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LA ÚNICA HISTORIA (The only story, 2018), UNA NOVELA DE JULIAN BARNES

Julian Barnes es uno de los escritores que alimenta habitualmente mi poso narrativo. Aguardo siempre la nueva publicación de Barnes, y la de Richard Ford, Paul Auster, Cormac McCarthy y J.M.Coetzee, igual que espero la nueva película de Woody Allen, y la de Paolo Sorrentino, Thomas Vinterberg, Wes Anderson o Quentin Tarantino. Entre medias, acudo a las páginas ya leídas para revisitarlas, las escritas por Cortázar, Chukri, Bowles, Melville o Capote, y vuelvo a ver las imágenes que rodaran Hitchcock, Coppola, John Ford, Peckinpah o Leone. Siempre me parecen nuevas. Y también, por los resquicios, se cuelan otros narradores y otros cineastas. Y ahí ando amasando toda ese buen hacer para ver si así aprendo algo de ellos y logro moldear un texto sugerente e hipnótico cuando me pongo a escribir.

La única historia portada

Acabo La única historia (The only story) de Julian Barnes, después de releer De mujeres y hombres (Women with men, 1997) e Incendios (Wildlife, 1990), ambas de Richard Ford. Me sorprende comprobar que hay muchísimas conexiones entre los tres libros. Incendios no deja de conmoverme.

La única historia posee un pulso narrativo asombroso. Digo que asombroso porque mantener en alto la historia sentimental de una pareja (en este caso, un adolescente con una mujer madura) sin que suceda un crimen o sin una trama truculenta o de suspense, sin que exista una tragedia en el sentido más estridente del término, requiere de una maestría de la que no todos los escritores están dotados. Julian Barnes lo está, claro, y lo viene demostrando desde hace años.

En esta novela asistimos primero al nacimiento, casi accidental, de esta curiosa relación entre los dos protagonistas que asumen la diferencia de edad que los separa y que, por supuesto, los enfrenta al orden establecido. Genial el planteamiento de los partidos de tenis. Luego, página a página, vamos siendo testigos de la evolución de esta pareja, una evolución que es natural, lógica y abrumadoramente triste. El personaje de Susan resulta de una riqueza de matices impresionante. Barnes maneja los hilos narrativos de manera sutil, levantando una estructura impecable y elegante, sin olvidar sus siempre acertados toques de humor. Y consigue que la lectura de esta novela acabe convirtiéndose en un deleite.

Sergio Barce, julio 2019

Fragmento de La única historia:

“Te ha llevado años entender cuánto pánico y caos hay debajo de la risueña irreverencia de Susan. Por eso no te necesita a su lado, fijo y firme. Has asumido ese papel de buena gana, amorosamente. Te hace sentirte un garante. Ha supuesto, desde luego, que la mayor parte de tus veinte años te has visto obligado a renunciar a lo que otros de tu generación disfrutan como algo rutinario: follar como un loco a diestro y siniestro, los viajes hippies, las drogas, el desmadre y hasta la cojonuda indolencia. También has renunciado forzosamente a la bebida; pero tampoco es que estuvieras viviendo con una buena publicidad de sus efectos. No le guardabas rencor por nada de esto (excepto quizá por no ser bebedor), ni tampoco lo considerabas un injusto fardo que estabas asumiendo. Eran los hechos básicos de vuestra relación. Y te habían hecho envejecer, o madurar, aunque no por la vía que normalmente se sigue.

Pero a medida que las cosas se van deshilachando entre vosotros, y todos tus intentos de rescatarla fracasan, reconoces algo de lo que no has estado huyendo exactamente, sino que no has tenido tiempo de advertirlo: que la dinámica particular de vuestra relación está activando tu propia versión de pánico y caos. Mientras que probablemente presentas a tus amigos de la facultad de derecho una apariencia afable y cuerda, aunque un poco retraída, lo que se agita por detrás de esa fachada es una mezcla de optimismo infundado y abrasadora inquietud. Tus estados de ánimo fluyen y refluyen a tenor de los de ella: salvo que su alegría, incluso la extemporánea, te parece auténtica y la tuya condicional. Te preguntas continuamente cuánto durará esta pequeña tregua de felicidad. ¿Un mes, una semana, otros veinte minutos? No lo sabes, por supuesto, porque no depende de ti. Y por muy relajante que sea tu presencia para ella, el truco no funciona a la inversa.

Nunca la vez como a una niña, ni siquiera en sus fechorías más egoístas. Pero cuando observas a un padre preocupado que sigue las peripecias de su prole -la alarma ante cada paso zambo, el miedo a que tropiece a cada instante, el temor mayúsculo a que el niño simplemente se aleje y se pierda-, sabes que has conocido ese estado. Por no hablar de los súbitos cambios de humor infantiles, desde la maravillosa exaltación y absoluta confianza a la ira y las lágrimas y el sentimiento de abandono. Eso también lo conoces bien. Solo que este clima anímico, alocado y cambiante está atravesando ahora el cerebro y el cuerpo de una mujer madura.

Es esto lo que acaba quebrándote y te indica que debes marcharte. No lejos, solo a una docena de calles, a un apartamento barato de una sola habitación. Ella te exhorta a que te vayas, por razones buenas y malas: porque intuye que tiene que dejarte un poco libre si quiere conservarte; y porque quiere que te vayas de casa para poder beber siempre que le venga en gana. Pero de hecho hay pocos cambios: vuestra convivencia sigue siendo estrecha. No quiere que te lleves un solo libro de tu estudio, ni ninguna baratija que hayáis comprado juntos, ni ninguna ropa de tu armario: esos actos le producirán un enorme desconsuelo…”

La única historia (The only story) está editada por Anagrama, con traducción del inglés de Jaime Zulaika.

Julian Barnes

JULIAN BARNES  (foto: Robert Ramos)

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