En mi blog, Paul Auster aparece en varias ocasiones. Hoy, por desgracia, vuelve a hacerlo porque nos llega la noticia de su fallecimiento.
Cada día, uno de mis referentes se marcha y es como si el mundo se fuera apagando muy despacio, dejando sólo pavesas y silencios atrás. Me cuesta imaginar el futuro sin Paul Auster, porque él era una de mis citas obligadas. Cada vez que aparecía una de sus obras, me hacía con ella. Igual que ha ocurrido con las novelas, la música o las películas de Woody Allen, de Clint Eastwood, de Richard Ford, de Coetzee, y de Ennio Morricone, de Cormac McCarthy, de Philip Roth, de Saramago o de Sampedro, o de los eternos Rolling. Algunos ya no están con nosotros. Otros, por su edad, es imposible que sobrevivan muchos años más. El túnel se estrecha a cada tramo y la luz del final se achica.
He titulado este post «Blue in the face» porque, haciendo un juego con el título de este libro y de la película de Auster, me lo imagino bajo un letrero de neón, en cualquier calle neoyorquina, iluminado su rostro por una luz parpadeante azul. Como si se hubiera transformado en Quinn, ese personaje que se disfraza del detective Paul Auster para deambular por el laberinto de la ciudad de cristal.
«…Quinn habia imaginado a menudo esta situación: el repentino e inesperado placer de encontrar a uno de sus lectores.»
Habría sido genial que Paul Auster me hubiera encontrado. Seguramente le habría dedicado una reverencia. Yo, sin duda, volveré a encontrarlo releyendo cualquiera de sus novelas y saborearé sus historias con más intensidad.