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Advertencia previa: en algunas de las imágenes que cuelgo a continuación, aparece al pie de ellas una fecha, pero es errónea, estas imágenes las he tomado los días 17 y 19 de agosto de 2013.
La librería Ahram de Rachid Serroukh. Por cierto, en ella se pueden encontrar todos mis libros, incluido el último.

BERNHARDT CON SOMBRERO Y DIEGO ALVAREZ, DE BLANCO, EN LA BODA DE ELEUTERIO CONTRÍ HIJO Y SU MUJER LISSA, DE NEGRO. ATRÁS, EL MERCEDES DEL ALEMÁN
Johannes Bernhardt fue un jerarca nazi. Un militar que alcanzó el grado de general honorario de las SS, un uniforme que solo vestía en ocasiones especiales. Un astuto comerciante que erigió en silencio en Madrid un imperio económico alemán al calor de la complicidad que Franco dispensó a Hitler. Un personaje poco conocido, pero clave en el golpe de Estado contra la República y en la victoria franquista. Johannes Bernhardt fue también un empresario afable, desprendido y bromista. Un hombre llano al que durante la etapa más tranquila de su agitada vida le gustaba comer paella con sus trabajadores, escuchar sus inquietudes y debatir de política. Disfrutaba en su papel de discutidor, ejercer la esgrima intelectual de situarse en el bando opuesto de su adversario de tertulia. Bernhardt fue las dos cosas y otras más inquietantes y oscuras, en el terreno económico y político, que se llevó a la tumba. Diego Álvarez, entonces un joven militante socialista, conoció la segunda vertiente del personaje. Su cara amable. Fue en 1957 en Argentina, donde se exilió desde Alicante para huir de la miseria.
El destierro fue su vía de escape. Álvarez arrastraba el estigma de rojo entre sus vecinos de la apacible partida de La Xara en Dénia (Alicante). Su padre fue alcalde de esta ciudad por el PSOE durante el ocaso de la Guerra Civil. Él se afilió en 1936 a las Juventudes Socialistas y asistió como voluntario a contener la ofensiva del bando rebelde por Castellón, en 1939. Cuatro meses después cayó Valencia, uno de los últimos reductos republicanos. El joven socialista se sentía humillado. Su padre, condenado a tres años de prisión tras la contienda. Él debía cuidar de su madre y su hermana menor. También, olvidarse de un empleo estable en el cuerpo de Correos y Telégrafos por el que aspiraba antes de la batalla. “La guerra frustró mis planes”, lamentaba Álvarez, de 92 años, cuya voz decae por la enfermedad terminal que acabó con su vida el pasado mes de junio.
Dénia se había convertido en una ratonera para el inquieto socialista que devoraba periódicos desde los ocho años. La primera posguerra desató la represión. Sigue leyendo →