UN SUCESO EN EL PUENTE SOBRE EL RÍO OWL, UN RELATO DE AMBROSE BIERCE

Últimamente ando releyendo cuentos y narraciones. Quizá cada día tenga menos tiempo libre y por eso he acabado por refugiarme en ellos. El hecho es que he vuelto a leer relatos cortos de autores distintos y dispares que ya conocía, y descubro a otros que, por la razón que sea, jamás había visitado. Es un ejercicio agradable y gratificante que te saca de la árida rutina laboral.

El incidente

La última lectura ha sido un texto del escritor americano Ambrose Bierce, del que he hablado en varias ocasiones al referirme a su famoso Diccionario del diablo. Se trata de su magnífico cuento Un suceso en el puente sobre el río Owl o El incidente del Puente del Búho, una de esas historias de la que uno aprende muchas cosas y que yo siempre he tenido como relato de cabecera, entre otras razones porque es perfecto. Está escrito con una maestría asombrosa y consigue ese efecto que todos los escritores tratamos de lograr cuando nos aventuramos a escribir un cuento: hipnotizar al lector.

Está ambientado en la Guerra de Secesión americana, de la que el propio Ambrose Bierce fue protagonista directo, y cuenta la historia del ahorcamiento de un hombre. Por supuesto no voy a desvelar absolutamente nada del relato porque hay que saborearlo desde el principio hasta el final, y, cuando acaba, te quedas unos segundos pensando en su protagonista sin desprenderte de una especie de aturdimiento.

secesión

Os invito a leer un fragmento de Un suceso en el puente sobre el río Owl, con traducción al español de Jorge Ruffinelli:

“…El hombre que se disponían a ahorcar tenía aparentemente unos treinta y cinco años. Era un civil, a juzgar por su vestimenta, que era la de un granjero. Sus rasgos eran nobles: nariz recta, boca firme, frente amplia y cabello largo y oscuro peinado hacia atrás, que le caía por detrás de las orejas hasta el cuello de su elegante chaleco. Tenía bigote y una barba en punta, pero no llevaba patillas; sus ojos eran grandes, de un gris oscuro, y poseían esa expresión afectuosa que uno difícilmente hubiera esperado en alguien pronto a morir. Evidentemente no era un asesino vulgar. El código militar, tan amplio en su espíritu, prevé la horca para muchas clases de personas, sin excluir a los caballeros.

Al culminar los preparativos, los dos soldados se hicieron a un lado y cada uno retiró la tabla sobre la que había estado apoyado. El sargento se volvió hacia el capitán, saludó y se colocó inmediatamente detrás de él, y ésta a su vez se alejó un paso. Estos movimientos dejaron al condenado y al sargento de pie sobre ambos extremos de la tabla que atravesaban tres traviesas del puente. El extremo donde estaba el civil alcanzaba, casi sin tocarla, una cuarta traviesa. Esta tabla se había mantenido horizontal por el peso del capitán, y ahora lo estaba por el peso del sargento. A una señal del capitán el sargento se haría a un lado, la tabla habría de inclinarse y el condenado caería entre dos traviesas. Al condenado este arreglo le pareció sencillo y eficaz. No le habían cubierto la cara ni vendado los ojos. Consideró por un momento su vacilante posición, y luego dejó que su mirada vagara hacia las aguas arremolinadas del arroyo, que corrían enloquecidas bajo sus pies. Un trozo de madera flotante que bailoteaba llamó su atención y sus ojos la siguieron corriente abajo. ¡Con qué lentitud parecía moverse! ¡Qué arroyo tan perezoso!

Cerró los ojos para fijar los últimos pensamientos en su mujer y en sus hijos. El agua convertida en oro por el sol temprano, las melancólicas brumas de las orillas a alguna distancia corriente abajo, el fuerte, los soldados, el pedazo de madera, todo lo había distraído. Y ahora tuvo la conciencia de una nueva distracción. A través del recuerdo de sus seres queridos llegaba un sonido que no podía ignorar ni comprender, una percusión seca, nítida, como el golpe del martillo de un herrero sobre un yunque: tenía esa misma resonancia. Se preguntó qué era, y si estaba inmensamente distante o cerca. Parecía como el tañido de una campana fúnebre. Esperó uno y otro golpe con impaciencia y —no sabía por qué— con temor. Los intervalos de silencio se hicieron cada vez mayores. Los silencios se volvían exasperantes. A medida que eran menos frecuentes, los sonidos aumentaban en fuerza y nitidez. Lastimaban su oído como una cuchillada. Tuvo miedo de gritar. Lo que oía era el tictac de su reloj…”

Ambrose Gwinett Bierce, nació en Horse Cave Creek, Ohio (USA) en 1842 y murió alrededor de 1913. Es uno de los escritores americanos más célebres. Hijo de granjeros profundamente calvinistas, estos dieron a todos sus hijos nombres que comenzaban con la letra A: Abigail, Amelia, Ann Maria, Addison, Aurelius, Augustus, Almeda, Andrew, Albert, Ambrose, Arthur, y las gemelas Aurelia y Adelia —los tres últimos murieron en la infancia—. De todos ellos, Ambrose sólo mantuvo buenas relaciones con su hermano Albert.

AMBROSE

AMBROSE BIERCE

Durante la Guerra Civil americana, Ambrose Bierce se alistó en el Noveno Regimiento de Voluntarios de Infantería de Indiana y luchó en diferentes batallas, hasta lograr el galón de Teniente en 1862. Sufrió una grave experiencia en la Batalla de Shiloh, que le sirvió de inspiración para algunos cuentos. Fue herido en la Batalla de Kennesaw Mountain, mientras luchaba bajo el mando del General Sherman. Tras varias acciones militares, acabó ascendiendo a Comandante Mayor en campaña tras ser licenciado en 1865. Desilusionado finalmente al ver sus aspiraciones truncadas en el ejército regular, dejó éste y se dedicó al periodismo en San Francisco.

Pero fue en Londres donde comenzó a escribir narraciones cortas, que publicó en revistas y que más tarde se recopilaron en varios libros. Autor irónico y sarcástico, Bierce nunca creyó en la bondad humana. Es herederos de Edgar Allan Poe o de Herman Melville. A él se deben muchos de los cuentos clásicos americanos: La muerte de Halpin Frayser, La cosa maldita, Un habitante de Carcosa, Un terror sagrado o La ventana tapiada.

En 1913, Bierce desaparece, y ahí comienza su leyenda. Ya mayor, con más de setenta años, se unió al ejército de Pancho Villa, pero es Chihuahua se pierde su pista.

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Un pensamiento en “UN SUCESO EN EL PUENTE SOBRE EL RÍO OWL, UN RELATO DE AMBROSE BIERCE

  1. Alberto Mrteh dice:

    A menudo pienso que en los relatos cortos es donde mejor se aprecia la maestría de un escritor. El extracto que has compartido es delicioso.
    Alberto Mrteh (El zoco del escriba)

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