EL PESO DE LA VIDA, relato del escritor larachense MOHAMED AKALAY

Mohamed Akalay

Como ya señalé en mi reseña sobre Akalay como escritor larachense, el reto estriba en que el escritor, cuya lengua habitual es el árabe, utilice el castellano para narrar, y que, además, le hayan reconido este mérito con varios premios. Y, aunque ya había introducido algún párrafo de sus cuentos, le pedí que me enviara uno de ellos para colgarlo de este blog. Akalay, por supuesto, haciendo gala de su amistad, me ha enviado dos de sus relatos, y hoy os ofrezco uno de ellos, que forma parte de su libro «Entre Tánger y Larache» (Sial Ediciones/Casa de África, Madrid, 2006).

Sergio Barce, febrero 2011

Mohamed Laabi, Jose L. Gómez, Mohamed AKALAY, Sergio Barce, Mohamed Sibari, Bouissef Rekab y Said Jedidi

«El peso de la vida» de Mohamed Akalay

El aviso de desahucio llega cuando tienes que ir a pagar las facturas de la electricidad y el agua. Decides posponer tal ejecución y esperar acontecimientos.

Suspendida la acción de cada mes ante la nueva realidad, sientes en tu entorno un silencio cruel, soledad brutal, enmudeces.

En la habitación del niño se percibe tranquilidad, él queda lejos de los padecimientos que tú debes soportar. Para él, eres el viento que alegremente revolotea, el agua que nutre, el pan que alegra, la paz y la seguridad.

El documento en el que te ordenan abandonar el hogar es escueto, duro, sin dejar dudas de ninguna clase. ¡En dos días tienes que pagar los meses atrasados o irte y llevártelo todo! Al volver a leerlo, mareas de sombras anegan tu alma y sientes el vacío envolverte… Recuerdos de dolor y desesperanza.

Tu marido acaba de encontrar una casa maravillosa, donde el fruto se presiente feliz. El bebé que pronto va a nacer tendrá un hogar para crecer adecuadamente.

-Hemos tardado en encontrar una casa como es debido, pero por fin tenemos lo que queremos…

-Cuando el niño nazca tendrá su habitación y nosotros podremos vivir con holgura. ¡Dios nos ha ayudado!

Tu joven marido tiene un buen trabajo, tú te encargarás de la casa y, de momento, te preparas para el alumbramiento. Vuestras familias son de otros confines lejanos y únicamente os tenéis el uno al otro.

Antes de ocupar el nuevo hogar, decidís unos arreglos: echáis abajo un tabique y el salón ya es más grande, dividís una amplia habitación y ya tenéis la vuestra y el bebé la suya, separadas. Compráis lo estrictamente necesario para vivir adecuadamente, los adornos pueden venir más tarde.

La vida se hace bella, te encaramas en lo más trivial para sentir ilusiones de un futuro prometedor. La vida que vive en ti te hace absorber cada momento que pasa, esperas con esperanza una luz que brille para siempre junto a ti y a tu marido.

Creo que se acerca el parto, algunos familiares, los más cercanos, viajan para estar junto a ti.

-¡Hija mía, qué contentos están todos de que puedas ser madre!

-¿Y por qué no han venido todos, mamá?

-El viaje es muy largo… y muy raro. ¡Qué le vamos a hacer, hija!

-Es verdad; tienes razón.

Tu suegra es una mujer muy buena, apenas habla y siempre está dispuesta a hacer lo que sea para que los demás se sientan bien. Ha venido sola.

Tu marido fue a esperarlos a todos a la estación del tren, tanto a tus padres como a su madre.

Los preparativos se aceleran cuando el nacimiento del bebé se hace inminente: ropita para el recién nacido como los baberos, camisetitas, jerseys, etc.; ropa adecuada para ti: bata, zapatillas, camisones… En la casa se elaboran dulces, bebidas; tu habitación preparada para recibir las visitas –pocas, pero seguras- de las esposas de los compañeros de tu marido.

… Y ahora esta acta que viene a hacer más vacío tu entorno.

“No permitiré que me echen de aquí, estoy dispuesta a todo. Dentro de poco me van a dar un trabajo y empezaré a pagar el alquiler; creo que el casero no se va a morir si se espera un par de meses”.

Oyes que tu hijo se despierta y vas a darle los buenos días. El disgusto es tuyo y no quieres que sepa que hay problemas, basta que su padre haya desaparecido. Adornas tu cara con una ancha sonrisa y abres la puerta.

Colegio Luis Vives de Larache: en este acto intervinieron Mohamed Sibari, Mohamed AKALAY, Sergio Barce, José Mª Montes y el cónsul D.Javier Jiménez Ugarte

-Buenos días, cariño. ¡Arriba! ¡A prepararse para ir al cole!

El niño, de nueve años, se estira para desentumecer los huesos y rápidamente se yergue y te abraza.

-Todavía es temprano, mamá. Déjame un ratito más…

-¡Venga, hijo, arriba!

“Iré a ver si soluciono esto con el dueño de la casa. ¿Adónde voy con mi hijo a cuestas? Si estuviera sola me la arreglaría como fuera, pero así, con un niño…”

-¿Está la leche caliente, mami?

-¡Claro que sí, enano! Y tengo bizcocho de chocolate…

Llevas a tu hijo al colegio. En la puerta hay cientos de niños como él, pero ninguno con el mismo problema: pronto ni podrá tener casa ni podrá asistir a sus clases. Ráfagas de recuerdos te ahogan. Quieres llorar pero no debes…

El bebé nace y la alegría inunda tu vida; tu marido te quiere más aún, estás segura. Sientes crecer, dulcemente, la luz añorada.

La vida palpita en cada uno de los muebles, en cada rincón de la casa que compartes con esas dos personas.

-¿Te parece bien que este verano vayamos a la playa con el enano?

-¡Claro que sí! Yo iré a comprar esta tarde los bañadores para los tres, aceites para que no nos quememos y algunos juguetes para que se distraiga el niño.

-Mi bañador me lo compro yo. No tengo ganas de estar cambiando…

Vas sumida en tus pensamientos. El dueño de la casa estará en su tienda y tu intención es convencerlo para que retire la denuncia contra ti. Le explicarás que pronto tendrás medios para cubrir la deuda que tienes con él. Que por favor no te echen de tu casa.

El hombre ve que te acercas y sale de la tienda para hablar contigo.

-Buenos días, señor; vengo a desearle que tenga un buen día…

-Buenos días. Gracias por su buena intención. Siento que tenga usted que irse de mi casa, pero las cosas están así y no las puedo cambiar…

-Mire, señor, le prometo que dentro de poco podré pagarle todo lo que le debo. Usted sabe que cuando mi marido estaba vivo siempre le hemos pagado sin demora…

-Sí, señora. Pero ahora su marido no está y…. Es que los jueces cuando toman una decisión es irrevocable, y ya sabe…

-No se preocupe. Me han dado trabajo y pronto empezaré a cobrar. Le pagaré todos los meses que debemos.

-El tema no está en mis manos. Mi abogado es el que se encarga de todos estos asuntos, de verdad que lo siento…

-En ese caso le aviso que no pienso irme… Antes la muerte.

-¿Cómo? Usted está obligada a cumplir con la ley.

-Ya veremos. Adiós, señor, le deseo un buen día.

Y te vas. No puedes olvidar. Entornas los ojos para evitar el caos que te invade.

Tu marido es serio en su trabajo. Sus jefes deciden confiar en él y le ofrecen un trabajo más difícil pero mejor remunerado; lo festejas con él yendo a cenar fuera. Una tarde, de vuelta del trabajo, te informa de las últimas novedades.

-Me han asignado una nueva misión, voy al norte a tratar unos temas de importancia. Estaré fuera dos días…

-¿Nos vamos a quedar solos?

-No pasará nada, querida. Cierras bien la puerta, y ya está…

Es la primera noche que te quedas sin tu marido. Esa primera vez sientes que el mundo se te viene encima; presientes una tragedia invisible que pasea por la casa. Más tarde, esas noches se van repitiendo hasta convertirse en algo normal, hasta darte una sensación de una energía nueva, de una vida mejor.

Tu hijo también se acostumbrará, contentísimo, a las esporádicas ausencias de su padre; de vuelta, siempre le trae un regalo.

Las condiciones de vida mejoran, lo ves en todo lo que te rodea. El niño posee lo que tú siempre deseabas para él. En la casa se siente felicidad, calma, una enorme placidez y la esperanza de tener un futuro lleno de alegrías.

El niño cumple ocho años y ambos sentís la maravillosa ventura que el destino os ha permitido vivir; os confesáis totalmente dichosos.

-Cuando sea mayor podrá estudiar donde le parezca. Ya sabes que sus ahorros son para eso, precisamente.

-Yo prefiero que se quede a nuestro lado. Así no sufriré cuando esté lejos de nosotros…

-Tendrás que hacerte a la idea de que los jóvenes terminan yéndose, tarde o temprano.

-…, además estaré para lavarle la ropa y prepararle la comida que le guste.

-¡Eres increíble!

Vas directamente a ver el abogado de tu casero. Quieres agotar todas las posibilidades antes de llevar a efecto lo que te ronda por la cabeza. Está en su despacho y la secretaria te pide que esperes un poco. No te gusta la sala de espera, te resulta lóbrega, oscura y triste. Pero uno de los cuadros que cuelgan de la pared te llama la atención: es muy bonito. Hay un campo verde y unos niños campesinos jugando con unos animales, parecen perros o gatos; no se ve bien porque estás lejos del cuadro. Te levantas para acercarte y en ese momento te avisa la secretaria que puedes pasar.

El despacho tampoco es muy atractivo. Tiene cortinas y no se ve ninguna ventana.

-Dígame en qué puedo servirle…

-¿Cómo? ¡Ah, sí! Buenos días, señor abogado. Mire, soy la inquilina de la casa del señor J.; y como usted sabe, me quieren echar de la casa…

-¡Ah! Ya entiendo. Viene a traerme el dinero, ¿verdad?

-Yo… Le daré el dinero dentro de un par de meses. He encontrado trabajo y pronto empezaré a cobrar…

-Lo siento, señora, el plazo expira dentro de dos días, si en ese tiempo no me entrega el dinero, tendrá que irse. La orden judicial que ha recibido usted no estipula que el dinero se entregue dentro de algunos meses.

-No pienso irme. Ya lo verán. Antes le prendo fuego a la casa…

El abogado te mira sorprendido pero sonríe; se levanta, coge un libro que se pone a consultar. Sales sin decir adiós.

En la calle, caminas cabizbaja, el cuadro de la sala de espera del abogado se te viene a la memoria, te sorprende pensar en algo así. ¿Qué eran esos animales, perros o gatos?

Tu marido prepara la maleta, como de costumbre le ayudas; toma un vaso de leche y se despide de vosotros. Te pide que cierres la puerta bien y dice que pronto estará de vuelta. Le da un fuerte abrazo al niño, un beso a ti y se va.

Cuando estás con tu hijo en el dormitorio, oyes que en la radio hablan de un accidente de trenes, pero no sabes dónde ha ocurrido eso: piensas que estas cosas ocurren en cualquier parte menos en tu país. Acuestas al niño, le das un fuerte abrazo y cierras la puerta para que se duerma. Apagas la radio y pones la televisión.

En la cocina te preparas un bocadillo y, con un refresco, vas al salón a comer y a oír las informaciones.

Y vuelven a mencionar el accidente de trenes; pones atención. ¡Dios, ha ocurrido en nuestro país!

Y piensas, en ese preciso momento, que nadie en el mundo puede decir lo que le gusta o disgusta sin pleno conocimiento de causa de las acciones que ha vivido o que va a vivir. Que nadie puede afirmar que hará una cosa u otra, ni prever cuáles serán sus actividades ante los hechos que pueda desarrollar.

“El tren que une la capital con el norte ha sufrido un accidente entre la ciudad…”

Un pesado silencio se instala en el salón a pesar de que el locutor sigue ofreciendo las informaciones; apagas el aparato y entras a tu dormitorio. Te dices que cuando él regrese desaparecerán todas tus dudas. No puedes dormir y sientes una desolada ira en todos los rincones del alma. Te levantas y paseas un poco por la habitación, sientes cómo te arde la cabeza… Te asomas al balcón. La calle está desierta, te desespera ver tu calle tan sola. Te echas en la cama; unas lágrimas saltan de tus ojos, silenciosas… El ruido del timbre te despierta, corres a abrir: ¿será él o me informarán sobre él? Abres. Dos policías están frente a ti. Te desplomas y todo se hace oscuro en tu espíritu y sientes que vas cayendo en un profundo abismo.

El entierro y demás acciones que te separan irremisiblemente de tu marido se llevan a cabo mientras tú pareces dormida, lejos; perdida en una densa niebla, luchando contra fuerzas invencibles en la oscuridad.

Amigos y familiares regresan cada cual a lo suyo; tú permaneces con tu hijo en la casa donde has conocido la felicidad. Poco a poco la soledad se instala en tu casa y se convierte en algo material, la llegas a paladear, la sientes en tus carnes. Y decides ir al encuentro de tu destino en ese hogar, sea cual sea la suerte que te depare.

El día previsto para el desahucio, ya tienes pensado lo que vas a hacer. No vas a permitir que te separen de esas habitaciones impregnadas de sus miradas de amor. Tus ojos lanzan sus dardos por las paredes, por el techo, por los muebles y un fuerte vuelco se origina en tus entrañas… Has intentado por todos los medios que la gente comprenda tu situación, que no se interponga entre tú y su recuerdo, que permita que el idilio continúe, pero nada… Te diriges a la ventana, esperando la llegada de los que te van a echar.

A tu hijo lo has llevado al colegio por la mañana como de costumbre. Has llamado a tus padres para que vengan a verte porque “estoy enferma”, les dices. Y estás enferma, lo sabes. La herida de la separación se ha ido haciendo cada vez más grande, se ha incrustado en lo más hondo de tu alma. Estás enferma. La idea que llevas maquinando hace unos días empieza a tomar cuerpo a medida que las negativas de la gente se hacen más numerosas, a medida que te convences que te quieren separar de tus recuerdos. Sientes que la melancolía te disocia el espíritu, que quieres pensar en algo bonito pero que no puedes. Tus intentos mueren al nacer; salvo lo meditado estos últimos días, ninguna idea se precisa en tu cerebro. El momento de espera se alarga, sientes que te sofocas y que naufragas en profundas y ardientes aguas.

Oyes frenar un coche y te asomas. Son ellos, los que te quieren expulsar de vuestro hogar, los que van a separarte de tus recuerdos más bellos. Te levantas y entras en la cocina, dejas salir gas de una bombona y esperas que llamen a la puerta…

La imagen de tu marido, perdida en las sombras de esos días de horror, aparece nítida; te mira y alarga los brazos. A ella se superpone otra imagen con más fuerza; la de tu hijo. Está saliendo del colegio y no te encuentra…

Llaman a la puerta; el timbre suena más fuerte que nunca. Coges una caja de cerillas: nunca has sentido un placer tan violento como ése. La imagen de tu marido sonríe, la de tu hijo se manifiesta con cara de desesperación porque tú no estás esperándole…

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Un pensamiento en “EL PESO DE LA VIDA, relato del escritor larachense MOHAMED AKALAY

  1. Alejandra dice:

    Precioso y triste cuento,me ha gustado mucho,gracias

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