzar Cuatro Caminos, dar la vuelta a la rotonda y lanzarnos entonces audazmente de nuevo de regreso por Mohamed V, pasando por la puerta de Lalla Mennana la Mesbahía y llegar a la meta, en el Casino. Y daba igual quién ganara. Lo único realmente importante era la sensación de que el mundo te pertenecía, de que, durante los anocheceres del mes de Ramadán, Larache era mía.

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Larache en construcción

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Larache en construcción 2

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11-Larache nativo-1928-Vista parcial de la zona costera.

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12-Larache nativo-1928-Vista general de la zona costera.

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16-Larache nativo-1928-Vista de una calle del Zoco Chico.

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19-Larache nativo-1928-Cementerio y morabito (santuario)

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20-Larache colonial-1928-Edificios de correos de África y de la aduana.

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22-Larache colonial-1928-Edificio del hospital militar.

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LA MAYORÍA DE LAS IMÁGENES ESTÁN TOMADAS DE LA PÁGINA DE FACEBOOK DE RADIO LARACHE Y DE LA WEB DE JESÚS PÉREZ.

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RAMADAN MUBARAK

LARACHE (foto de la página Radio Larache)

LARACHE (foto de la página Radio Larache)

Un año más, al comienzo del sagrado mes del Ramadán, envío mi felicitación a mis amigos musulmanes, especialmente a los paisanos larachenses.

RAMADAN MUBARAK

RAMADAN MUBARAK

 

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FRAGMENTO DE «UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE», NOVELA DE SERGIO BARCE

MATADERO - LARACHE

Fragmento de mi novela Una sirena se ahogó en Larache (2011), Finalista del Premio de la Crítica de Andalucía 2012.

Baja al Matadero. Bennani lo espera impaciente con ganas de ir al cementerio cristiano donde suelen buscar cigarrones. Saltan la tapia y corren por entre las tumbas, a las que siempre vigilan con recelo, temiendo algún sobresalto inimaginable. Tami se detiene en algunas de ellas para leer el nombre de los muertos y las fechas cinceladas en los mármoles gélidos. Domina perfectamente el castellano, una de las obsesiones de su abuelo que consiguió matricularlo en el Luís Vives, pese a la inicial oposición de Mohammed. En septiembre comenzará el nuevo curso, su segundo año en el colegio español. El Hach sabe lo que supone dominar otro idioma, cómo se abren las puertas cuando buscas trabajo. Ha fracasado con Ahmed, un caso perdido, pero no quiere que le ocurra lo mismo con su nieto menor. Ahmed se negó a estudiar y ahora vaguea por las terrazas de los restaurantes y por los cafetines; el abuelo le augura un futuro complicado. No quiere esa vida para Tami, en el que atisba una inteligencia innata superior a la de otros chicos de su edad; posee, por otro lado, una memoria precisa que le permite recordar todos los relatos y cuentos que él le deposita generosamente. Y, además de todo eso, tiene sus mismos ojos, que no es nada.

   Continúan su deambular por entre las tumbas, y a Tami le impresiona descubrir que, al fallecer, algunos de los que reposan en el cementerio apenas tenían su misma edad. Eso le hace pensar que él mismo podría morir en cualquier momento. Sabe que es débil, que está enfermo; se lo ha escuchado decir a menudo a su madre, a su abuelo, al médico, y la idea de sucumbir tan pronto le aterra. Bennani también anda de hospital en hospital, pero él sufre ataques de epilepsia que son cada vez más frecuentes. Sus enfermedades los unen de una manera fraternal, aunque no hablen de ello.

   Llegan al borde del acantilado, a la última de las hileras que conforma una larga fila de blancos sepulcros. Bennani se ha agachado y Tami lo imita. Tiene entre los dedos de la mano derecha un hermoso ejemplar, tal vez el cigarrón más impresionante que ha visto nunca.

   -Es el rey de los cigarrones –sentencia Bennani levantando la mano.

   Entre sus dedos, el enorme insecto agita encabritado las patas y las antenas, y los ojos saltones se remueven igualmente buscando la manera de huir de esas garras que le tienen aprisionado. La cabeza es verde oscuro y el resto del cuerpo de un amarillo pálido y vegetal. Sin saber la razón, Tami se acuerda de Amin cuando lo acorrala en los callejones de la Medina para robarle o burlarse de él. Mira al cigarrón con condescendencia, como si ahora fuese él quien ocupara el lugar del insecto, y siente compasión.

   -¿Los cigarrones tienen reyes? –Le pregunta con el ceño fruncido después de un rato en el que ambos se han mantenido en silencio, uno estudiando a tan singular insecto y el otro con sus dudas sobre si el cigarrón se sentirá desdichado o no.

   -¡Claro, jae! –Dice Bennani con autosuficiencia-. El rey es el único cigarrón que vive cien años.

   -Cien años –musita Tami sin ser capaz de calcular cuánto tiempo son cien años.

   -Toma.

   Lo ase con cuidado de no aplastarlo, mientras el cigarrón se remueve sin cesar plantando cara a esos gigantes que le han capturado. Eso le convence de que efectivamente debe de tratarse del rey, un rey guerrero que lucha hasta el último aliento.

   -¿Qué hago con él? –Le pregunta.

   -Te lo regalo, jae -con el sol, la piel oscura de Bennani brilla y parece que fuera de plomo. El ojo ocular también destaca en su cara, de frente despejada y facciones marcadas por unos huesos definidos.

   Bennani se lo regala todo. Cualquier cosa que se encuentra en la calle se la da, aunque para él sea valiosa o pueda venderla en el zoco y sacarse unos dirhams. Una vez incluso le entregó un billete de cincuenta francos, pero su padre se lo quitó en cuanto lo descubrió en el bolsillo de sus pantalones creyendo que los había robado.

   Van a la casa de Tami. Suben las escaleras estrechas, empinadas, con la barandilla de hierro oxidada que aún se sujeta milagrosamente. Allí está el abuelo, en su dormitorio, arreglando una tostadora. Unas veces repara viejos cacharros, electrodomésticos, aparatos de radio y televisores, que consigue en Sidi el Yamani o en Asilah y los trae para que Mohammed los venda en su puesto del Zoco Chico y otras los que la gente le acerca para ver si tienen alguna solución o, en caso contrario, si han de tirarlos definitivamente; unas veces trabaja en la terraza y otras en ese rincón de su cuarto, pero sólo cuando siente el relente en la espalda. El anciano recibe una pensión exigua con la que ayuda a su hija y a su yerno a pagar el colegio del niño. Muchas veces dice que si no pudiera ayudarles se marcharía de Larache para no ser ninguna carga, y la madre de Tami se pone a llorar.

   Cuando entran Bennani y su nieto, el abuelo levanta la cabeza y los mira con sus ojos acuosos, con el azul amansado después de un día de faena. El coche está en un rincón, como un detenido al que hubiesen puesto contra la pared. El niño se queda observando el juguete, pero El Hach simula no haberse dado cuenta.

   -¿Qué llevas ahí?

   -Un cigarrón –replica olvidándose del coche, y se lo enseña.

   -Vaya… Es majestuoso.

   Tami mira a Bennani que, ufano, asiente a las palabras de su abuelo.

   -Bennani dice que es el rey de los cigarrones.

   El viejo sonríe, se echa el flequillo gris a un lado, un gesto que es casi una manía, igual que secarse la lágrima perenne de su ojo derecho, y coge con dos dedos al insecto.

   Cuidadosamente, lo deposita en la mesa donde apila otros cacharros. Ha cogido un carrete de hilo azul marino del costurero de su hija y, con una sola mano, lo va desenredando. Rodea luego el cuerpo del cigarrón con el hilo, le hace un diminuto lazo y lo suelta.

   Tami y Bennani dan un respingo cuando el rey de los cigarrones salta de pronto y extiende las alas. Sin embargo, no llega demasiado lejos. El hilo le permite volar sólo hasta donde el abuelo le ha concedido su permiso.

   Con paciencia, vuelve a cogerlo entre los dedos y se dirigen al cuarto de Tami y de su hermano. Ninguno de los dos niños se separa del viejo, pegados a la tela liviana de su candora. Pasa entonces el hilo por la contraventana y allí hace otro pequeño nudo. Luego, suelta al cigarrón que se queda muy quieto en el suelo. Los tres aguardan un rato, pero esta vez no se mueve, ni intenta volar, quizás intuye que ahora no es más que un cautivo en territorio enemigo.

   -Ahora tu cigarrón no se escapará –dice el abuelo saliendo del cuarto.

   El sol se proyecta por la ventana, cayendo en perpendicular sobre la solería. El cigarrón está justo en esa zona más cálida y no parece que le apetezca abandonar el lugar. Hierático, parece una figurita de plástico. Los dos niños aguardan unos minutos, ya con cierta impaciencia, hasta que, aburridos, dejan al cigarrón ahí en el rectángulo soleado, y salen para ir en busca de alguna mujer que, tras la compra, necesite ayuda para llevar las talegas hasta su casa. Una buena manera de sacarse una propina.

   Cuando un par de horas después Tami regresa, ve que el hilo azul se mantiene colgado aún de la contraventana, pero el cigarrón ha desaparecido. El niño recoge el débil lazo, deshecho, y lo busca por el cuarto, levantando las esteras, la manta, la ropa. El insecto no aparece por ninguna parte. Mira de nuevo el extremo del hilo, desgarrado, es como si lo hubieran cortado con brusquedad, de un tirón violento. Se da cuenta entonces de que la ventana está entreabierta. Saca la cabeza. Del lateral, varios cigarrones saltan y levantan el vuelo igual que una bandada de verdes pájaros minúsculos. Tami se sobrecoge y da un paso atrás a causa de la impresión inicial. En seguida se recupera y vuelve a asomarse. Apenas distingue al compacto grupo que se ha dado a la fuga, confundidos ya al cobijo de las primeras sombras del atardecer. No duda un instante en pensar que esos soldados alados han venido hasta la casa con intención de rescatar a su rey y de que, arrojados, valientes, se han conjurado para liberar al monarca. Tami siente admiración al imaginar el recibimiento de sus súbditos al ver a su rey de regreso al cementerio, a su territorio.

portada - UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE

   Fatigado, se sienta en su estera y se cubre con la manta. Súbitamente un frío intenso se ha ido deslizando por sus extremidades, igual que un hormigueo, hasta llegar a su vientre y luego al pecho. Comienza a tiritar, castañeteándole los dientes. Ya conoce esos síntomas y sabe que está a punto de sufrir una crisis, que empezará a toser y a respirar con dificultad.

   -¡Inmá!

   Llama a su madre varias veces, con un hilo de voz que va debilitándose hasta no ser más que un silbido del pecho, igual que un graznido de cría. Se acurruca bajo la manta, pensando en el cigarrón, en su cohorte rindiéndole pleitesía. El sudor asoma por la frente, pero se extiende en segundos por todo el cuerpo. Incómodo, se revuelve en el jergón, cada vez más agotado, y tose, una, dos, tres veces, ya no puede remediarlo, y se le saltan las lágrimas por el esfuerzo. No le llega el aire, atrapado en sus bronquios de alambre. Lentamente, siente cómo va ahogándose y cómo se aturde hasta casi perder el sentido. Pero, de pronto, baja la colina hasta detenerse justo a la puerta de la Iglesia. Sólo le siguen dos hombres, que sabe que le serán fieles hasta el final. Tami se gira, bajo su armadura negra con ribetes de plata, y sus dos acompañantes lo imitan. Clava los pies en la tierra y, muy lentamente, mientras un grupo de soldados con aspecto fiero se acercan a su posición dispuestos a pasar por encima de ellos tres, desenvaina su sable y lo levanta, la punta desafiando a ese escuadrón descontrolado.

   -¡Capitán! –Le increpa el que parece encabezar el grupo. Se han detenido frente a ellos, con ansias de venganza.- ¡Apártese de ahí! Venimos a hacer justicia…

   -Tengo orden de Salah al-Din de defender el templo…

   -¡Es una Iglesia! ¡Es un templo infiel que ha de ser pasto de las llamas, capitán! ¡Apártese o no respondo de lo que pueda ocurrir!

    Tami mira de soslayo a derecha e izquierda. Sus dos únicos aliados no se han inmutado ante esas amenazas e imitan a su capitán, levantando la hoja reluciente de sus sables que señalan el cielo, como si provocaran a los ángeles. No van a dar un paso atrás y los hombres del batallón lo saben. Dudan. Algunos bajan sus armas, sin saber qué hacer, pues tienen enfrente a hombres que pertenecen a su mismo ejército.

   -Sí, es una iglesia cristiana… La Iglesia del Santo Sepulcro. Pero Salah al-Din ha dado orden de que sea respetada –Tami señala a sus lugartenientes-. Y nosotros haremos cumplir la orden dada, aun a costa de nuestras vidas. Aquí os esperamos…

   De pronto, el batallón se desgaja y un estrecho sendero se abre, dejando paso a un caballo que avanza majestuoso. Tiene el pecho ancho, la crin reluciente, negro azabache, las bridas de oro. Salah al-Din lo monta. Su figura provoca admiración y temor. A pocos metros de Tami, el caballo relincha, se detiene al sentir un leve tirón de su jinete y se gira en una cabriola, elegante, para encarar al batallón que permanece en silencio.

   -¿Quién osará en atacar a mis tres hombres más valientes? –Grita Saladino con voz de trueno-. ¿Quién osará?

   Hay un eco tras sus palabras y su pregunta se convierte en una amenaza y en un reto. El viento ha cesado, el día se ha parado definitivamente.

   Tami entreabre los ojos, a duras penas, y ve a su madre, con la tez lívida, pasándole una esponja húmeda por la frente.

   -Delirabas, hijo mío… ¿Me oyes? Decías unas cosas tan extrañas que me has asustado…

   Le pesan los párpados como si se los empujaran para que se cerraran para siempre, pero Tami se resiste y trata de izar una sonrisa con la que tranquilizar a Rachida.

   -No te preocupes, madre, él ha venido en mi ayuda…

 

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ASÍ FUE LA PRESENTACIÓN DE «LA BELLEZA», UNA NOVELA DE MIGUEL TORRES LÓPEZ DE URALDE

Ayer presenté la novela de Miguel Torres López de Uralde, La belleza, galardonada con el Premio de Narrativa Francisco Ayala de este año, en el Centro Andaluz de las Letras.

A continuación, os reproduzco mis palabras, a la que siguió un ameno coloquio, en el que intervinieron muchos de los asistentes. 

Miguel Torres López de Uralde y Sergio Barce

Miguel Torres López de Uralde y Sergio Barce  (Foto: Víctor Pérez)

 “La única obsesión del hombre es la memoria de su pasado, no su pasado real.”

“El delito no afecta en nada a la culpabilidad.”

Entré en La belleza sin saber qué iba a encontrarme. Me temía una novela críptica, seguramente seria y, por supuesto, muy filosófica; quizá una especie de tratado disfrazado de relato acerca de la belleza desde un punto de vista estético. Pero cuando llevaba apenas unos párrafos, me di cuenta de que Miguel Torres López de Uralde me estaba embozando con su aparente sencilla narrativa, y comenzaba a crearme una especie de angustia vital, incluso notaba una cierta ansiedad.

Sus palabras me introducían en la vida del protagonista: un maduro profesor y poeta en el declive de su vida, que, asediado por el comienzo del Alzheimer y obsesionado con la trágica muerte de su mujer, parecía abocado a un final inmediato, y quizá por ello había decidido que el poemario que acababa de escribir sería también su última obra.

En apenas dos o tres páginas, Miguel ya me había convertido en cómplice de ese hombre del que apenas sabía nada, pero al que por alguna razón comenzaba a comprender.

La forma de narrar de Miguel me sumía en una profunda inquietud. La trama iba dando pequeños giros, y me preguntaba qué era lo que iba a encontrarme a continuación.

Hábil, como hacía Alfred Hitchcock en sus películas, una insinuación o un interrogante quedaba suspendido al final de cada capítulo. La intriga a cuenta gotas.

Yo me iba identificando con el profesor, y sus miedos y fantasmas eran mis miedos y mis fantasmas.

Esa alumna que se presenta para forzarlo a que dirija su tesis, me planteaba serias dudas de si sería una especie de réplica envenenada de su mujer muerta o de un ángel negro venido para vengarse. A la vez, ir descubriendo el pasado del viejo poeta abría otros misterios que, en mi fuero interno, deseaba que no se confirmasen. Le había tomado afecto al profesor, y no quería que Miguel le hiciese pagar más de lo que ya había pagado.

Además de usar con acierto los resortes de Hitchcock, Miguel parecía poseer el poder de fascinación de Patricia Highsmith.

Me hizo que sospechase de Ada, la esposa muerta, y por eso llegué a pensar que fue una pérfida que ocultaba algo que el profesor no querría descubrir nunca (qué acierto de la novela que existan unas maletas nunca abiertas o un billete de avión sólo de ida); me hizo dudar de lo que hizo en su momento su mejor amigo, el gordo Fuentes, y por eso llegué a barruntarme que le habría traicionado; e incluso me hizo recelar también de Valentina, la criada, y por eso llegué a creer que finalmente acabaría convirtiéndose en algo así como la criada de Rebeca.

Pero Miguel seguía conduciéndome para que creyera lo que no iba a ocurrir, y cuando nos acercábamos al precipicio, daba un nuevo volantazo y me llevaba por otro camino.

El viejo poeta y su aventajada alumna, Elena, se convirtieron en los catalizadores de esta historia, porque, a través de la relación que se entablaba entre ellos, Miguel me desvelaba los demás misterios, como si sus encuentros se hubieran programado para cerrar algunas heridas, aunque eso significara abrir otras nuevas.

La belleza es una novela en la que no hay asesinatos o robos, ni persecuciones por el Monte Rushmore, pero es una novela con una intriga sutil, la intriga de la vida, el suspense del olvido y de la culpa. Una novela que nos plantea dilemas morales y personales, y que tiene un final cortante y amargo, pero que probablemente sea el final más lúcido.

Miguel Torres López de Uralde, me ha conducido por los pasadizos de una pesadilla real y cercana, y por ello más aterradora. Y, sin embargo, nunca ha dejado de mostrarme dónde se esconde la belleza de su narrativa.

Sergio Barce

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La belleza

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