Archivo de la categoría: OTROS LIBROS

A LA VENTA “CRÓNICA DE UN REENCUENTRO”, EL NUEVO LIBRO DEL ESCRITOR LARACHENSE LEÓN COHEN

Ya está a la venta el nuevo libro del escritor larachense León Cohen Mesonero Crónica de un reencuentro (Círculo Rojo, 2019). Más información para adquirir el libro en:

https://editorialcirculorojo.com/cronica-de-un-reencuentro-relatos-imaginarios-con-cinco-personajes-clave/

2019090922571867109

El libro se ha presentado en Algeciras de la mano del propio autor y de la poetisa Paloma Fernández Gomá. Podéis leer la noticia del acto en el siguiente enlace:

https://andaluciainformacion.es/campo-de-gibraltar/846576/leon-cohen-presenta-en-algeciras-su-cronica-de-un-reencuentro/

cronica-de-un-reencuentro

 

Etiquetado , , , , , ,

MUJER TAMAZIGHT: LA KAHINA Y FABIA BIRA

mujer tamazight portada

El  libro Mujer Tamazight y fronteras culturales (Servicio de Publicaciones – Consejería de Cultura de Melilla, 1998), que recoge diferentes estudios y artículos de distintos autores, y que está coordinado por Vicente Moga y Rachid Ahmed Raha, se abre con el capítulo titulado Apuntes para la historia de las mujeres beréberes en la antigüedad, escrito por Mª Dolores Mirón Pérez. Y de él he extraído los siguientes párrafos:

“…LA POLÍTICA. LAS REINAS.

No quisiera dejar este apartado dedicado a la política sin mencionar a una de las mujeres más famosas de la historia beréber. Me refiero a la Kahina, que acaudilló la última resistencia de los beréberes contra la invasión árabe. Es la ´nica ocasión clara en la que una mujer aparece como detentadora del poder político y militar por derecho propio. No obstante, buena parte de este poder se basaría, más que en una tradición matriarcal beréber, inexistente, en su especial carisma personal, en el que mucho tendría que ver la religión. De hecho, la Kahina, como Tin Hinan, es conocida por su apodo -su nombre concreto ha sido objeto de varias especulaciones-; este apodo, árabe, significa <la divina>.

kahina

KAHINA

(…) LAS SACERDOTISAS.

(…) Generalmente, donde hay diosas, hay sacerdotisas. En el Norte de África las hay de divinidades de variado origen y carácter.

(…) Esta función religiosa, de contacto con la divinidad, se manifiesta también, entre las mujeres moras, en su cualidad de profetisas. Procopio señala que a los hombres moros no les estaba permitido formular oráculos, sino que eran las mujeres las que, como resultado de determinados ritos, eran poseídas y vaticinaban el futuro. Es precisamente esta calidad de profetisa la que denota, como ya he dicho, el sobrenombre de la Kahina.

Pero, antes de terminar de hablar de las sacerdotisas, quisiera referirme a un sacerdocio puramente romano, pero que es, sin duda, tanto en mujeres como en varones, el mejor documentado en todas las provincias de África, y en el resto del Imperio. Me refiero a las sacerdotisas o flamínicas del culto imperial, dedicadas por lo general al culto de las emperatrices.

La mayoría de las flamínicas tenían nombres romanos, pero no es extraño encontrar entre ellas elementos de onomástica indígena africana. Se trata de mujeres pertenecientes a las élites indígenas romanizadas, con ciudadanía latina o romana. Estos sacerdocios daban la oportunidad a las mujeres de ejercer una gran influencia pública, por medio de una pseudo-magistratura. En sus comportamientos, las flamínicas africanas en nada se diferencian de las del resto del Imperio. Incluso destacan, como las del Sur de Hispania, por sus fuertes donaciones y singular influencia social y económica en sus ciudades.

Quisiera destacar una de ellas en especial, pues ilustra la romanización de las élites indígenas. Se trata de Fabia Bira, bien conocida por numerosas inscripciones de Volubilis. Fue la primera flamínica de su ciudad, tras la conversión de Mauritania en dos provincias romanas. Los elementos de su nombre son muy significativos. El nomen, Fabia, es plenamente romano, mientras que el cognomen, Bira, es púnico o beréber; el nombre de su padre, Izelta, es claramente beréber. Su esposo, M. Valerius Severus, natural de Volubilis, fue también el primer flamen. El nombre de su padre, Bostar, es de origen púnico. Fue uno de los personajes más ilustres de la ciudad. La delegación dirigida por él ante el emperador Claudio logró el estatuto municipal para Volubilis, y la ciudadanía romana para sus habitantes. Ejerció varios cargos locales, incluido el de sufete, y fue prefecto de las tropas auxiliares durante la revuelta de los moros, comandada por Edemón, contra la dominación romana. Sin embargo, su esposa aparece con mayor frecuencia en las inscripciones volubilitanas. Era una mujer de gran peso propio. Su padre, Izelta, al que se menciona en todas las ocasiones, debió de ser un personaje principal de la nobleza mora. Los sobrinos de Fabia Bira presentarán ya una onomástica puramente romana.”

volubilis - inscripción dedicado a la falmínica fabia bira

VOLUBILIS – Inscripción dedicado a la flamínica Fabia Bira

 

Etiquetado , , , , , , , , ,

CARMEN LAFORET EN TÁNGER

Hay una editorial, de la que ya escribí en su momento, que publica libritos con encanto: Khabar Bladina. Todos están relacionados con Marruecos, en especial, con Tánger. Entre esos pequeños volúmenes, que casi caben en una mano, hay uno escrito por mi admirada y querida Rocío Rojas-Marcos Albert. Se titula Carmen Laforet en Tánger (2015).

Carmen Laforet en Tánger

Se trata de una “fotografía narrada” de aquel homenaje que se le tributó a la escritora Carmen Laforet el 6 de septiembre de 1959, en el Club Gandori. El homenaje se lo organizaron Josep Andreu Abelló, Paul Bowles, Mohamed Omar Hajoui, Julio Ramis, Asís Viladevall, Herbert Southworth, los condes Charles de Breteuil y Piero Toni, los condes de Fuente el Salce, Paolo D. Occhipinti y Emilio Sanz de Soto, que fue el orador de la velada. Es decir, como escribió el propio Emilio Sanz, un grupo variopinto de “rojos”.

En ese acto, Sanz de Soto, con sus palabras, llenas de afecto y admiración, resaltó no sólo el valor literario de la novela Nada de Carmen Laforet, sino también su valía como persona y, de paso, le daba las gracias por ese aire fresco que su obra había traído a la novela española y su influencia en la juventud de aquella época (Nada había sido premiada con el Nadal en el año 1944). Por supuesto, entre líneas, había una crítica a la situación política y moral de la España franquista, y eso no gustó al corresponsal del diario Pueblo en Tánger, un tal José Ramón Alonso, quien, escandalizado por lo que Emilio Sanz decía, interrumpió su alocución poniéndose en pie y gritándole cara a cara:

Usted es un hijo de la gran puta, y todos los que piensen como usted son también unos hijos de puta. Y deberían levantarse e irse como yo

Dicho lo cual, efectivamente, el personaje se marchó, pero sin que nadie lo siguiera. Al contrario, al preguntarle Emilio Sanz al cónsul español don José María Bermejo, presente en el acto, si podía continuar, la reacción y respuesta de éste fue exquisita: “Bajo mi absoluta responsabilidad”.

El tal Alonso, por supuesto, creía encontrarse en España, en la España negra y oscura de la dictadura, y no en Tánger, una ciudad cosmopolita y abierta, que ya formaba parte del reino de Marruecos.

ROCÍO ROJAS-MARCOS

ROCÍO ROJAS-MARCOS

Rocío Rojas-Marcos reúne en este pequeño volumen el texto escrito por Emilio San de Soto sobre esta anécdota, y, para comparar los hechos con las diferentes reacciones que se produjeron, también lo que el diario Pueblo informó a sus lectores, el reportaje del diario España de Tánger, que entonces estaba dirigido por el marido de Carmen Laforet, Manuel Cerezales, y las que publicaron Vida Española en Marruecos, Le Petit Marocain-Progress, y alguna que otra más pero sin poder identificar el medio. También reúne aquí Rocío Rojas-Marcos lo escrito por Emilio Sanz en memoria de Carmen Laforet cuando la escritora falleció, o la carta que le envió a Eduardo Haro con tal motivo.

Esta publicación, además de curiosa, es muy aleccionadora sobre la realidad de aquellos años. Mientras en España la vida gris se hacía más gris, en Tánger, pese a que ya habían acabado los esplendorosos días de su estatuto de ciudad internacional, aún se seguía respirando un aire de libertad sorprendente. También es curioso lo que cuenta Emilio Sanz sobre Manuel Aznar, abuelo de José María Aznar, que, por supuesto, comulgaba con el franquismo absolutamente.

nada

Carmen Laforet llegó a Tánger de la mano de su marido, Manuel Cerezales, cuando éste fue nombrado en 1957 director del diario España. Y, como muy bien resume Rocío:

 “…Desde mi punto de vista, este homenaje a Carmen Laforet fue un triunfo más de su literatura. Un regalo más de su Nada desde un Tánger librepensador y desahogado, donde se podía vivir tal como ella había rogado desde las páginas escritas”.

Carmen Laforet en Tánger, breve pero contundente alegato de libertad. Y aquí, sí que habría que subrayar: basado en hechos reales.

Sergio Barce, enero 2018

MANUEL CEREZALES y CARMEN LAFORET

Manuel Cerezales y Carmen Laforet

 

 

Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

EN BUSCA DE AQUEL SONIDO, CON ENNIO MORRICONE

En busca de aquel sonido. Mi música, mi vida (Inseguendo quel suono: la mia música, la mia vita, 2017) es un libro-entrevista-conversación de/con Ennio Morricone.

De la mano del también músico Alessandro de Rosa, a través de esta larga conversación que mantiene con el gran maestro, recorremos toda la vida de uno de los mayores genios que ha dado la música. Y no exagero. Ya tenía esa idea desde hace años, mucho antes de leer este estupendo libro, pero ahora me lo ha confirmado.

¿Qué otro músico de bandas sonoras para cine ha conseguido que sus composiciones se repitan una y otra vez en diferentes películas a modo de homenaje o de simple “reutilización” de sus creaciones? ¿Qué otro músico ha conseguido que bandas de rock abran sus conciertos con la música compuesta por un “autor serio”? ¿Qué otro músico ha logrado que sus bandas sonoras se conviertan en parte de nuestras vidas? La respuesta es: Ennio Morricone.

Morricone ha podido ver cómo sus trabajos para las películas de Sergio Leone y otros realizadores han sido empleadas de nuevo en films de Oliver Stone, Alex de la Iglesia, Wong Kar-Wai, Guy Ritchie o Quentin Tarantino, entre otros muchos, o en series de ficción como Los Soprano o de animación como Los Simpson. La banda de rock Metallica, abre habitualmente sus conciertos con una versión de su tema L´estasi Dell ‘oro, que compuso para el film El bueno, el feo y el malo (Él buono, il bruto, il cattivo, 1966). Y cuando se hace un homenaje a víctimas fallecidas en atentados o a un personaje conocido en los estadios o eventos públicos, se suele utilizar su banda de Hasta que llegó su hora (Once upon a time in the west, 1968) o Érase una vez en América (Once upon a time in America, 1984). Esto quiere decir que, con independencia de la belleza y grandiosidad de sus creaciones, todas ellas se han convertido en música popular. Algo inhabitual.

En busca de aquel sonido analiza todo esto. Pero nos desvela al creador y, saber cuáles son sus ideas políticas, morales y éticas, su manera de componer, sus sentimientos hacia las personas con las que ha colaborado, lo acercan aún más. Sus relaciones con otros músicos, y, sobre todo, con los grandes realizadores de cine con los que ha trabajado es fascinante.

Cuenta Morricone en el libro esta divertida anécdota que vivió mientras creaba la banda sonora para Investigación sobre un ciudadano libre de toda sospecha (Indagine su un cittadino al di sopra di ogni sospetto, 1970) del director italiano Elio Petri:

 “…guardo el recuerdo imborrable de la vez que vimos juntos Elio y yo Indagine su un cittadino al di sopra di ogni sospetto (…) …Has de saber que mis primeras propuestas no lo convencieron, pero luego encontramos el camino definitivo. Grabé los temas y se los entregué. Él insistió en que no estuviese en la mezcla de la película y no tardó nada en convencerme: aquellos años yo tenía la costumbre de no acudir a las mezclas, consideraba que eran cosa del director. Después me llamó, para pedirme que le diera mi opinión sobre lo que había hecho.

Entramos en la salita, se apagaron las luces y comenzó la proyección. Desde la primera escena, hasta el asesinato de Florinda Bolkan, había algo que fallaba. Los temas que escuchaba no eran los que había escrito para su película, sino otros, pertenecientes a Comandamenti per un gangster (1968), un trabajo más bien flojo para el que había escrito una banda sonora que cautivase al público (algo que no he vuelto a repetir, pero que por aquel entonces a veces intentaba).

Yo lo miraba horrorizado y no comprendía nada. Elio de vez en cuando me hacía un gesto, con el que me daba a entender que le gustaban más los temas elegidos por él.

Durante el asesinato de Florinda Bolkan, dijo: <¡Ennio, fíjate qué bien queda! ¿A que sí?>.

Era absurdo, un sufrimiento increíble: un director que ponía en entredicho la música a un compositor de ese modo…

Terminado el primer rollo, por aquel entonces se funcionaba con rollos, se encendió la luz. Yo estaba hecho polvo, destrozado, petrificado.

Elio se me acercó y me dijo: <Y bien, ¿qué te parece?>.

Saqué fuerzas de flaqueza y contesté: <Si te gusta así, está bien…>.

Él cargó las tintas y, absolutamente convencido, añadió: <Es perfecta, ¿no?>.

No tenía palabras y no sabía qué responder. Me dije que, en el fondo, aquello no era una pregunta retórica, pues, al fin y al cabo, él era el director y aquella era su voluntad. ¿Qué podía hacer?

Tragué saliva y me di ánimos, pero antes de que pudiera pronunciar una sílaba, Elio me dio una palmada en un hombro, luego me sacudió un poco con las dos manos y, en dialecto romano, me dijo: <¡Ay, Morricó…! ¡Picas siempre, picas siempre! ¡Has escrito la mejor música que podía escribirse para esta película y tendrías que emprenderla a bofetadas conmigo por esta broma!>. Eso fue lo que dijo.

Me había gastado una broma, pero yo no caí en la cuenta de ello. Me confesó que hacía tiempo que la había planeado. Fue un mazazo sin igual. Petri también era así.

En aquel momento comprendí, como nunca en toda mi vida, hasta qué punto el músico está al servicio del director y de la película…”

ENNIO MORRICONE Y SERGIO LEONE

Es emotivo lo que cuenta de su relación profesional, llena de admiración, con Pier Paolo Pasolini, y cómo le afectó su asesinato. Como lo es todo lo que relata de sus trabajos para Giuseppe Tornatore, Bernardo Bertolucci, Giuliano Montaldo o Tarantino, y el proceso creativo llevado a cabo, adaptándose a cada circunstancia y a cada época. Te das cuenta de su sabiduría, del riesgo que corría yendo a veces contra las convenciones musicales del momento, de su ingente e inagotable capacidad de trabajo. Son cientos de bandas sonoras. Pero también de música experimental, música “seria” para concierto, música pop… Lo abarca todo, y todo por encima de cualquier otro.

Su tema para la película Sacco e Vanzetti (1971) de Giuliano Montaldo, decidió que debía cantarla Joan Baez, y ese tema se ha convertido, desde entonces, en un himno: Here´s to you. Ejemplo de su inmensa influencia en todos los ámbitos desde su simple batuta.

También es muy emotivo todo lo que cuenta de su fructífera relación con el gran Sergio Leone, con el que hizo sus trabajos más conocidos y repetidos. Pero en especial, cuando detalla lo que sucedió al fallecer Leone, su amigo y compañero entrañable. Ocurrió en 1989, cuando ambos trabajaban ya para el nuevo proyecto de Sergio Leone titulado L´asedio di Leningrado, que iba a protagonizar Robert de Niro. Cuenta Morricone en el libro:

 “…Hablaba sobre ello desde hacía años. Un proyecto semejante precisaba mucha inversión, pero Sergio estaba a punto de encontrarla. Todavía no habíamos hablado de los temas musicales, pero Sergio me dijo que aparecería una orquesta desde el principio, tocando una de las sinfonías de Shostakóvich. Como un símbolo de resistencia, reaparecería en varios momentos, cada vez más diezmada, con músicos heridos y sillas vacías.

Era raro que yo no hubiese comenzado aún a elaborar ningún tema, pero siempre tuve la sensación de que Sergio no iba a acabar aquel proyecto. Había recibido el visto bueno de las autoridades soviéticas para los tanques, seguramente no serían cien, como él quería, y también había comprado los pasajes para viajar allí y ver localizaciones de exteriores, pero nunca llegó a ir.

Su corazón se paró el 30 de abril de 1989. Al final de su vida, su corazón estaba muy mal, sabía que necesitaba un trasplante, pero no lo quiso por temor a acabar en una silla de ruedas y así se condenó a una muerte segura. Yo me enteré de su decisión ese día, cuando fui a su casa: estaba echado en la cama, ya exánime, y su nieto Luca me explicó todo. Era muy temprano por la mañana y fue un día espantoso, repleto de dolor. El día siguiente, si cabe, fue aún peor.

Luego se celebró el funeral, del que guardo recuerdos bastante confusos porque estaba desolado. Hubo una participación popular increíble y tocaron algunos de mis temas. Cuando me llamaron al altar, me limité a decir:

<Después de tanta atención al detalle del sonido en sus películas, hoy solo hay un profundo silencio>.

Estaba desolado. Había muerto un amigo y un gran director de cine que todavía no había sido plenamente reconocido como tal.”

También es muy curiosa su relación con el cine americano, al que ha regalado muchas de sus mejores bandas sonoras, como La misión (The mission, 1986) o Los intocables de Elliot Ness (The untouchables, 1987) de Brian de Palma. Pese a ello, los años pasaban y se le negaba el Óscar, pese a sus maravillosas composiciones. Pero Tarantino, erre que erre, casi le obligó a que compusiera la banda sonora para su film Los odiosos ocho (The hateful eight, 2015). Con 87 años de edad, Morricone compuso uno de sus temas más sorprendentes y arriesgados, y, esta vez, sí, le dieron el Óscar por una de sus bandas sonoras.

En 2007, no obstante, se le había concedido un Óscar honorífico por el conjunto de su trabajo, porque, supongo, era imposible soslayar la injusticia que se cometía con él. Este acontecimiento también es uno de los instantes más emocionantes de este libro, y ejemplo de la grandeza de Morricone. Lo cuenta así:

 “…Lo que sé es que no haber ganado el Óscar me molestó un poco durante años, pues he colaborado mucho con el mercado norteamericano. Así que, para mí, al final, recibirlo fue significativo.

(…) …El premio en sí mismo es solo parte del reconocimiento con motivo del Óscar Honorífico, por ejemplo, recibí una llamada de Quincy Jones, que me dijo cosas que nunca olvidaré…

(…) Clint Eastwood me entregó la estatuilla y me hizo de intérprete en la ceremonia. Y, en mis recuerdos, fue un largo viaje lleno de anécdotas. Eastwood me dio una preciosa sorpresa la noche anterior a la ceremonia, cuando se unió en la fiesta que habían organizado en el Instituto Italiano de Cultura. Llegó sin decir nada a nadie, por propia iniciativa, para saludarme. Me felicitó por el resultado y yo me emocioné mucho: hacía casi cincuenta años que no nos veíamos.

La noche de la ceremonia estaba en el palco con mi esposa María y uno de mis hijos, que, detrás de mí, traducía lo que decía Eastwood en el estrado.

En un momento dado, Céline Dion, que estaba en primera fila y debía cantar la melodía del tema de Deborah de Érase una vez en América (Once upon a time in America, 1984), vino hasta el pie de mi palco y me dijo: <Maestro, esta noche no cantaré con la voz, sino con el corazón>.

Esa fue la primera vez que se me puso la piel de gallina aquella velada. Su actuación fue extraordinaria: nunca me habría podido imaginar que una pieza tan célebre, escrita hacía tantos años, pudiera llegarme tan hondo…”

En las páginas de En busca de aquel sonido, Morricone también nos descubre su inmensa humildad y humanidad. Ahora lo admiro mucho más.

Sergio Barce, agosto 2017

El libro ha sido publicado por Malpaso (parece un bonito juego de palabras, porque la productora de Clint Eastwood se llama igual), y la excelente traducción del italiano es de César Palma.

 

 

 

 

Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

“MIMOUN”, UNA NOVELA DE RAFAEL CHIRBES

Hace unos días, comentaba Salvador López Becerra que estaba releyendo Mimoun, la novela de Rafael Chirbes. Curiosamente, yo hacía lo mismo. Será que a los dos nos atraen todos los libros ambientados en Marruecos, y los compramos (somos ya una especie en extinción, seguimos comprando a través de nuestras cuentas en la Librería Proteo y nos resistimos a “descargar” libros de la “nube tóxica” que lo quema todo) y luego, otro milagro, los leemos. Últimamente se me acumulan los títulos. De pronto, hay una eclosión de novelas ambientas en Marruecos (la mayoría en Tánger) y, por supuesto, hay de todo: bueno, regular y malo. Por eso, como hace Salvador, hay que volver de cuando en cuando a los libros que ya sabemos, con certeza, que nos servirán de refugio (la buena narrativa es eso, un refugio seguro, irreductible y cálido). A Pedro Delgado le fascina también esta novela.

MIMOUN

Volví a Mimoun, a ese pueblo cerca de Fez en el que Chirbes ambienta una historia de desamor. Porque las peripecias de ese profesor español que da clases en la vieja ciudad imperial y que fija su residencia en el pequeño poblado de Mimoun es, ante todo, un retrato del desamor a Marruecos, algo que muchos han vivido en primera persona y que sé que revivirán en las páginas de esta claustrofóbica pero hermosa novela.

Escrita con la sabiduría de los años y de la experiencia, escrita además con una sobriedad engañosa, con ese tipo de narrativa que tanto me gusta: la sencillez del verbo, la desnudez de las frases tiernas, el lento fluir de los párrafos plácidos. Es decir, la aparente simpleza de una narrativa limpia y diáfana pero que, en realidad, es puro pulir día tras día hasta dar con la medida exacta de cada página.

“…Algunas veces, Ahmed se hacía el encontradizo y aparecía vagabundeando cerca de la parada de taxis, en Fez, en la Plaza del Atlas. Nos sentábamos en algunos de los bancos de la plaza, bajo las enormes jacarandas; o tomábamos algo en el Café del Atlas, que a Ahmed no acababa de gustarle porque lo encontraba poco elegante.

A mí me parecían muy hermosos sus espejos, con el azogue quebrándose y las pequeñas motas negras que habían dejado por todas partes las moscas. Aquellos espejos habían de reflejar, cuando llegase la primavera, las flores azules de las jacarandas, que parecían nacer de la niebla de la mañana, colgadas de los árboles aún desnudos. En Marruecos habría de enamorarme de ese árbol que florece antes de echar las hojas.

Los imprevistos encuentros con Ahmed terminaban en alguna de las habitaciones del Jeanne d´Arc. Hoy recuerdo con melancolía el grifo que llenaba con agua tibia la bañera descomunal y el vaho que crecía sobre el agua hasta ocupar toda la habitación. Entre la niebla surgía el cuerpo desnudo de Ahmed como, en primavera, en la Plaza del Atlas, brotaron meses más tarde las flores azules de la jacaranda.

Ciertos atardeceres, ya en Mimoun, y antes de iniciar el ascenso a pie hasta la Creuse, me detenía en alguno de los bares del pueblo para beber. Mi presencia en aquella ciudad apartada causaba una mezcla de curiosidad, simpatía y desconfianza. Mimoun había sido, años antes, un importante centro comercial que se fue desmoronando poco a poco. Los franceses se habían marchado al día siguiente de la independencia, y los últimos judíos abandonaron la ciudad cuando estalló la guerra del Yon Kipur. Quedaba sólo un par de hebreos, propietarios de despachos de alcohol, y denostados.

Cuando yo conocí Mimoun, el barrio francés, con sus villas decó, estaba casi abandonado. Las casas más elegantes habían sido ocupadas por marroquíes enriquecidos que destruían la vieja arquitectura para adaptarla a su modo de vida. Otras villas envejecían, abandonadas, entre jardines que un día fueron magníficos y que ahora habían sido invadidos por la maleza. Entre los matorrales se levantaban todavía sofisticados árboles ornamentales, como restos del antiguo esplendor.

Por otra parte, en el corazón de la decrépita medina, el que fue floreciente mellah se había ido convirtiendo en el barrio de los prostíbulos, y los soldados borrachos orinaban en sus callejas y las chinches se reproducían en silencio bajo el forro de los colchones de paja. Mimoun era una ciudad muerta que sólo se animaba durante el zoco de los jueves, cuando la tomaban al asalto los bereberes del campo cercano, con sus reatas de asnos, sus ovejas y cabras, y las cestas llenas de huevos.

En Mimoun hay mucha carga de profundidad. No es complaciente con ese Marruecos que retrata, y tampoco con esos personajes que se mueven alrededor de Manuel, el profesor protagonista. La ilusión inicial del profesor recién llegado se irá transformando en un profundo desengaño. Desengaño por quienes conviven cerca de él, como Francisco o Charpent, como Hassan, Rachida o Aixa… Aunque Charpent, quizá, sea lo más positivo que logra rozar Manuel en esta experiencia desilusionante.

RAFAEL CHIRBES

RAFAEL CHIRBES

El pueblo de Mimoun es un microcosmos cerrado, en el que la religiosidad de algunos, representado en el morabito del santón y las constantes peregrinaciones, se entrelazan con la vida disoluta e inmoral de quienes buscan desesperadamente su alma perdida en cafetines convertidos en bares donde se fuma y se bebe y donde las relaciones sexuales, hetero y homosexuales, se convierten en la única tabla de salvación para quienes han embarrancado en ese Marruecos que, torpes e ingenuos, creían conocer. Quizá por eso, ese país que nunca llegan a descubrir en realidad, los devora sin piedad. Hay un barniz de pesadilla en algunas escenas de sexo, lapidarias. Y Chirbes no permite que haya salvación para quien tiene el corazón gangrenado. Francisco y Charpent se convierten, así, en piezas cruciales de la trama y serán, de una u otra forma, quienes abran los ojos de Manuel ante una realidad cruda, fea y carnívora.

Sabia la manera que tiene Rafael Chirbes en mostrar cómo Manuel se siente defraudado ante los que cree que van a ser sus amigos, esos que se muestran tan complacientes al conocerlo y que, en realidad, sólo buscan arrancarle el corazón. Duele a veces este libro. Duele especialmente a los que amamos Marruecos, a los que amamos a ese Marruecos individual y único que nos hemos construido con nuestras experiencias personales. Salvador López Becerra lo entiende mejor que yo, reconoce el paisaje humano de Chirbes, eso al menos intuyo, porque él es más vehemente y yo soy más confiado o más ingenuo. Tenemos que hablar de esto. Necesito aclararlo con él.

Las pesadillas ocupaban las escasas horas en que conseguía conciliar el sueño.

A medida que fue avanzando el verano, me acostumbré a las noches en vela. Esperaba que amaneciese, sin otra preocupación que la de entender la mecánica de aquella ciudad que volvía a alejarse de mí a fuerza de litros de alcohol. Empecé a buscar amantes con quienes llenar las largas noches que pasaba sin Hassan. Por mi casa, a partir de las diez de la noche, circulaban los compañeros de la última copa, o las prostitutas encontradas en cualquier acera. Dentro de mí fue rompiéndose todo en pedazos. En el colchón de mi cuarto hubo noches en las que nos mezclamos media docena de individuos. Me sentía como un imbécil. Nos acostábamos unos sobre otros completamente ebrios y, luego, en la oscuridad de la habitación, empezábamos a buscarnos con sigilo como si nos importase algo que los demás pudieran darse cuenta.

A veces nos poníamos de uno en uno sobre alguna de las muchachas encontradas al azar; en ocasiones nos tocábamos unos a otros fingiendo no darnos cuenta de nada. La habitación olía mal por las mañanas. No pocas veces tenía ganas de expulsar a toda aquella gente que ensuciaba los pocos rincones de mí mismo que aún quedaban limpios. Luego, a la noche siguiente, volvía a buscar por los bares con ansiedad y todo se repetía.

En Mimoun, ninguna vida de extranjero podía ser secreta. Hassan tenía que saber lo que estaba ocurriendo en casa. Sin embargo, fingía no enterarse de nada. Venía a recogerme muchas mañanas y me conducía hasta la finca en que prestaba sus servicios. Allí, bajo los árboles, creía durante algunas horas que podía recomponerse mi vida. El sol calentaba suavemente y yo leía, mientras los criados se encargaban de servirme el té. En aquellos instantes creía recuperar la pureza que había perseguido durante mis primeros días, pero, luego, la maldita noche volvía a descomponerlo todo. Se había iniciado la que iba a ser mi peor etapa en Mimoun…”

Mimoun es una pieza de orfebrería. Chirbes es el artesano que ha trabajado con el metal y lo ha transformado en una pequeña joya. No es una novela reconfortante, porque la vida de sus personajes está tiznada de desesperanza, pero es sumamente enriquecedora, primero, por su calidad narrativa y, segundo, porque nos abre otras puertas del alma que permanecen habitualmente cerradas bajo llave. Bajar a los infiernos nunca es alentador.

Sergio Barce, agosto 2016

Los extractos de la novela están tomados de Mimoun, colección Narrativas Hispánicas, de Editorial Anagrama, Primera Edición, septiembre de 1988.

 

MEDINA DE FEZ