Archivo de la etiqueta: Pablo Cantos

CASI UN AÑO SIN PABLO CANTOS

Pronto hará un año que mi amigo Pablo Cantos se marchara y nos dejara desnudos en medio de esta estepa en la que nos ha tocado vivir.

Pablo Cantos, junto al actor Mario Zorrilla, delante del cartel de su película

Pablo Cantos, junto al actor Mario Zorrilla, delante del cartel de su película

El pasado martes, en el Festival de Cine de Málaga, su casa natural, se le dedicó un merecido homenaje proyectando una vez más su cortometraje Gato por Goya (2009) y el largometraje Imaginario (2008) que, como los buenos vinos, gana con el tiempo. No sé si me fijé más ese día en los detalles de esta película, pero el caso es que me fascinó aún más que la primera vez que la vi en su estreno. Los diálogos, escritos también por Pablo, no solo me parecieron ahora buenos, sino magníficos, con frases que pocos escritores son capaces de hilvanar, y su forma de filmar y estructurar la película, inteligente y deslumbrante.
Estaba ahora buceando por internet, buscando la sombra de Pablo Cantos, y me he encontrado una breve entrevista que le filmaron en SurTV cuando presentaba el documental, maravilloso y original, Objeto encontrado (2012), dedicado a Antonio Pérez, que Pablo escribió y que su gran amigo César Martínez dirigió. Y cuando Pablo ha aparecido en la pantalla de mi ordenador, y se ha movido, y ha hablado, y yo lo he escuchado de nuevo, he tenido el breve y absurdo impulso de abrazarlo. Pero eso es algo que ya no puedo hacer.
Hay en la filmación un primerísimo plano de su mirada, dura apenas un segundo, pero ese pequeño instante me ha anudado el estómago. Parecía que lo tenía aquí al lado, y que iba a pasarme un brazo por encima del hombro para hacerme una de sus confidencias.

Este es el enlace para ver la entrevista:

http://www.diariosur.es/videos/malaga/actualidad/1386546910001-cineasta-guionista-pablo-cantos-habla-sobre-documental-objeto-encontrado-reivindica-figura-intelectual-antonio-perez.html

Solo han sido cuatro minutos de entrevista, pero aunque solo haya sido a través de la pantalla, Pablo estaba otra vez aquí. Y al mirar ahora por la ventana de la habitación en la que escribo, me he dado cuenta de que no llueve como ayer, de que brilla un sol espléndido, de que es un día alegre y vivo, y quizá sea porque Pablo ha vuelto para hacerme esta visita.

Sergio Barce, marzo 2014

 

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«CARTA A MI AMIGO PABLO CANTOS», POR SERGIO BARCE

  Querido Pablo:

Acabo de llegar a mi casa después de despedirnos, y he sentido de pronto la imperiosa necesidad de escribirte esta carta. Tal vez te llegue antes de que cruces ese océano.

Hace mucho tiempo que quería darte las gracias por algunas cosas, y nunca había encontrado el momento. Pero de hoy no pasa, porque mañana sería ya demasiado tarde.

Quiero agradecerte que durante estos años hayas tenido la infinita paciencia de leer mis novelas, de destriparlas para luego darme una señorial clase de buen gusto y de sentido estético y narrativo. Ya sabes que nos hemos sentado en muchos cafés, aunque casi siempre pides una Coca-Cola o un Nestea, o bien nos hemos ido a cenar, siempre para regalarme tu valioso tiempo y tus conocimientos. Muchas veces me has orientado cuando mis libros se perdían en oscuros callejones y no encontraba ninguna salida. En ocasiones, poco después de habernos visto, me has llamado con urgencia porque habías pensado algo que podría sacarme del atolladero. Así eres, Pablo, alguien que no descansa cuando ha de echar un cable a un amigo.

PABLO CANTOS, Director de Cine

PABLO CANTOS, Director de Cine

Quiero agradecerte las veces que nos hemos ido a ver alguna película juntos. Y también las veces que nos hemos salido de la sala avergonzados por lo que veíamos, porque solo con mirarnos sabemos si estamos ante algo excepcional o ante una auténtica birria. Y como sueles decirme en estas ocasiones: en vez de perder el tiempo con algo que no merece la pena, aprovechémoslo charlando que seguro que lo pasamos mejor. ¿Recuerdas la de John Ford que vimos hace unos meses? Fue como si la proyectaran por primera vez. Entusiasmado, me hablabas en voz baja para que me fijara en algún matiz del diálogo o en alguna escena. ¿Y el día de <Con faldas y a lo loco>? ¡En pantalla grande en el Albéniz! Ibas con Lola y con los niños, y me dijiste que los críos disfrutaban cada vez más con el buen cine clásico. Tienen el mejor guía.

Cuando fuimos a ver <Amador> eso sí que nos dio para hablar largo y tendido, y hasta para escribir ese artículo sobre la película de Fernando León que hicimos mano a mano.

Quiero agradecerte esos pequeños detalles que tienes conmigo cuando vas a encontrarte con alguien relacionado con tu mundo. Como sabes que el cine me fascina tanto, si hay ocasión, me llevas contigo para que conozca a algunos actores o a tu productor. Me contento con estar cerca y escuchar lo que dices. Siempre aprendo de ti.

Quiero darte las gracias por tus sugerencias cuando deambulamos por el <Fnac> o por la <Librería Luces> y me descubres un autor, un libro, una película.

Quiero agradecerte que me animes a seguir escribiendo y que siempre me digas que te admira mi tesón y que siga haciéndolo contra viento y marea, porque estás convencido de que la constancia dará sus frutos.

Quiero agradecerte los consejos que le das a mi hijo Pablo, que además de llamarse igual que tú ha elegido también el cine; ya sabes que sigue en Madrid, como le dijiste un día, a punto de acabar en la ECAM.

Quiero agradecerte que confíes tanto en mí, y que me cuentes tus penas y tus ilusiones y tus problemas, igual que he hecho yo desde que nos conocemos, y también quiero agradecerte que escuches mis penas y mis ilusiones y mis problemas. Me haces sentir tan bien cuando me dices que te has desahogado conmigo…

Pablo, eres excepcional. Excepcional e irrepetible.

PABLO

PABLO

Te diré lo que me gusta de ti.

Me gusta verte aparecer caminando con el cuerpo echado adelante, ajustándote la correa de la cartera que llevas colgada en bandolera, mientras sonríes desde lejos. Si no lo hicieras así, no serías tú. 

Me gusta la manera que tienes de saludar, abrazando con entusiasmo y besando en la mejilla, sin bajar la guardia de tu sonrisa. Nadie transmite el afecto como tú lo haces.

Me gusta que siempre digas que me encuentras bien, aunque a veces sea mentira. Eres adulador por naturaleza. Y esto te lo agradecemos todos.

Me gusta que me hables de los amigos: Sigue leyendo

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Hablando de mi novela UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE en el I.E.S. PABLO RUIZ PICASSO de MÁLAGA

El pasado 20 de abril fue otro de esos días que se convierten en un regalo. Me habían invitado al Instituto de Enseñanza Secundaria Pablo Ruiz Picasso de Málaga para compartir una charla con el novelista, y ya creo que sin duda amigo, José Francisco Martín Caparrós. Nos une la pasión por la narrativa y que hemos publicado nuestras últimas obras en la misma editorial, Círculo Rojo. Así que, con las buenas artes de Pablo Cantos y de Lola, que movieron los hilos, los alumnos del instituto hicieron el esfuerzo de leer la novela de Martín Caparrós “El cráneo de la araña” y la mía “Una sirena se ahogó en Larache”.

He de decir que me sorprendieron varias cosas: la primera fue la sensación de cercanía que sentí en todo momento con los profesores y alumnos, la segunda sin duda la sorpresa por lo entrañable que resultó la presentación de mi persona y de mi obra por los profesores Laura Núñez y José Manuel Mesa a los que no conocía (en el caso de José Manuel, me dejó impresionado el hecho de que, al hablar de “Una sirena se ahogó en Larache”, se emocionara tanto recordando las duras peripecias de Tami, el niño protagonista, el personaje que yo he creado, que incluso hubo de hacer un pequeño esfuerzo para seguir hablando, y nos contagió), y la tercera y última de las sorpresas fue el bombardeo de preguntas de los estudiantes que me demostraron que no sólo se habían leído la novela sino que les había fascinado y encantado. Es difícil transmitir la sensación que eso causa cuando escuchas hablar de tu obra y de tus personajes en boca de otros, ser consciente de que has llegado, de que has conseguido el objetivo que te proponías al comenzar a escribir.

En fin, fue algo estupendo estar allí. Y aunque he tardado un poco en contarlo –por culpa de tanto material como se me acumula para el blog- no es ni por dejadez ni por olvido, en absoluto, porque ese día se queda guardado en un pequeño rincón de mi memoria, gracias a Pablo y a Lola, a los que tanto debo, a José Francisco Martín, por su generosidad al compartir ese espacio conmigo, a José Manuel y Laura por su trato exquisito, y a los chicos del Instituto por haber dedicado unas horas de su vida en leerme.

Sergio Barce, junio 2012

Mi novela UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE comienza así…

    Tami es un niño de cuerpo frágil pero despabilado, de ojos hambrientos, que padece una enfermedad que le perfora los bronquios y los pulmones. La humedad de la Medinano le sienta demasiado bien, pero él es feliz en sus callejones. Le gusta jugar al fútbol en la playa y corretear por las callejuelas del barrio de la Alcazaba y bajar corriendo con sus amigos por la calle Real hasta el puerto; y le embrujan los cuentos de su abuelo. Son suficientes razones para que no pueda imaginar la vida en otro lugar.

   Ya es de noche. Se ha tumbado en su jubón, en el cuarto que comparte con su hermano mayor Ahmed, que duerme en la otra estera de esparto. Hace calor. La calima es densa esa noche de agosto. Se escucha música en toda la ciudad y algarabía por las calles, pese a que son más de las tres de la mañana. Es raro que Ahmed no ande por ahí, tras alguna de esas chicas que han regresado a Larache desde Holanda o España de vacaciones.

   El cuarto está en el tercer piso de la casa, junto a la habitación del abuelo. En la planta baja, una pequeña cocina y el salón, en el que sobrevive el viejo televisor Telefunken. Un pequeño habitáculo, que sirve de almacén, un retrete con una ducha y el dormitorio de sus padres se reparten la segunda planta. En la azotea, hay un cajón de madera que atesora algunas herramientas del abuelo de cuando ejercía de mecánico en el Taller de Barrajón, y también la mesa pequeña en la que ahora trabaja. A sus pies amontona piezas desechadas de aparatos electrodomésticos, fusibles, cables, una batería. Es ahí arriba donde el viejo se pasa las horas muertas durante el verano.

   Toda la casa de la familia de Tami, no obstante, no sobrepasa en total los cincuenta metros cuadrados. Cada una de las habitaciones es angosta y, salvo su cuarto y el de sus padres, las demás carecen de ventana alguna. La mejor de las dos que hay, sin duda, es la suya, situada en lo más alto de la casa, justo encima de donde él duerme; una idea de su madre que siempre ha pensado que sería lo más beneficioso para el niño. Desde su atalaya particular, Tami puede ver algunas otras terrazas, un trozo imperfecto de la desembocadura del Lükus, el espigón, el minarete de la mezquita desde la que le llega la voz del almuédano, y la inmensidad del cielo, en el que descubre cada noche una nueva estrella. Le ha puesto nombre a alguna. La que más brilla es Nur-al-Din, la más lejana Ibn Battuta.

   Tami no quiere dormirse. Vigila a Ahmed, que respira plácidamente mientras sueña. Sabe que tiene un plan con sus amigos Jamal y Taha, que los tres quieren salir volando, escapar. Los escuchó hablar en el espigón, apasionados, mientras fumaban sentados en las rocas.

   -En cuanto el jefe nos avise, bajamos al acantilado. Nos esperarán sobre las cuatro. Dice que iremos con otros chicos de Ksar-el-Kebir y unos senegaleses que se han escondido en la Medina. Ya veremos…

   -Incha Al´láh.

   Tami se abalanzó sobre Ahmed, trabándose de su cuello. Lo hizo sin pensarlo, igual que si se hubiera recolgado de su madre, aunque sabe que su hermano detesta que se le acerque siquiera y menos si están los amigos delante. No es extraño, pues, que lo tirara al suelo, zancadilleándole, alentado por Jamal que fue quien realmente se había dado cuenta de que Tami había oído algo de sus planes futuros.

   -¿Me llevaréis con vosotros, Ahmed?

   -¿Cuántas veces te he dicho que no nos espíes?

   El niño se levantó, pero Ahmed dio un paso empujándolo y Tami reculó, dando traspiés, aunque consiguió mantenerse erguido. Hubo un instante de pausa, en el que se estudiaron de manera harto diferente: Tami, deseoso de que su hermano le contara sus planes; Ahmed, por el contrario, no se reprimió a la hora de mostrarle su abierto rechazo, como si fuera un intruso que estorbara, y trató de golpearlo en el rostro con la mano abierta. El niño fue ágil y echó el cuerpo atrás evitando el guantazo. Se quedó un segundo con el corazón encogido, pero enseguida se removió, separándose de su hermano igual que si una víbora fuese a atacarle.

   -¡Se lo diré a padre!

   Ahmed, más enfurecido, se descalzó una de las sandalias y comenzó a perseguirlo por el espigón. El grito le había salido del alma.

   Tami sorteaba a los bañistas que caminaban en ambas direcciones, y su hermano mayor trataba de darle alcance con la sandalia derecha en la mano. Aunque Ahmed usaba todas sus energías, la agilidad de Tami le hacía parecer más rápido, era como una gacela que, por instinto, saltara por encima de todos los obstáculos.

   -¡Verás como te coja! –Gritó Ahmed cuando ya se dio cuenta de la inutilidad del esfuerzo.

   Y en ese instante, Razine Larbi se interpuso en su camino y él se quedó parado, con la sandalia en alto, con la respiración entrecortada. Sidi Razine Larbi lo miraba con paciencia, con cierta indulgencia en el porte, pero con la severidad necesaria como para que Ahmed comprendiera que continuar con su persecución sólo le traería problemas. Bajó entonces el brazo, dejando caer la sandalia, que se calzó con disimulo.

   -¿Qué haces, Ahmed? ¿Vas a pegar a tu hermano pequeño? –Razine frunció el cejo. Sus ojos pequeños lo miraban con una intensidad escrutadora-. ¿No aprendiste nada de lo que te enseñé en el orfanato o es que quieres volver allí?

   -Lo siento, sidi.

   -Más te vale.

   Razine Larbi, vestido con una candora celeste, le dio la espalda y entró en su casa de la playa, pensativo, mientras se acariciaba la barba. Confuso, Ahmed miró a la multitud que se movía por el espigón y por la orilla de la otra banda, pero ya no había rastro de su hermano que habría subido en alguna barca para cruzar el río.

   Regresó sobre sus pasos y vislumbró a Sidi Razine tras una ventana. Mohammed, su padre, lo había internado en el Orfanato Musulmán de Larache para que, al menos, estudiara algo. Muchas familias sin recursos lo hacían. Ahmed, sin embargo, no aprovechó más que lo justo para salir cuanto antes del centro. El único buen recuerdo que conservaba de aquel lugar era ese hombre, al que siempre respetó, y al que ahora veía moverse dentro de su casa.

 

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Cine: MALAGA – Este jueves, 12 de Enero – Estreno del documental OBJETO ENCONTRADO

Este Jueves, 12 de enero, en el Cine Albéniz, en Málaga, se estrena el documental OBJETO ENCONTRADO, dirigido por César Martínez Herrada.

Este film documental nos desvela la personalidad y la obra de Antonio Pérez, un personaje curioso pero crucial en los acontecimientos artísticos más relevantes de nuestro país en las últimas décadas. Él cedió sus ideas para el Pijoaparte o la editorial Ruedo Ibérico, ha influido en Juan Marsé, en Miquel Barceló…

Escena de Objeto encontrado

Antonio Pérez siempre ha deambulado buscando esos objetos que luego reinventa para convertirlos en esos nuevos objetos encontrados, ensugestivas  obras artísticas, y ahora es el objeto encontrado de una cámara…
Lo más relevante para mí es que el guión viene firmado, además de por el propio realizador de la cinta, César Martínez, por mi intimo amigo Pablo Cantos.

César Martínez Herrada

Si Pablo está en este proyecto, ya sé que el sustrato es de calidad, que la obra será como mínimo interesante, y que seguramente encontraré ese otro objeto personal y sutil que Pablo habrá dejado en alguna parte de la historia de ese artista tan singular que ha escogido para que sea el centro de su historia.
El estreno en Málaga está organizado por el Aula de Cultura Sur, y será una buena excusa primero para ver el documental y disfrutarlo, pero sobre todo para pasar un entrañable rato con Pablo Cantos, un loco del cine, un amigo sincero, y hablar de la película y del cine en general, como siempre hacemos cuando nos vemos.
Este documental ha estado preseleccionado a los Premios Goya de este año.

Pablo Cantos



Ficha técnica:

Título original: Objeto encontrado
Directora de fotografía: Carlos Carcas
Director: César Martínez Herrada
Productor/a: Flamenco Films
Guión: Pablo Cantos, César Martínez Herrada
Montaje: Luis Villar
Música: Javier López de Guereña
Intérpretes: Antonio Pérez, Luis Gordillo, Juan Marsé, Miquel Barceló, Roberto Bodegas
Duración: 85
Año de producción: 2011
Formato: 35 mm

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«VALOR DE LEY», la otra historia

Pablo Cantos

Hace años que voy al cine con mi amigo Sergio Barce. A veces las cosas acaban en empate; otras, como esta, en goleada. Acertamos con la elección. Sin embargo, no pintaban así las cosas cuando llegamos: una excursión de abuelos sometidos a la suma perversa de audífono mal calibrado más azafata poco instruida, había dejado el océano de la sala plagado de náufragos en butaca ajena. Un desafío. Una desesperación: ¿Le importaría…? ¿Cómo? Yo de aquí no me muevo. Murmullos, desaires y quejas mientras la bobina publicitaria iba dejando votos de felicidad cristalizada en urbanizaciones chispeantes, estrenos inminentes o burbujas refrescantes; mercaderías todas de chamarileros que escriben bajo cada promesa la leyenda “próximamente”, porque ya se sabe que la dicha es bien ajeno y aplazado. Y, entretanto, la parroquia a lo suyo, que el partido estaba en la grada: Sergio se fajaba con la concurrencia tan prisionero de su propia educación como del desahogo ajeno hasta que, sin más víctima que la paciencia, pudo ocupar su asiento. Y enseguida comenzó la historia: un asesinado, un propósito de venganza, y un tren llegando entre vaharadas de humo hasta un poblacho áspero y hediondo. Y por primera vez, se oyó el silencio. Mandaban los Coen con su filigrana rocosa, como manda el western de toda la vida. Nadie volvió a hablar en la sala; todo lo más, la súplica apagada de algún veterano que pedía orientación a su compañero de asiento porque la memoria le había escamoteado la identidad de cualquiera de los personajes vigorosos que se pasean por esta película. Lo demás ya lo cuenta mi amigo Sergio en su crónica ilustrada y certera, que es también el testimonio rendido de un niño que soñó con ser noble y valiente. A los abuelos también les gustó; seguro, porque solamente sonríen a la salida quienes se han divertido dentro.

Pablo Cantos, 26 de febrero de 2011

P.D. de Sergio Barce: He de decir, Pablo, que yo también me olvidé de los abuelotes que ocupaban la mayor parte del cine en cuanto el aliento del tren inundó la pantalla, pero sólo hasta el instante en el que una anciana, a tres butacas de distancia, justo cuando Cogburn (Jeff Bridges) se disponía a sacar el revólver, contestó su móvil y se puso a charlar probablemente con su nieta de lo que iban a almorzar al día siguiente. No fueron suficientes los constantes siseos de los espectadores que tenía alrededor para arredrarla, ella continuó impasible con su Nokia desenfundado, pegado al oído, e insistiendo en que era mejor un puchero que la parrillada. Cuando por fin volvió a enfundar su arma en su cartuchera de imitación, Cogburn hizo lo mismo en la pantalla. Creo que se había dado por vencido, aunque le dedicó una mirada de soslayo que la hundió en su asiento, sólo por unos segundos…

Tienes razón, pese a esa banda de forajidos que nos rodeaba y nos empujaba contra el acantilado, fue una perfecta jornada de cine. ¡Que vivan los Coen! (que dirían los hombres de Villa)

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