Archivo de la categoría: RELATOS

«MINA, LA NOIRE», UNE HISTOIRE ÉCRITE PAR SERGIO BARCE

Después de haber publicado en este blog mi relato « El primer regreso » en francés, hemos decidido hacer lo mismo con “Mina, la negra”.

MINA, La Noire (2003)

L´auteur : Sergio Barce

(Traduction au français : Fatima El Bouhtoury)

(Revisé  par Carmen García López)

Ce matin là, j’ai trouvé Mina assise dans la cuisine, les coudes appuyés sur la table, le visage enfouit entre ses mains. Elle avait une blessure aux lèvres, avec des traces de sang oubliées dans la commissure. Elle ne m’a pas entendu entrer dans son fortin, et elle a continué de pleurer.

J’ai osé m’approcher d’elle, en essayant de ne pas faire du bruit. J’ai posé une main sur son épaule, et Mina s’est limitée à se tourner et à me prendre dans ses bras.  En réalité, elle s’était rendue compte de ma présence depuis la première seconde à laquelle je suis arrivé, mais elle avait besoin de se soulager en public et je lui ai servi d’essuie-larmes. Son mari s’était remis à la frapper. Il le faisait chaque fois qu’il revenait ivre, enhardi par l’alcool qui le transformait en un être indécent, misérable et querelleur.

Mina me serrait contre ses gros seins d’aigue-marine que je sentais doux et chauds, et ses pleurs entrecoupés humidifiaient une manche de ma chemise. J’ai attendu là, immobile, écrasé par sa tristesse désespérée, ne sachant quoi dire, et encore moins quoi faire. Je suppose que j’ai décidé d’attendre jusqu’à ce que Mina se soit calmée et ait retrouvé son habituelle charme orgueilleux. Cependant, à la fin, j’ai remarqué, bien qu’avec un léger frisson, que ses larmes n’étaient que l’annonce de pleurs plus profonds et déchirants.

Heureusement pour moi, ma mère nous a découverts ainsi, enlacés dans la cuisine. J’ai vu alors un chagrin sincère s’emparer également de ma mère. Elle nous a séparés avec subtilité et m’a remplacé dans cette tendre étreinte. Ensuite, elle a essuyé les larmes de Mina avec la paume de ses mains et lui a fait promettre qu’à  la prochaine fois qu’Alí lui mettrait les mains dessus, elle irait à la gendarmerie le dénoncer. Ainsi, avec ces vagues promesses, elle s’est calmée et, quand Mina a recouvré l’éclat bronzé de ses joues et l’air radieux de son visage numide, elle a décidé d’aller au Zoco Chico, comme chaque jour. Sa réaction a réjoui ma mère, qui lui a retouché les cheveux qui lui ressortaient du haïk. Je lui ai prié de me laisser l’accompagner et les deux femmes, après s’être regardées avec une certaine ironie, ont accepté.

zoco chico24

C’était jour de marché. La fête de l’Aid le Kebir s’approchait, et des gens de Ksar-el-Bir, de Souk l’Arba du Rab, de Tlata Raisana et d’autres proches douars accourraient pour s’assurer un bon agneau. Sigue leyendo

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«NINGUNO HABÍA PROBADO EL ALMUERZO», UN RELATO DE SERGIO BARCE

NINGUNO HABÍA PROBADO EL ALMUERZO

Sergio Barce, Octubre 2010

Ninguno había probado el almuerzo, como si el hambre se hubiera saciado al encontrarse allí una vez más. Pero ella le miraba con las pupilas dilatadas, deseando penetrar en su cerebro y leer lo que pensaba. Inocente, creía que era ahí donde se almacenaban sus ideas. Él, sin embargo, trataba inútilmente de escribirlos en sus ojos. Ensordecedor, el silencio se adueñó como en las otras ocasiones del espacio que los separaba, tan elocuente que esta vez les sorprendió a ambos. Miró un segundo a través del ventanal del restaurante, y vio unos niños jugando en los columpios. Cerró los párpados, y la oscuridad que descubrió tras ellos era como un presagio de futuro, lo que le hizo comprender que sin ella todo carecía ya de sentido. Rápidamente, abrió de nuevo los ojos con la ansiedad de que fuera demasiado tarde. Pero ella seguía allí sentada, y eso le tranquilizó. El hombre regresaba justamente en ese instante del cuarto de baño, arrastró su silla y se sentó entre ambos, dándole la espalda a él. Su corpulencia le impedía seguir viéndola. Les oía hablar, aunque no descifraba su conversación. Entonces se sirvió una copa de vino, mirando otra vez distraídamente a los niños que seguían jugando fuera, y volvió a escuchar el ajetreo del restaurante, como si toda esa gente hubiese estado conteniendo la respiración durante todo ese tiempo. Cortó un trozo de carne, muy lentamente, para llevársela a la boca. Ya estaba fría. Mientras masticaba, les vio levantarse y dirigirse a la puerta de entrada, el hombre cogiéndola del talle, sin que ella tuviera ese día la oportunidad de volver la cabeza. Eso fue un tanto frustrante, y aunque no era la primera vez que ocurría no lograba acostumbrarse a esa clase de despedida agridulce, sin la estela de su mirada. En cuanto ellos salieron, notó que la luz del local decaía imperceptiblemente, el atardecer adelantándose de pronto. Se limpió la boca con la servilleta, y luego miró la hora. Una leve sonrisa se dibujó en sus labios. Ya quedaban cinco minutos menos para volver a verla a la semana siguiente.

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«MINA, LA NEGRA», UN RELATO DE SERGIO BARCE

Aquella mañana, me encontré a Mina sentada en la cocina, los codos apoyados en la mesa, el rostro hundido entre sus manos. Tenía una herida en los labios, con restos de sangre olvidados en la comisura. No me oyó entrar en su fortín, y siguió llorando. Me atreví a acercarme a ella, tratando de no hacer ruido. Posé una mano en su hombro, y Mina se limitó a girarse y abrazarme. En realidad, se había dado cuenta de mi presencia desde el primer segundo en que llegué, pero necesitaba desahogarse en compañía y yo le serví de paño de lágrimas. Su marido había vuelto a golpearla. Lo hacía cada vez que regresaba borracho, envalentonado con el alcohol que lo transformaba en un ser indecente, ruin y pendenciero.

Mina me apretaba contra sus grandes pechos de aguamarina que yo sentía tiernos y cálidos, y su llanto entrecortado humedecía una manga de mi camiseta. Aguardé allí quieto, apretujado por su desesperanzada tristeza, sin saber qué decir y, mucho menos, qué hacer. Supongo que decidí esperar hasta que Mina se calmara y recobrase su habitual altiva apostura. Sin embargo, al final, noté, no sin cierto estremecimiento, que aquellas lágrimas sólo eran el anuncio de un llanto más profundo y desgarrador.

Mina y Sergio Barce

Para mi suerte, mi madre nos descubrió así, abrazados en la cocina. Vi cómo una sincera congoja se apoderaba igualmente de mi madre. Nos separó con sutileza y me sustituyó en aquel abrazo de ternura. Luego, Sigue leyendo

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«LE PREMIER RETOUR», UNE HISTOIRE ÉCRITE PAR SERGIO BARCE

Algunos amigos de Marruecos, que dominan mejor el francés, me han sugerido más de una vez que tratara de publicar algo en ese idioma. Para ellos, EL PRIMER REGRESO traducido al francés.

LE PREMIER RETOUR

Sergio Barce

JARDÍN DEL BALCÓN DEL ATLÁNTICO

JARDÍN DEL BALCÓN DEL ATLÁNTICO

La première fois que je suis revenu à mon pays il s’était écoulé plus de quinze ans depuis que je l’avais quitté avec ma famille. Oui, incompréhensiblement avaient passé trop d’années sans revenir, sans savoir rien que ce que quelqu’un nous racontait et qu’à son tour, il avait écouté d’un troisième. Trop d’années, et cependant tout semblait continuer à être à sa place. Les rues avaient changées à peine. Dans les murs des édifices j’ai découvert les mêmes puces et les mêmes crevasses d’alors. Cétait comme si je n’étais jamais parti de Larache.

L’ancienne Place d’Espagne, rebaptisée en son temps Place de la Libération, continuait à être la  obligée de celui qui entre dans la ville, avec son air de la matrone qui protège dans son giron à qui cherche le refuge de ses bras accueillants.

Les arcades, construites sous l’effet d’un parfait compas d’un rythme alternant des creux et des arcatures, continuaient à protéger les cafés et les boutiques du soleil plombé de l’été. Sigue leyendo

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«EL PRIMER REGRESO», UN RELATO DE SERGIO BARCE

En el año 2004, la Editorial Aljaima editó mi libro de relatos

ÚLTIMAS NOTICIAS DE LARACHE

ULTIMAS NOTICIAS DE LARACHE

El primero de los cuentos que conforman este libro se titula EL PRIMER REGRESO, y justifica la fotografía que sirve de apertura de este blog, instantánea tomada por mi padre en la que se nos ve a mi madre y a mí asomados a la ventana de nuestra casa, sobre el Jardín del Balcón del Atlántico, donde vivíamos en Larache…

La primera vez que que regresé a mi pueblo habían transcurrido más de quince años desde que lo abandoné junto a mi familia. Sí, incomprensiblemente habían pasado demasiados años sin volver, sin saber más que lo que alguien nos contaba y que, a su vez, había escuchado de un tercero. Demasiados años, y sin embargo todo parecía seguir en su sitio. Las calles apenas habían cambiado. En las paredes de los edificios descubrí los mismos desconchones y las mismas grietas de entonces. Era como si nunca hubiese salido de Larache.

La antigua Plaza de España, rebautizada en su día como Plaza de la Liberación, continuaba siendo el destino obligado de quien entra en la ciudad, con su aire de matrona que protege en su regazo a quien busca el refugio de sus brazos acogedores. Los soportales, Sigue leyendo

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