Este blog, que comenzó el pasado 19 de Septiembre de 2010, a fecha de hoy, 19 de Noviembre, ha llegado a las 5.100 visitas. Gracias a todos los que participáis aunque sólo sea por curiosidad.
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SI QUIERES VER EL TRÁILER DE ESTA PELÍCULA LO PUEDES HACER EN YOUTUBE EN:
http://www.youtube.com/watch?v=X_3kEUSNN-Q&feature=player_embedded
La biographie du réalisateur
Mohamed Chrif Tribrak est né à Larache, au nord du Maroc, en 1971. Formé au sein de la Fédération des ciné-clubs au Maroc, il a suivi un stage à la FÉMIS à Paris. Il a réalisé cinq courts métrages dont Nassima (1998) un court métrage de fiction et Balcon Atlantico (2003). Son projet Le temps des camarades, a été récompensé dans le cadre de Cinéma en Mouvement 2 (Festival de San Sebastian, Espagne). Il a réalisé aussi quatre téléfilms pour la deuxième chaîne nationale, 2M. Le temps des camarades (2008) est son premier long-métrage.
محمد الشريف الطر يبق من مواليد 1971 بالعرائش بشمال المغرب .تكون في الأندية السينمائية ثم تابع تكوينا بباريس, أخرج خمسة أفلام روائية قصيرة من بينها نسيمة 1998 الشرفة الأطلسية 2003و كدالك أربعة أفلام تلفزيونية للقناة الثانية .زمن الرفاق هو أول شريط روائي طويل له .
Galardones de su largometraje EL TIEMPO DE LOS COMPAÑEROS (Le temps des camarades) (2008)
La carrière du film :LE TEMPS DES CAMARADES Sigue leyendo →
Fallece el escritor e intelectual marroquí Edmond Amran el Maleh
Rabat, 15 nov (EFE).– El intelectual marroquí Edmond Amran El Maleh, escritor que celebró en su obra la convivencia de las culturas árabe, judía y bereber en la tradición de su país, falleció hoy en el Hospital Militar de Rabat a la edad de 93 años. Nacido en 1917 en una familia judía de Safi (en el suroeste del país), El Maleh fue uno de los escritores más conocidos de Marruecos, y un ferviente militante de diversas causas Sigue leyendo →
A la playa peligrosa ( Plage Dangereuse)
Sergio Barce, Novembre 2010
(Traduction au français : Fatima El Bouhtoury)

Il descendit de la barque qui lui avait fait traverser le fleuve, après avoir payé le batelier il se dirigea vers la Playa Peligrosa (Plage Dangereuse). C’était un jour chaud d’octobre et on n’y voyait personne par là-bas, seulement lui, caché par la rumeur des vagues et le cri des mouettes. Il sentait le sable sous la plante des pieds, comme des caresses antiques qui déambulaient perdues depuis des années. Le bruit de l’eau du rivage lui semblait être accueillant et il s’approcha, se mouilla les pieds en premier, ensuite les jambes, et se rafraîchit le visage. Il resta une seconde sentant les algues et le sel qui lui étaient restés saisis dans les doigts. Le soleil projetait son ombre juste devant lui, et il sourit à la pensée que, petit, il avait toujours voulu fouler sa propre ombre, comme s’il était possible de la prendre au dépourvue. Soudain, il vit les traces d’un enfant dans le sable, qui s’éloignaient du rivage. Il leva le menton, et se couvrant les yeux avec une main comme d’une visière, il scruta l’horizon, la plage entière, mais il n’y voyait pas une âme. Il recommença à regarder alors ces traces infantiles et voulut reconnaître en elles ses propres pas quand il était un enfant, et rêva que, par un étrange miracle, elles étaient restées là gravées attendant qu’il revienne. Levant les yeux à nouveau, il vit la ville découpée contre le ciel bleu, une silhouette familière et expectative, le Château du Saint-Antoine, et à la droite la jetée s’enfonçant témérairement dans l’océan, il vit comment les barques, peu nombreuses, continuaient de faire le trajet de l’embarcadère à l’autre rive elles se balançaient fragiles et étourdies, comment un thonier se disposait à lever l’ancre et comment les mouettes tournoyaient autour de lui en attendant de l’accompagner pendant un temps. Il sentait la brise dans le visage, les mots que le silence lui susurrait à l’oreille. Il ferma alors les paupières pour quelques secondes pour les entendre clairement, échos de sa mémoire, souvenirs qu’il cru avoir perdus. Quand il ouvrit les yeux, il vérifia que les traces de l’enfant avaient été effacées par les vagues, languissantes et douces. Cela lui causa une inquiétude inattendue, et scrutant du regard les environs avec certaine désespérance, cherchant il ne savait plus quoi déjà, jusqu’à ce que quelque chose le fasse se fixer sur ses mains. Elles étaient robustes, grandes, mais les cicatrices étaient là, les cicatrices et les rides, et il pensa qu’elles appartenaient à un homme âgé à qui la vie lui était passé à côté. Il serra les poings, en se refusant à croire que ces mains étaient les siennes, et subrepticement il regarda en travers du rivage de la plage, en attendant inutilement à ce que les traces de l’enfant réapparaissent.
Bajó de la chalupa que le había cruzado el río tras pagar al barquero y se dirigió a la Playa Peligrosa. Era un templado día de octubre y no se veía a nadie por allí, sólo él, embozado por el rumor de las olas y el graznido de las gaviotas. Notaba la arena bajo la planta de los pies, como caricias antiguas que deambularan perdidas desde hacía años. El ruido del agua en la orilla le parecía acogedor y se acercó, mojándose los pies primero, luego las piernas, y se refrescó la cara. Permaneció un segundo oliendo las algas y el salitre que se le habían quedado prendidos en los dedos. El sol proyectaba su sombra justo delante de él, y sonrió al pensar que, de pequeño, siempre había querido pisar su propia sombra, como si fuera posible cogerla desprevenida. De pronto, vio las huellas de un niño en la arena que se alejaban por la orilla. Levantó el mentón, y cubriéndose los ojos con una mano a modo de visera, oteó el horizonte, la playa entera, pero no se veía un alma. Volvió a mirar entonces esas huellas infantiles y quiso reconocer en ellas sus propias pisadas cuando era niño, y soñó que, por algún extraño milagro, se habían quedado ahí grabadas esperando a que regresara.
Levantó los ojos de nuevo, vio el pueblo recortado contra el cielo azul, una silueta entrañable y expectante, el Castillo de San Antonio, y a la derecha el espigón adentrándose en el océano temerariamente, vio cómo las escasas barcas que continuaban haciendo el trayecto del embarcadero a la otra banda se mecían frágiles y aturdidas, cómo un atunero se disponía a zarpar y cómo las gaviotas se arremolinaban a su alrededor aguardando para acompañarle durante un tiempo. Sentía la brisa en el rostro, las palabras que el silencio le susurraba al oído. Cerró entonces los párpados por unos segundos para oírlas claramente, ecos de su memoria, recuerdos que había creído perdidos. Cuando abrió los ojos, comprobó que las huellas del niño habían sido borradas por las olas, lánguidas y suaves. Eso le causó un inesperado desasosiego, y escudriñó los alrededores con cierta desesperanza, buscando ya no sabía el qué, hasta que algo le hizo fijarse en sus manos. Eran recias, grandes, pero las cicatrices estaban ahí, las cicatrices y las arrugas, y pensó que pertenecían a un hombre mayor al que la vida le había pasado de lado. Apretó los puños, resistiéndose a creer que esas manos fuesen las suyas, y subrepticiamente miró de soslayo la orilla de la playa, aguardando inútilmente a que las huellas del niño volvieran a aparecer.
