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“LOS GUERREROS MARROQUÍES”, UN RELATO DE MANUEL CHAVES NOGALES

Manuel Chaves Nogales

Manuel Chaves Nogales

No voy a descubrir a estas alturas a Manuel Chaves Nogales, pero sí es la primera vez que lo nombro en el blog. Periodista sevillano (1897-1944) es, quizá, una de las voces más interesantes para conocer la realidad de la guerra civil española. Obras como La defensa de Madrid (Espuela de Plata – Sevilla, 2011) y A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España (1937; Libros del Asteroide – Barcelona, 2011) son buen ejemplo de ello. Precisamente en este segundo título, que reúne diversos relatos todos ambientados en los fatídicos días de la guerra civil, es donde se incluye el titulado Los guerreros marroquíes, que me ha fascinado tanto por la calidad del texto como por la manera en la que Chaves Nogales retrata al caíd, un marroquí enrolado en las tropas franquistas que ha sido hecho prisionero por milicianos republicanos junto a varios de sus compañeros. Tanto el retrato de los personajes como la ambientación de esos momentos y de la crueldad de la guerra, cuyas leyes son abominables e inmisericordes, son magistrales. Y personalmente me confirma mi idea de que esos pobres diablos que vinieron de Marruecos a España a una guerra que no era suya y a defender la causa fascista fueron usados como carne de cañón e instrumento del terror que habían diseñado desde el comienzo Mola, Queipo y Franco.

Sergio Barce, agosto 2019

Extracto de Los guerreros marroquíes:

 “…El miliciano, confuso, huía la mirada del moro.

-¡Te matarán, moro, te matarán! ¡No te hagas ilusiones!

Y para no dejarle lugar a dudas, hacía ademán de cortar señalando a su garganta. El caíd, sereno, respondía:

-No importa. Moro estar agradecido a ti.

La camioneta cargada de prisioneros había legado al centro de Madrid. Eran las cinco de la tarde, y a aquella hora las calles céntricas estaban rebosantes de una muchedumbre animada y bulliciosa. Los moros, puestos de pie en la batea de la camioneta, eran un espectáculo inusitado y pronto corrieron tras ellos chicos y grandes. En un cruce de la Gran Vía se detuvo la camioneta y pronto la rodearon millares de transeúntes ávidos de ver de cerca y de tocar a los prisioneros.

Alguien debió de creer que aquella exhibición de los moros apresados sería eficaz para levantar el ánimo y la moral combativa del pueblo, porque a partir de entonces la camioneta cargada con las dos docenas de cabileños supervivientes anduvo de calle en calle durante toda la tarde, parándose en todas las esquinas y rodeada siempre de una masa enorme de madrileños que se regocijaban al ver a los moros haciendo incansables el saludo antifascista.

-Como ésos -decía jactancioso una madrileño castizo- hemos cogido más de diez mil.

-Es que se han sublevado, ¿sabe usted?, han degollado a Franco y se han pasado a nuestras filas -replicaba otro, al que esta versión le parecía más verosímil que la de la captura de los diez mil marroquíes.

-¡No, si los moros son muy bolcheviques! ¿Verdad, Mustafá? -preguntaba un tercero encarándose amistosamente con uno de los aturdidos prisioneros.

Los moros, como si quisieran corroborar esta ingenua presunción, se desgañitaban dando vivas a la República. Alguna vieja gruñona o algún miliciano mal encarado decían al paso:

-Lo que hay que hacer con todos esos tíos asesinos es fusilarlos por la espalda.

Siempre había quien replicaba:

-A los que hay que fusilar es a quienes los han traído, a los fascistas, cien veces más criminales que ellos.

Porque, en realidad, la exhibición de los moros prisioneros no provocaba en la masa del pueblo una gran irritación contra ellos. El buen pueblo de Madrid consideraba a los moros -que hubieran podido entrar a sangre y fuego por sus calles y plazas- como a instrumentos inconscientes del mal que hacían. Desde su altiva superioridad de ciudadanos conscientes, los madrileños los miraban con más lástima que rencor, como a seres inferiores, pobres bestias azuzadas. Y al verlos prisioneros levantando grotescamente el puño, les daban cacahuetes, como hacían con las alimañas en la casa de fieras del Retiro.

Marroquíes en la guerra civil

La gran masa popular, que no sabe hacer la guerra ni conoce sus exigencias, se mostraba indulgente con los moros y les hubiese perdonado la vida. Pero la guerra tiene sus terribles leyes, y quienes en nombre del pueblo la hacían decretaron implacables la muerte de los moros prisioneros. Cuando al caer la noche la multitud fue dispersándose y las calles de Madrid quedaron desiertas, la camioneta cargada con los prisioneros buscó un garaje solitario de las afueras de Madrid. Había terminado la exhibición y llegaba la hora de deshacerse de aquella carga inútil de humanidad.

El viejo caíd, que había permanecido acurrucado en la camioneta al lado del veterano rojo que los custodiaba, volvió a cogerle la mano y le preguntó:

-¿Matar moros ahora?

El miliciano asintió gravemente.

-¡Alá es grande! -fue la única respuesta del caíd.

Después de una pausa el miliciano agregó:

-Yo quisiera que tú vivieses. Eres todo un hombre. Pero no puedo hacer nada por ti.

-Yo sabe; yo sabe -decía el caíd oprimiendo suavemente con su mano larga y huesuda la del miliciano-. Moro sabe que tú estar amigo aunque mates. Moro también mataría. Estar cosa de guerra y de hombres. ¡Alá es grande!

Los pusieron en fila contra una tapia y los segaron con las ráfagas de plomo de una ametralladora.”

A sangre y fuego de Chaves Nogales

Chaves Nogales falleció en Londres tras exiliarse de España primero cuando el gobierno republicano abandonó Madrid y de Francia después cuando fue invadida por los nazis.

Otros títulos de Manuel Chaves Nogales son: Juan Belmonte, matador de toros, su vida y sus hazañas (1934; Libros del Asteroide, 2009) o La agonía de Francia (1941; Libros del Asteroide, 2010).

 

 

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