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“¡OH, LARACHE!”, UN POEMA DEL ESCRITOR LARACHENSE LEÓN COHEN

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LARACHE – foto de Akram Serifi Bouhsina

Mi amigo y paisano León Cohen me envía una vez más uno de sus textos, pero, en contra de lo habitual, no se trata de uno de sus relatos, sino un bellísimo poema dedicado, cómo no, a Larache; pero también a gente muy querida por León. En ese sentido, es un halago que me haya incluido entre ellos, y, especialmente, que lo haya hecho también con mi padre.

El poema hay que leerlo con tranquilidad, con los ojos entrecerrados, como escuchando de fondo el romper de las olas en Ain Chakka…

Sergio Barce

Desde el Balcón del Atlántico, Larache contempla al mar 

y este la mira encantado.

¡Oh Larache!

¡Larache! Hoy te canto, y te recuerdo

Con tu pedazo de mar y tu trocito de cielo,

Con la luz que te ilumina,

Con tu Playa de las Olas y con la del Matadero,

-¿Qué diré de la Otra Banda, del Espigón, de su Barra?-

Con la vega del río Lukus donde reinan los naranjos,

-que diría Federico-

Con tus salinas, tus sargos, tus angulas, tus sábalos,

Con la cuesta del Fondak y con la del Aguardiente,

Con el barrio de las Navas y con los Cuatro Caminos,

Con tu Plaza de España y tu Torre del Judío,

Y con tu Calle Real bajando del Zoco Chico,

Con la Calle Barcelona y el paseo de Chinguiti,

Con tu Iglesia del Pilar y la Snoga de Pariente.

¡Tantos recuerdos, Larache!

¡Oh Larache! Tú eres mi infancia y mi patria.

¡Oh Larache! No olvides nunca a tus hijos,

Que a ti yo nunca te olvido.

————————-

Dedicado a mi padre, a Pepe Osuna, al Momi, a Gibilo, a Driss (el de los cacahuetes), a Mr.John, a mi prima Flora, a Yudá “Pesetilla”, a mi amigo Santi Hernández, a Facundo, a Bouchaib, a Auda, a Mohamed Sibari, a Cardosa el taxista, a los limpiabotas del callejón del Pozo, a Federico y a Serfati del Hotel España, a mi amiga Danielle Quiot, a mi amigo Eduardo Ortega, a Perejil el zapatero, a Machaco, al Dr. Machín, al Sr. Benchuch el practicante y cómo no a mi amigo Sergio Barce y a su padre Antonio, a todos los larachenses que no he olvidado nunca y que no puedo nombrar.

 León Cohen enero 2017

***

León Cohen Mesonero ha publicado, entre otros libros La memoria blanqueada (Hebraica Ediciones, 2006), Entre dos aguas (Hebraica Ediciones, 2012), Cartas y cortos (2011) o Apuntes (Círculo Rojo, 2014).

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BALCÓN ATLÁNTICO de Larache – foto de Akran Serifi Bouhsina

 

 

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“MIMOUN”, UNA NOVELA DE RAFAEL CHIRBES

Hace unos días, comentaba Salvador López Becerra que estaba releyendo Mimoun, la novela de Rafael Chirbes. Curiosamente, yo hacía lo mismo. Será que a los dos nos atraen todos los libros ambientados en Marruecos, y los compramos (somos ya una especie en extinción, seguimos comprando a través de nuestras cuentas en la Librería Proteo y nos resistimos a “descargar” libros de la “nube tóxica” que lo quema todo) y luego, otro milagro, los leemos. Últimamente se me acumulan los títulos. De pronto, hay una eclosión de novelas ambientas en Marruecos (la mayoría en Tánger) y, por supuesto, hay de todo: bueno, regular y malo. Por eso, como hace Salvador, hay que volver de cuando en cuando a los libros que ya sabemos, con certeza, que nos servirán de refugio (la buena narrativa es eso, un refugio seguro, irreductible y cálido). A Pedro Delgado le fascina también esta novela.

MIMOUN

Volví a Mimoun, a ese pueblo cerca de Fez en el que Chirbes ambienta una historia de desamor. Porque las peripecias de ese profesor español que da clases en la vieja ciudad imperial y que fija su residencia en el pequeño poblado de Mimoun es, ante todo, un retrato del desamor a Marruecos, algo que muchos han vivido en primera persona y que sé que revivirán en las páginas de esta claustrofóbica pero hermosa novela.

Escrita con la sabiduría de los años y de la experiencia, escrita además con una sobriedad engañosa, con ese tipo de narrativa que tanto me gusta: la sencillez del verbo, la desnudez de las frases tiernas, el lento fluir de los párrafos plácidos. Es decir, la aparente simpleza de una narrativa limpia y diáfana pero que, en realidad, es puro pulir día tras día hasta dar con la medida exacta de cada página.

“…Algunas veces, Ahmed se hacía el encontradizo y aparecía vagabundeando cerca de la parada de taxis, en Fez, en la Plaza del Atlas. Nos sentábamos en algunos de los bancos de la plaza, bajo las enormes jacarandas; o tomábamos algo en el Café del Atlas, que a Ahmed no acababa de gustarle porque lo encontraba poco elegante.

A mí me parecían muy hermosos sus espejos, con el azogue quebrándose y las pequeñas motas negras que habían dejado por todas partes las moscas. Aquellos espejos habían de reflejar, cuando llegase la primavera, las flores azules de las jacarandas, que parecían nacer de la niebla de la mañana, colgadas de los árboles aún desnudos. En Marruecos habría de enamorarme de ese árbol que florece antes de echar las hojas.

Los imprevistos encuentros con Ahmed terminaban en alguna de las habitaciones del Jeanne d´Arc. Hoy recuerdo con melancolía el grifo que llenaba con agua tibia la bañera descomunal y el vaho que crecía sobre el agua hasta ocupar toda la habitación. Entre la niebla surgía el cuerpo desnudo de Ahmed como, en primavera, en la Plaza del Atlas, brotaron meses más tarde las flores azules de la jacaranda.

Ciertos atardeceres, ya en Mimoun, y antes de iniciar el ascenso a pie hasta la Creuse, me detenía en alguno de los bares del pueblo para beber. Mi presencia en aquella ciudad apartada causaba una mezcla de curiosidad, simpatía y desconfianza. Mimoun había sido, años antes, un importante centro comercial que se fue desmoronando poco a poco. Los franceses se habían marchado al día siguiente de la independencia, y los últimos judíos abandonaron la ciudad cuando estalló la guerra del Yon Kipur. Quedaba sólo un par de hebreos, propietarios de despachos de alcohol, y denostados.

Cuando yo conocí Mimoun, el barrio francés, con sus villas decó, estaba casi abandonado. Las casas más elegantes habían sido ocupadas por marroquíes enriquecidos que destruían la vieja arquitectura para adaptarla a su modo de vida. Otras villas envejecían, abandonadas, entre jardines que un día fueron magníficos y que ahora habían sido invadidos por la maleza. Entre los matorrales se levantaban todavía sofisticados árboles ornamentales, como restos del antiguo esplendor.

Por otra parte, en el corazón de la decrépita medina, el que fue floreciente mellah se había ido convirtiendo en el barrio de los prostíbulos, y los soldados borrachos orinaban en sus callejas y las chinches se reproducían en silencio bajo el forro de los colchones de paja. Mimoun era una ciudad muerta que sólo se animaba durante el zoco de los jueves, cuando la tomaban al asalto los bereberes del campo cercano, con sus reatas de asnos, sus ovejas y cabras, y las cestas llenas de huevos.

En Mimoun hay mucha carga de profundidad. No es complaciente con ese Marruecos que retrata, y tampoco con esos personajes que se mueven alrededor de Manuel, el profesor protagonista. La ilusión inicial del profesor recién llegado se irá transformando en un profundo desengaño. Desengaño por quienes conviven cerca de él, como Francisco o Charpent, como Hassan, Rachida o Aixa… Aunque Charpent, quizá, sea lo más positivo que logra rozar Manuel en esta experiencia desilusionante.

RAFAEL CHIRBES

RAFAEL CHIRBES

El pueblo de Mimoun es un microcosmos cerrado, en el que la religiosidad de algunos, representado en el morabito del santón y las constantes peregrinaciones, se entrelazan con la vida disoluta e inmoral de quienes buscan desesperadamente su alma perdida en cafetines convertidos en bares donde se fuma y se bebe y donde las relaciones sexuales, hetero y homosexuales, se convierten en la única tabla de salvación para quienes han embarrancado en ese Marruecos que, torpes e ingenuos, creían conocer. Quizá por eso, ese país que nunca llegan a descubrir en realidad, los devora sin piedad. Hay un barniz de pesadilla en algunas escenas de sexo, lapidarias. Y Chirbes no permite que haya salvación para quien tiene el corazón gangrenado. Francisco y Charpent se convierten, así, en piezas cruciales de la trama y serán, de una u otra forma, quienes abran los ojos de Manuel ante una realidad cruda, fea y carnívora.

Sabia la manera que tiene Rafael Chirbes en mostrar cómo Manuel se siente defraudado ante los que cree que van a ser sus amigos, esos que se muestran tan complacientes al conocerlo y que, en realidad, sólo buscan arrancarle el corazón. Duele a veces este libro. Duele especialmente a los que amamos Marruecos, a los que amamos a ese Marruecos individual y único que nos hemos construido con nuestras experiencias personales. Salvador López Becerra lo entiende mejor que yo, reconoce el paisaje humano de Chirbes, eso al menos intuyo, porque él es más vehemente y yo soy más confiado o más ingenuo. Tenemos que hablar de esto. Necesito aclararlo con él.

Las pesadillas ocupaban las escasas horas en que conseguía conciliar el sueño.

A medida que fue avanzando el verano, me acostumbré a las noches en vela. Esperaba que amaneciese, sin otra preocupación que la de entender la mecánica de aquella ciudad que volvía a alejarse de mí a fuerza de litros de alcohol. Empecé a buscar amantes con quienes llenar las largas noches que pasaba sin Hassan. Por mi casa, a partir de las diez de la noche, circulaban los compañeros de la última copa, o las prostitutas encontradas en cualquier acera. Dentro de mí fue rompiéndose todo en pedazos. En el colchón de mi cuarto hubo noches en las que nos mezclamos media docena de individuos. Me sentía como un imbécil. Nos acostábamos unos sobre otros completamente ebrios y, luego, en la oscuridad de la habitación, empezábamos a buscarnos con sigilo como si nos importase algo que los demás pudieran darse cuenta.

A veces nos poníamos de uno en uno sobre alguna de las muchachas encontradas al azar; en ocasiones nos tocábamos unos a otros fingiendo no darnos cuenta de nada. La habitación olía mal por las mañanas. No pocas veces tenía ganas de expulsar a toda aquella gente que ensuciaba los pocos rincones de mí mismo que aún quedaban limpios. Luego, a la noche siguiente, volvía a buscar por los bares con ansiedad y todo se repetía.

En Mimoun, ninguna vida de extranjero podía ser secreta. Hassan tenía que saber lo que estaba ocurriendo en casa. Sin embargo, fingía no enterarse de nada. Venía a recogerme muchas mañanas y me conducía hasta la finca en que prestaba sus servicios. Allí, bajo los árboles, creía durante algunas horas que podía recomponerse mi vida. El sol calentaba suavemente y yo leía, mientras los criados se encargaban de servirme el té. En aquellos instantes creía recuperar la pureza que había perseguido durante mis primeros días, pero, luego, la maldita noche volvía a descomponerlo todo. Se había iniciado la que iba a ser mi peor etapa en Mimoun…”

Mimoun es una pieza de orfebrería. Chirbes es el artesano que ha trabajado con el metal y lo ha transformado en una pequeña joya. No es una novela reconfortante, porque la vida de sus personajes está tiznada de desesperanza, pero es sumamente enriquecedora, primero, por su calidad narrativa y, segundo, porque nos abre otras puertas del alma que permanecen habitualmente cerradas bajo llave. Bajar a los infiernos nunca es alentador.

Sergio Barce, agosto 2016

Los extractos de la novela están tomados de Mimoun, colección Narrativas Hispánicas, de Editorial Anagrama, Primera Edición, septiembre de 1988.

 

MEDINA DE FEZ

 

“ZOCO CHICO”, UNA NOVELA DE MOHAMED CHUKRI

Cabaret Voltaire acaba de editar Zoco Chico (As-suk ad-dajili) de Mohamed Chukri. Uno de mis autores de cabecera. Vuelve a llevarme a ese Tánger en el que el Chukri real vivió como un pobre y un desecho humano, y luego, cuando ya era un autor maldito, como un rebelde que iba a contracorriente y que llevaba un cuchillo siempre encima por si le atacaba algún integrista.

El pan desnudo o El pan a secas (Al hobs al hafi) y Tiempo de errores (Zaman al Akhtaa), a mi entender los dos mejores libros del escritor marroquí, me han marcado profundamente. A ellos dediqué algunos de mis artículos sobre Chukri. Su estilo directo, su desgarro personal y espiritual, su tremendo humanismo que se traduce, sin embargo, en obras de una crudeza pocas veces igualadas por otros creadores, me sacuden como latigazos en el alma. Leerlo es fácil, pero asimilar sus historias resulta algo más complicado. No es sencillo para muchos lectores aceptar lo que nos cuenta, especialmente duro es para muchos de sus compatriotas, esos que no quieren arrostrar una realidad que siempre ha estado ahí.

ZOCO CHICO - CHUKRI

Y ahora me sumerjo en su Zoco Chico, y me doy de bruces de nuevo con ese Mohamed Chukri que escribe como siente, sin comedimiento, dándole bocados insaciables a la vida y a la desesperación. Escribe como piensa, o piensa como escribe. A veces, es un torrente, y las ideas se desparraman en párrafos suicidas. Sus páginas se leen de un suspiro, con esa falsa sencillez narrativa que nos emboza. Una vez más, consigue impregnarme de la sensualidad, la violencia soterrada y el mundo que se mueve por el kif, la bebida y el sexo.

El personaje de esta novela, Alí, es un trasunto del propio Chukri. Es fácil reconocerlo en sus elucubraciones, en su mirada cargada de curiosidad por los misterios de la vida. Las escenas en las calles de Tánger, empapadas de una voluptuosidad que pocos autores son capaces de transmitir al lector como lo hace Chukri, ese roce de cuerpos, esas miradas cargadas de deseo y de frustración; su mundo, ese mundo donde el alcohol y el kif abotargan los sentidos, y los locales de ese Tánger ya decadente de finales de los sesenta y principios de los setenta, ese baile que protagoniza Alí con otro hombre, descrito con una fuerza inaudita, y luego esos decadentes amigos occidentales que han recalado en su Tánger inasible que, con su embrujo, los convierte en fantasmas desorientados… Y Alí como testigo de todo lo que ocurre a su alrededor.

Me alegra haber regresado a las páginas de Chukri. Me hacía falta. Me reconcilia con cierta literatura: la que nace de las tripas. Pocos autores me transmiten esta sensación de caos y desesperación, de vacío existencial, de búsqueda de algo indescifrable pero que queremos identificar con ese enigma que nos dará la felicidad.

Zoco Chico no es su mejor novela, pero es un libro valiente, como son sus obras, y es un libro desaforado a veces, erótico otras, absolutamente sugerente y sugestivo.

El documental de Driis Deiback se titula Choukri, un hombre sincero. Este libro lo demuestra: Mohamed Chukri es el hombre sincero.

Sergio Barce, mayo 2016

“…Todavía no sé si lo que estoy viviendo en esta ciudad es importante o no. Aun así, prefiero las futilidades de la vida a las de la muerte. Existen muertes gloriosas, aunque el heroísmo tiene sus propias exigencias.

Yo podría no estar aquí, pero me quedo atado a las cosas o a la gente dondequiera que esté. La fantasía es lo único que me salva. Me es posible, por ejemplo, imaginar la forma de otra mesa si la que tengo delante no me gusta. Y otro tanto puedo decir de la mujer que está frente a mí leyendo un periódico y fumando. Lleva unos grandes pendientes de aros, gafas oscuras, una pulsera dorada y pantalones blancos. Esos objetos son de su gusto, pero no del mío. Puedo despojarla de sus adornos con mi pensamiento y vestirla con otros. O imaginarla más joven o más vieja. Para mí es ella y no es ella. Las cosas existen y no existen. Al igual que mi angustia ahora. A menudo siento deseos de agredirme a mí mismo y a los demás; dañar un órgano concreto de mi cuerpo. Me sucede incluso cuando estoy en armonía conmigo mismo y con los que me rodean. Siento deseos de arrancarme un ojo o darle una paliza al primero que se cruza en mi camino en ese momento, pero enseguida me arrepiento. Y poco a poco se sosiega mi agresividad cuando me pongo a reflexionar y la reprimo. Así he llegado a entender que la alegría y la tristeza mantienen una estrecha relación con el crimen.”

(Fragmento de Zoco Chico, editado por Cabaret Voltaire, enero 2016. Con traducción del árabe de Karima Hajjaj y Malika Embarek)

MOHAMED CHOUKRI

MOHAMED CHOUKRI

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“LA NOCHE DE LOS TAMBORES”, POR JOSÉ MARÍA FERNÁNDEZ GALLARDO

PUENTE DE EL KERMA

PUENTE DE EL KERMA

La historia o la memoria de una familia se conserva por tradición oral, pero, a veces, también tenemos la suerte de que haya alguien que recupere esa historia y la plasme por escrito. Uno de los primos de mi madre, José María Fernández Gallardo, suele recuperar sus recuerdos personales y los comparte. Acaba de escribir un pequeño texto en el que habla de mis bisabuelos maternos, esos mismos que aparecían en mi relato La vida cotidiana durante el protectorado en la ciudad de Larache, que publiqué con Iberdrola en el volumen de El Protectorado de España en Marruecos: La historia trascendida.

Lo que cuenta José María es una pequeña anécdota, pero leyéndola me ha hecho pensar en lo que relataba mi madre cuando hablaba del Kerma, y me he acordado de mi abuelo Manolo Gallardo y de mi bisabuela María, que tuve la suerte de conocer y que siempre recordaré como una mujer dulce y entrañable, que me miraba y mimaba con mucho cariño.

Sergio Barce, abril 2016

LA NOCHE DE LOS TAMBORES

 por José Mª Fernández Gallardo

Los tambores sonaron toda la noche, y solo las primeras luces del alba consiguieron aplacar aquel mensaje amenazador que llegaba desde las cercanas cabilas. Aquella misma tarde, Juan Gallardo descendió de la cabina de la vieja camioneta Hispano Suiza y, mientras los hombres bajaban con ánimo cansino de la parte trasera, daba órdenes a  Mohamed para que aparcara la camioneta en la parte trasera de la casa, cerca de la puerta del corral. Una vez que los obreros guardaron las herramientas en los correspondientes cobertizos, fueron abandonando la explanada con dirección a sus jaimas, ya que en su totalidad eran nativos moradores de las pequeñas cabilas que se asentaban en todo el territorio del Lukus. 

A pocos kilómetros de Alcazarquivir, muy cerca del puente colgante de El Kerma, el Ministerio de obra y fomento poseía una finca que utilizaba como base central para la construcción y mantenimiento de las carreteras que discurrían por la provincia de Larache. Allí era donde vivían Juan con su esposa María y su prole. Un varón y siete hijas, Manolo, el heredero, María e Isabel habían nacido en la península. Carmen, Anita Emilia, Luisa y Antoñita nacieron ya en el protectorado de Marruecos, a donde Juan fue destinado en 1927 por el Ministerio de fomento como capataz de obras públicas. El recinto estaba compuesto por un caserón de dos plantas y varios cobertizos con funciones concretas como la de garaje, taller o almacén, todos ellos dispuestos alrededor de una gran explanada central ocupada por alguna maquinaria pesada, aparcada bajo la sombra de un gran eucalipto. Tras el caserón principal, un pequeño huerto y un establo donde se criaban cerdos, conejos y gallinas. Algo más alejado, se encontraba el puente que cruza de orilla a orilla las aguas del rio Lukus, que bañaba todas aquellas hermosa y fértiles tierras del valle de Garb.

EMILIA

EMILIA

Juan entró en la casa y pidió a María que reuniera a sus cinco hijas en la cocina. Su primogénito y su hija mayor, por aquel entonces, ya habían formado sus familias y vivían en el pueblo cercano de Alcazarquivir. Una vez que María consiguió que todas sus hijas estuvieran sentadas alrededor de la gran mesa que ocupaba el centro de la cocina, les hizo saber la noticia que el comisario de policía le había comunicado al medio día a pie de tajo. Aquella noticia no era otra que la confirmación de la creciente agitación en las provincias del protectorado, desde que un manifiesto donde se reclamaba la independencia de Marruecos había visto la luz.

Aquella situación era, con toda seguridad, la razón por la que sus obreros nativos habían estado los últimos días más ásperos y por la que los cortes de luz y de teléfono se habían hecho más habituales de lo normal. Juan animó a María y a sus hijas para que estuvieran atentas a cualquier circunstancia anormal en la rutina de la finca. Igualmente les informó que, durante los siguientes días, Emilia, Luisa y Antoñita no asistirían al instituto hasta que los ánimos se calmaran. Después de asearse en el lavadero, en la parte trasera de la casa, Juan fumaba y conversaba en voz baja con Mohamed. Era una noche típica de verano, de esas que el calor va dejando poco a poco el paso de la brisa. Un intenso aroma de eucalipto envolvía todo el ambiente de la finca. El firmamento estaba sembrado de estrellas, y la luna llena invadía los campos de una luz azul, que permitía ver con claridad las cercanías de la finca, lo que Juan agradecía especialmente aquella noche.

La fina serpentina de humo del cigarro ascendía con lentitud hacía el firmamento, aquel firmamento que siempre le evocaba al de su pueblo natal. Juan nació en Roquetas de Mar, un pequeño pueblo pesquero bañado por las aguas del Mediterráneo, en la provincia de Almería. Desde muy niño, y contrariamente a la mayoría de sus convecinos, supo que el mar no iba a ser el medio de donde sacar un jornal. Dejó el colegio apenas sabiendo leer, escribir y las cuatro reglas básicas para sumar y restar. Pronto, empezó a trabajar como mozo en la construcción de la carretera que, por aquel entonces, el MOPU llevaba a cabo entre las ciudades de Almería y Málaga. Con esfuerzo y tesón, se fue haciendo un sitio entre aquellos duros obreros y, poco a poco, los ingenieros del MOPU fueron contando con él, hasta llegar a ser uno de los capataces más jóvenes de toda la provincia. Juan se enamoró de María, hija única de un patrón de barco de Roquetas de Mar. Se casaron y tuvieron tres hijos. Cuando le ofrecieron el traslado al protectorado de Marruecos, pensó que las ventajas y las pesetas extras facilitarían el bienestar de su familia. Aquella nueva tierra le había dado un trabajo donde todo el mundo lo respetaba, un techo donde vivir con las necesidades básicas cubiertas y cinco hijas más. Mirando las estrellas, sabía que nunca volvería a la península y que sus restos reposarían bajo aquella luna mora.

MI BISABUELA MARIA, CON JOSE MARÍA EN BRAZOS

MI BISABUELA MARIA, CON JOSE MARÍA EN BRAZOS

Los cuchicheos de María con sus hijas no cesaron mientras duraron el ir y venir de los preparativos de la cena. Como todas las noches, alrededor de las nueve, Juan presidia la mesa donde cenaba con su mujer y sus hijas. Como era hombre de pocas palabras. María aprovechaba ese momento para ponerle al corriente de los pormenores cotidianos de la casa. Las niñas seguían cuchicheando en voz baja, y los dos perros que vivían en la casa se esmeraban por coger algún resto de comida que caía al suelo. No habían acabado aún con el plato de sopa que todos comían cuando los primeros compases repetitivos de unos tambores, no muy lejanos, interrumpieron el ruido de cubiertos, la conversación del matrimonio, los cuchicheos de las niñas y hasta el canto de los grillos. Los perros, en pie, gruñeron, erizaron el lomo y estiraron las orejas. Pasado unos segundos, Juan le pidió a su esposa que siguiera con la conversación y solo la voz de María fue quien le echó un pulso al silencio sepulcral del resto de los comensales y al cada vez más intenso sonido de los tambores.

Una vez terminada la cena, y bajo la luz de las velas, aquella era una más de las muchas noches que el servicio de luz eléctrica se había interrumpido. María sentada en su hamaca intentaba dar un ejemplo de normalidad con el ganchillo entre las manos, Carmen y Anita fregaban los platos, Emilia leía en voz alta aquel libro de la novelista americana Louisa May que tanto les encantaba a todas. Luisa y Antoñita, con la cabeza sobre los brazos y apoyadas en la mesa, empezaban a sentir las primeras llamadas de Orfeo y apenas eran capaces de seguir la lectura de Emilia.

En el desván trasero, Juan y Mohamed descolgaban las escopetas de cazas y recargaban el cinturón de la munición. Isabel los miraba atentamente, no era la primera vez que veía esa escena y sabía perfectamente que aquel era el momento que tantas veces le había comentado su padre. En ocasiones, Isabel era requerida por su progenitor con cierto secretismo y, acompañados siempre por Mohamed, se alejaban de la casa en dirección a la orilla del rio, hasta llegar a un recodo del camino donde había un viejo árbol caído en una noche de tormenta. Su padre le entregaba un viejo revólver, le explicaba el manejo del arma y luego hacían práctica de tiro. Mohamed ponía, sobre el viejo árbol caído, algunas latas y, mientras iba dando instrucciones a Isabel para que no errara el tiro, daba gritos de ánimos a Isabel tanto si el tiro era certero como si no. En el camino de vuelta, siempre felicitaba a Isabel por su buena puntería, aunque no todas las veces conseguía tocar las latas. El revólver siempre volvía envuelto entre trapos a la estantería más alta del desván. En aquella ocasión, Isabel guardó el revólver entre su delantal, en uno de los cajones de la vieja alacena de la cocina.

Alcazarquivir - los padres de José María con sus hermanos Juan y Maribel. José María es el niño pequeño que sostiene Fatima entre sus brazos

Alcazarquivir – los padres de José María con sus hermanos Juan y Maribel. José María es el niño pequeño que sostiene Kasmia entre sus brazos

Mohamed era un obrero de las primeras cuadrillas que Juan había tenido al llegar a Marruecos. Con el tiempo, se fue convirtiendo en la mano derecha del nuevo capataz y entre los dos hombres se creó un fuerte lazo a base de mutuo respeto y confianza. Tanto en el tajo como cuando salían juntos a cazar, Juan contaba con el criterio de Mohamed. Era el único obrero que dormía en uno de los cobertizos de la finca y las niñas aprendían de él las costumbres y el idioma autóctono de la zona. Mohamed se sabía parte de aquella familia llegada a su tierra desde el otro lado del mar.   

Aquella noche de verano, ningún habitante durmió en su cama. María paso la noche sentada en su hamaca dando cabezadas, sus hijas acomodadas en el lecho de la habitación más cercana a la cocina, según el sueño las fue venciendo. Juan sentado en la cocina, consumiendo café y tabaco, los perros entre los pies. Mohamed sentado en su estera, la cafetera llena de té y las escopetas cerca de ellos, apoyadas contra la pared. Todos muy pendientes del ritmo de los tambores, que se fue ahogando entre las primeras luces del amanecer.

Un sol brillante fue desperezando a los moradores de la casa, la explana poco a poco se fue llenando de obreros envueltos en sus chilabas, Juan y Mohamed devolvieron las escopetas y el revólver al desván y, con la camioneta repleta de obreros, se marcharon al tajo. Durante todo el día, por la finca de Kerma, pasaron las visitas habituales que María, como de costumbre, fue gestionando. No faltó el joven teniente de infantería, el atractivo carabinero con el bigote a lo Errol Flynn y el simpático chofer de la Valenciana. Todos ellos preocupados por cómo se había vivido en la finca aquella noche.

Al final de la jornada, y mientras cenaban, María volvió a sacar aquel tema tan delicado y que tantas veces le había propuesto a Juan, con la diferencia de que esa noche él aceptó. María alquiló una casa en el pueblo cercano de Alcazarquivir. La casa cumplía con las dos únicas condiciones que Juan impuso. Era amplia y estaba en la entrada del pueblo, donde empezaba la carretera a Larache. María era consciente de que la finca del Kerma, en mitad del campo, no era el lugar idóneo para casar a cinco hijas. Pronto, las hijas de María se acomodaron a vida social de Alcazarquivir, a los paseos por el bulevar, la doble sesión en el cine Español y a los bailes en el casino militar. A Juan fue al que más le costó abandonar las caminatas hasta la orilla del rio, los días de caza con Mohamed y el silencio de las noches, solo roto por el canto de los grillos.

María daba gracias a Dios cada vez que una de sus hijas subía al altar. Vio nacer a sus nietos, lloró la muerte de Juan y murió en Barcelona a la edad de noventa y dos años, dejando en mi corazón un recuerdo imborrable y, en algún recodo de mi memoria, historietas como las que hoy os cuento.

Barcelona, Abril 2016.

PUENTE DE EL KERMA SOBRE EL RIO LUKUS

PUENTE DE EL KERMA SOBRE EL RIO LUKUS

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“EL ÚLTIMO PATRIARCA” (L´ULTIM PATRIARCA, 2008), UNA NOVELA DE NAJAT EL HACHMI

La larga sombra de Mohamed Chukri es evidente que ha salpicado a la mayor parte de los autores marroquíes contemporáneos que escriben novelas o relatos: narración en primera persona, realismo social, crudeza en las descripciones, violencia y sexo explícitos…

La desnuda realidad de una sociedad golpeada por las desigualdades sociales, por la represión masculina o por las exigencias religiosas, que invade todas las parcelas de la vida cotidiana, impregna estas obras. Incluso a los autores no musulmanes, como yo, que, sin embargo, hemos intentado retratar a la sociedad marroquí, también el fantasma de Chukri nos ha visitado mientras escribíamos nuestras obras. En concreto, en lo que a mí me afecta, no tengo la menor duda de que él estaba presente en algunos pasajes de mi novela Una sirena se ahogó en Larache.

Najat el Hachmi, nacida en Marruecos pero con estrechos vínculos con Cataluña, a donde emigró y se estableció su padre, y donde ella se licenció en Filología Árabe, pese a su preparación y a la indudable influencia de la sociedad catalana, la novela está escrita en catalán, no ha podido tampoco sustraerse al estilo directo, a veces inmisericorde y despiadado de Mohamed Chukri.

EL ÚLTIMO PATRIARCA

En El último patriarca, Najat el Hachmi, nos relata las peripecias de Mimoun, un emigrante marroquí que, salido de un aduar, emigra a Cataluña, y durante años asistimos a sus continuos devaneos entre lo que es y lo que querría ser. Relatado en su mayor parte en primera persona, como si la historia nos la contara la hija de Mimoun, vamos descubriendo de su mano a una personalidad atormentada, la de un hombre que vive entre dos mundos: el que representa su aduar y la familia que queda en Marruecos, en la que el peso de la tradición es casi asfixiante, y el que representa su vida de emigrante en la península, en la que, por el contrario, hay una lucha interna entre lo que ha dejado atrás, su cultura marroquí, y la nueva sociedad en la que trata de integrarse y que le abre otro futuro que, sin embargo, no deja de chocar frontalmente con su forma de ser.

Mimoun es machista, es pendenciero, es un alcohólico y es un hombre celoso hasta el paroxismo, y sus arrebatos de violencia, descritos con todo lujo de detalles, muestran un tipo de mentalidad obsoleta y arcaica. Sin embargo, tristemente reconocible.

Mimoun es también ese hombre despiadado que exige tanto de su mujer que, a veces, uno está tentado de meter la mano en el libro y agarrarlo del cuello para que detenga sus abusos. Ese retrato que hace Najat el Hachmi de ese tipo de hombre brutal y cruel con su propia pareja me parece tan veraz que es como si hubiese introducido una cámara oculta en sus vidas.

“(…) Dicen que aquel día hacía mucho calor, que la abuela no se había encontrado demasiado bien y que se tenían que lavar y extender los granos de trigo tiernos para hacer los cereales tostados que se comían por la mañana. Al oír que su madre y su esposa hablaban, Mimoun había dicho yo no quiero que hagas ese tipo de labores del campo, y aún menos en la parte trasera de la casa, que lo hagan las niñas.

Las niñas pusieron en remojo el cereal después de desprenderlo del tallo y fueron a recoger la ropa tendida cerca del río. Puede que se hubieran encontrado con alguna amiga con quien chismorrear porque aún no habían regresado.

Quizá madre dijera, lalla?, hace ya mucho que el trigo está en remojo, voy a escurrirlo y a extenderlo antes de que se estropee, y salió por la puerta principal.

Movía la mano sobre los verdes granos para que no quedase ninguno encima del otro y de vez en cuando retiraba alguna piedra minúscula con el pulgar y el índice y la lanzaba hacia atrás, por encima de los hombros. En ello estaba cuando oyó a Mimoun detrás de ella diciendo: pero, ¿yo qué te había dicho? ¿Qué te había dicho? ¿Es que mi palabra no vale para nada? Y madre ya tenía la cara sobre el trigo y él había agarrado la pieza de hierro que utilizaban para moler las especias y se sentaba encima de ella golpeándole las piernas. Madre no sabía gritar, y gritar la hubiera ayudado. Mimoun le pegaba cada vez más fuerte al ver que no le hacía daño. Cuanto más callaba ella, las lágrimas rodándole por el rostro, más rabia sentía él. Si tan sólo hubiera gritado un poco, él se habría sentido vencedor. Y si hubiera gritado, la abuela no habría tardado tanto en llegar hasta allí y en sacarle de encima a Mimoun. ¿Por qué no me llamabas, bendita? No entendía que aquella mujer aguantara los golpes en silencio y Mimoun no paraba de repetir que le tenía que hacer caso en todo lo que le dijera, en todo.

Madre se pasó no se sabe cuántos días con las piernas tan llenas de moratones que no podía ni caminar, ya ni se acuerda. Cuando me cuenta esta historia, yo siempre se las repaso con atención, para comprobar si todavía le queda alguna marca.”

Esta escena me hace recordar a Mina, la mujer que trabajaba en nuestra casa, en Larache, que me quiso tanto, y a la que mi madre consolaba abrazándola en la cocina cuando llegaba llena de moratones después de alguna de las palizas con las que su marido acababa sus borracheras. Yo, siendo un niño, alguna vez las abrazaba a las dos porque no sabía la razón por la que lloraban juntas.

Hay escenas y momentos de este libro que se graban en la memoria. Y hay personajes que también se quedan con nosotros. Personalmente, me encanta Fatma, esa mujer que enseña a los hombres del aduar a conocer el sexo, a entregarse de la manera más salvaje y primitiva, y, sin embargo, siento por ella una especie de ternura o de compasión.

El oprobio al que se somete a la mujer marroquí por parte de ese tipo de hombre anclado en una concepción arcaica de la superioridad masculina –tan sorprendentemente presente también en nuestra sociedad, a la vista de las diarias noticias que escuchamos sobre violencia de género-, está tan bien trazado en esta novela que es fácil predecir lo que Mimoun va a hacer en cada momento, o, al menos, lo tememos. A él, como patriarca –de ahí el título de la novela-, por esa misteriosa ley que sólo otorga privilegios al hombre y limitaciones y represión a la mujer, le está permitido mantener relaciones sexuales antes y durante el matrimonio con otras mujeres, le está permitido beber, le está permitido salir y entrar de su casa cuando se le antoja, y tener incluso una amante fija, vestir como desee, viajar y permanecer ausente de su casa marroquí el tiempo que crea pertinente… No le debe explicaciones a nadie. Pero pobre de su mujer si se atreve siquiera a salir sola de su casa, aunque sólo lo haga para visitar a sus propios padres… Mimoun lo sabe todo, lo controla todo, aunque esté a miles de quilómetros… Esa imagen también es un acierto en la creación del personaje. Najat el Hachmi hace de él un ser casi omnipresente, e intuimos que su manera de actuar es tan real como temible.

NAJAT EL HACHMI

NAJAT EL HACHMI

Su violencia es de una fiereza que no conoce más limitaciones que las que él mismo se impone. Y su hija, la narradora de esta historia, tampoco se libra de su carácter odioso.

“(…) Hay ocasiones en la vida en las que no sabes si lo que te dicen es en serio o es medio en broma. Yo no sé si ya podía saber qué era lo que debía hacer o si me tomé su advertencia como uno de esos no hagas esto que él después se olvida y no te dice nada más hasta que se vuelve a acordar, o es simplemente que mi espíritu de rebeldía se manifestaba en las situaciones más inesperadas.

Yo no había pensado hacer ninguna revolución musulmana, pero padre no podía decir en serio eso del pañuelo. Su madre lo había llevado, su esposa, sus hermanas. No podía ser una amenaza real.

Madre me hizo ir a casa de Soumisha a buscar algo y yo me puse el pañuelo, pensando que en una distancia tan corta no habría problemas si a padre no le parecía bien. Pareces un ángel, me había dicho ella, seguro que entrarás en el cielo directamente, por la puerta grande. Y yo regresaba contenta hacia casa cuando lo divisé en lo alto de la escalera, dos pisos en aquella época, besuqueando a mi hermano pequeño para despedirse de él. Nuestros ojos se encontraron y en aquel preciso instante supe que no debería haberme puesto el pañuelo. Un instante ínfimo y yo ya corría escaleras abajo, que no sé cómo no me caí. Él no decía nada, pero yo lo presentía detrás y cuando dijo para, para o aún será peor, yo no sé si corrí o me detuve, pero me recuerdo en tierra, amorrada a la alcantarilla y él dándome puntapiés sin parar. No recuerdo los golpes, no recuerdo si me dio en la cara, en el estómago. Recuerdo uno en la base de la columna con las botas de trabajar, ése sí que me dolió, y pensé que jamás me podrían hacer un daño como aquél. Y entonces miré a mi alrededor y vi a los clientes del bar de delante de casa con sus bebidas en la mano sin decir nada y a los que pasaban junto a mí que no decían nada y a los que nos conocían que tampoco decían nada y aquello era estar sola… (…)”

El sexo forma parte fundamental de la novela. El sexo del patriarca, que lo vive a su antojo, con cualquier mujer que se le pone a tiro, desde bien jovencito, desde que Fatma le enseña a que puede hacerlo por detrás, aunque él se crea mejor que el resto de sus amantes, y también el sexo de su mujer, constreñida a su vida matrimonial, vapuleada por lo que nunca hizo y por lo que ni siquiera ella había pensado hacer, y el de su hija, enamorada del chico equivocado, con el que rompe las reglas patriarcales que Mimoun creía inquebrantables, vigilada y acechada por un padre obsesionado, pero que con un familiar se desquitará de una manera sorprendente de la dictadura a la que la ha sometido, una venganza que la redime de esa vida de prohibiciones, de esa vida de terror.

La valentía con que se afrontan todos estos temas, cobra especial relieve teniendo en cuenta que quien lo relata es una mujer, y he de decir que, en ese sentido, hay que descubrirse ante el arrojo y la valentía de Najat el Hachmi.

El último patriarca es una novela dura, correosa, que remueve las entrañas y la conciencia. Un libro que me ha hecho estremecer en varias ocasiones, y que, publicado en 2008, hoy es más actual si cabe. Muy recomendable.

Sergio Barce, agosto 2015

Esta novela fue galardonada con el Premio Ramón Llull y el Prix Ulysse.

Los fragmentos que reproduzco pertenecen a la edición de la colección Booket, de editorial Planeta, año 2008, con traducción del catalán de Rosa María Pratts.

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