Archivo de la categoría: OTROS AUTORES

UN MICRORRELATO DEL ESCRITOR LARACHENSE LEÓN COHEN, EN EL DIARIO SUR DE MÁLAGA

El diario Sur, de Málaga, viene publicando estos días una selección de los mejores microrrelatos que reciben de escritores y lectores, y hoy, 10 de abril, el primero que aparece es el titulado El dilema, escrito por el escritor, amigo y paisano larachense, León Cohen Mesonero. Aquí lo reproduzco, y más abajo tenéis el enlace a la página del periódico donde aparece junto a los otros que han sido elegidos.

EL DILEMA

por León Cohen

Un corazón de lana y acero comenzó a latir rítmicamente y el hombre trasplantado se preguntó si un corazón tan blando como la lana no le haría sufrir demasiado y si un corazón tan duro como el acero no le haría aguantar demasiado. Entonces el hombre trasplantado decidió dar el salto al vacío.

https://www.diariosur.es/culturas/microrrelatos-viernes-santo-20200410201800-nt.html

LEON COHEN

LEÓN COHEN

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“LA LIBRERÍA DEL TÍO HUGO”, UN RELATO DE SERGIO BARCE

Cuarto relato que os traigo para que paséis un rato de lectura agradable durante el tiempo muerto de este encierro que, a veces, se hace infinito, y quizá logre envolveros con esta historia llena de romanticismo, libros y  magia. Y que es, además, un homenaje a las librerías, tan necesitadas estos días de nuestro mimo y apoyo. 

Se titula La Librería del tío Hugo. Se publicó en 2016 en un libro de cuentos colectivo, en una edición delicada y muy cuidada de Espai Literari, de Barcelona, y con un título verdaderamente sugerente (que se corresponde con el primero de los relatos del volumen, escrito por Mauricio Bernal): Me estás pisando el Chéjov.

ME ESTÁS PISANDO EL CHÉJOV portada

El libro reúne 13 relatos de otros tantos autores. La portada es igualmente un acierto, muy elegante, diseñada por Josep Vila Fisas, y todos los cuentos, sin excepción, son magníficos. Entre los autores, mi entrañable amigo Juan Pablo Caja.

Os dejo el enlace donde podéis encontrar el libro, y toda la información sobre la librería y editorial Espai Literari, fundada por Inma Santos y Aureli Vázquez:

https://www.espailiterari.com/producto/me-estas-pisando-el-chejov-13-relatos-sobre-librerias-vvaa/

LA LIBRERÍA DEL TÍO HUGO

por Sergio Barce

    Durante ocho meses, Cairo vivió en la casa de su tío Hugo. Fue el tiempo que tardó su madre en encontrar trabajo en Barcelona después de su separación. Por entonces, Cairo tenía diez años y ningún amigo en esa barriada. Cuando por las tardes llegaba del colegio, su madre lo esperaba con la merienda preparada, hacían los deberes juntos y solo entonces bajaba a la librería de su tío para hacerle compañía hasta la hora de cierre. El negocio estaba en el mismo edificio donde residían.

   La librería de su tío Hugo era bastante extraña. Apenas tenía cincuenta metros cuadrados, y se componía de un expositor giratorio con unos libros a los que nadie prestaba la más mínima atención, un mostrador de madera y, detrás, un sillón en el que su tío se arrellanaba aguardando la llegada de algún cliente. A su lado, el taburete en el que se sentaba Cairo. Las paredes del local estaban ocultas tras unas puertas de madera, que iban del suelo al techo y ocupaban todo el perímetro, puertas que permanecían cerradas bajo llave en todo momento. Tras las puertas, Cairo sabía que estaban los libros en venta, pero, curiosamente, sólo llegó a ver los que su tío sacaba de los muebles empotrados cuando alguien se los pedía. Los observaba hablar entre ellos, casi en susurros, y el tío Hugo, sin decir nada, se giraba sobre los talones y hacía un ágil movimiento con el cuerpo, como si la alegría le obligara a dar unos pasos de baile, igual que hacía Fred Astaire. Luego, sacaba la llave maestra que guardaba en el bolsillo de su chaqueta de pana, abría una de las puertas y sacaba el libro que correspondiera; en seguida, cerraba el armario con llave y regresaba como marcando los compases de un vals. Cairo, pese a que estiraba el cuello con todas sus fuerzas tratando de escudriñar por encima de su tío, jamás pudo ver el interior de los armarios.  

   Había un rótulo sobre la puerta, de piedra, y las letras sobresalían en relieve. La librería se llamaba Librería, sin más. En el pequeño escaparate, sobrio pero sin embargo acogedor quizá por el color envejecido de la madera, únicamente se exhibía una antigua máquina de escribir Underwood que el tío Hugo limpiaba cada mañana a conciencia antes de abrir al público. Era sin duda un local espartano, sin un atractivo especial. Pese a esa apariencia, no había un solo día que no entrara alguien buscando un libro.

  Cuando Cairo recibió la llamada de teléfono, recordó de inmediato todo aquello, y con qué afecto lo trató el tío Hugo durante los meses que vivieron en su casa.

  -Te regalaré algo que hará de ti un hombre feliz –le dijo su tío el último día que pasaron juntos en la librería. En aquel momento, Cairo creyó que se refería a alguna sorpresa que le daría al día siguiente, cuando su madre y él partieran de viaje, pero no ocurrió nada en la despedida y se olvidó de aquella promesa que ahora, sin saber por qué, recuperaba su memoria.

  Pero, por encima de todo, se acordaba de los días pasados en el interior de la Librería, cuando el tío Hugo lo ayudaba a encaramarse en el taburete, y se quedaban entonces en silencio esperando a que entrara algún cliente de última hora. Pensó en la caja registradora, un armatoste gris con teclas enormes y una palanca a la derecha de la que había que dar un tirón para que el cajón con el dinero se abriera a la vez que sonaba una campanilla. Era una caja registradora excesiva para aquel negocio. Cuando lo hacía su tío, la palanca parecía deslizarse con suavidad, pero cuando era Cairo quien la manejaba el brazo metálico se resistía y resollaba con fatiga como un artilugio oxidado. Le gustaba que su tío le dejara cobrar a los clientes. En realidad, le pagaban y él le entregada el dinero a su tío, y su tío le devolvía el cambio para que Cairo, a su vez, se lo diera al comprador.

 De pronto, le asaltó la certeza de que nunca oyó realmente a ninguno de aquellos sigilosos clientes de la librería solicitar algo en concreto. Le llegaron vagamente las palabras apenas esbozadas, las respuestas del tío Hugo con un ademán o un gesto, alguna sílaba afirmativa, una despedida efusiva del comprador que había  encontrado el título largamente anhelado, los apretones de manos, ardientes, y aquellos abrazos de las mujeres que besaban al tío Hugo como si les hubiera revelado el secreto de sus vidas. Le resultó excitante darse cuenta de todos esos detalles justo en ese momento, cuando escuchaba al teléfono la voz del notario que le explicaba los trámites que debía seguir.

  Sólo estuvo con su tío Hugo aquellos ocho meses. Nunca lo había visto antes hasta que su madre y él hubieron de alojarse en su casa, y no volvería a verlo nunca más desde que se marcharon a Barcelona, a la calle Muntaner número 38. Sin embargo, Cairo era capaz de verlo con nitidez si cerraba los ojos. De los hombros de su figura espigada, la de un hombre alto y delgado, que, aun en su desaliño habitual, transmitía una elegancia de aristócrata, colgaba una chaqueta de pana marrón, que solía combinar con una camisa de franela a cuadros y pantalones oscuros. Tenía los ojos del color del acero, pero no eran nada fríos. Cuando lo miraba, Cairo se sentía protegido. Hablaban poco cuando estaban juntos en la librería, pero sí que lo hacían durante la cena, y entonces el tío Hugo le contaba anécdotas de sus viajes por China y por la India, y Cairo acababa preguntándole si había estado en El Cairo, y el tío Hugo le daba siempre la misma respuesta: cuando vaya a Egipto, me acompañarás para que veas la ciudad de tu nombre; pero ahora, acábate el postre. Y él se iba a la cama imaginando cómo sería ese viaje al país de las pirámides. Años después, su madre le revelaría que su hermano jamás había viajado, y dudaba incluso de que el tío Hugo se hubiera alejado alguna vez de su librería más allá de unos pocos kilómetros.

  Cuando colgó el teléfono, Cairo temblaba levemente, asido por la sorpresa de una emoción que le sobrepasaba. Miró a su alrededor. Sabía que se macharía de allí y que ya nunca volvería. Esa certeza le sobrecogió, como si se diera cuenta de que alguien decidía por él. Descolgó el auricular y marcó el número de su madre. Ya era una mujer mayor que se movía con dificultad pero que había decidido vivir sola desde el mismo instante en el que Cairo comenzó a trabajar en una consignataria, hacía ya más de quince años de eso. Le preguntó por qué no le había dicho nada antes, y ella se encogió de hombros al otro lado del teléfono. Su madre y el resto de sus hermanos lo habían dejado todo en manos del notario. Cairo le preguntó por qué razón el tío Hugo le habría legado la librería a él y no a uno de ellos. Su madre se limitó a responderle que a ninguno le había interesado jamás aquel desastroso negocio; además, añadió en seguida, Hugo siempre te quiso a ti más que a nadie.

  -Todo está escrito. Absolutamente todo –era una frase que su tío Hugo le repetía una y otra vez, como si pretendiera inocularle esa idea. Y ahora pensó en ella con especial intensidad.

  Por alguna razón inextricable, Cairo sabía qué era lo que tenía que hacer y, sin pestañear, dejó su puesto en la agencia ante la incredulidad de sus compañeros, renunciando incluso a una parte de la indemnización que le correspondía, y así abandonó Barcelona.

  Aquella mañana, abrió temprano. Lo primero que hizo fue limpiar la Underwood del escaparate hasta dejarla perfecta. Barrió, quitó el polvo y comprobó que la vieja caja registradora seguía funcionando. Cairo lo hacía todo con una sonrisa irreprimible. Se asomó a la calle. La temperatura era agradable y olía a verano. Al volver a entrar en el local, se fijó en el expositor giratorio. Allí seguían colocados los mismos libros de su niñez de los que nadie se había interesado nunca, ni uno más ni uno menos, como si fuesen una parte de la estructura del inmueble. Pasó los dedos por sus solapas, pero se limitó a eso y los dejó tal cual. Luego, rodeó el mostrador y se arrellanó en el sillón, como hacía el tío Hugo. Al introducir la mano en el bolsillo de su chaqueta, notó la llave maestra de los armarios que le había entregado el notario junto a las del local. Se dio cuenta en ese instante de que todavía no había abierto ninguna de las puertas y de que no sentía necesidad alguna de comprobar qué libros había allí almacenados, ni siquiera le preocupaba hacer inventario o indagar cuáles eran los distribuidores con los que trabajaba habitualmente el tío Hugo. Simplemente se quedó quieto, vigilando la puerta de entrada, con una paz interior que jamás había experimentado salvo cuando de niño su tío lo miraba con aquellos ojos de acero que le hacían sentirse tan protegido.

  A las diez de la mañana entró el primer cliente. Era un anciano que Cairo  reconoció al instante, uno habitual de aquellos tiempos que solía comprar un libro cada semana. Antes de que el hombre llegara al mostrador, él se giró sobre los talones y, haciendo un ágil movimiento con el cuerpo, como si la alegría le obligara a dar unos pasos de baile, igual que hacía Fred Astaire,sacó la llave maestra, abrió una de las puertas de madera y vio las baldas vacías del interior. Sin embargo, en el centro había un solo libro y lo cogió sin dudarlo. Luego cerró el armario y volvió a girarse con la misma destreza de antes, como marcando el compás de un vals. Depositó el libro en el mostrador, y el anciano entornó los ojos.

  -Por fin –musitó, y le dio las gracias en voz baja, como si rezara una breve plegaria.

 Le abonó el importe exacto. Al tirar de la palanca de la caja registradora, Cairo notó que no se le resistía y que bajaba suavemente. Mientras, el hombre se alejaba y Cairo creyó que ahora caminaba con más agilidad, como si hubiera rejuvenecido. En cuanto volvió a quedarse solo, se alegró sinceramente de haber tomado la decisión de hacerse cargo del negocio del tío Hugo.

  Fue un día movido. No cesaba de entrar gente a la Librería, como impelidos por la necesidad, igual que viajeros que atravesaran el desierto y que, por fin, encontraban un oasis donde poder saciar su sed con agua fresca. La campanilla de la caja registradora no dejaba de sonar.

  A las dos menos cuarto la vio entrar y fue como si ya nada tuviera importancia salvo ella. Era una mujer apenas dos o tres años más joven que Cairo. Poseía unos ojos radiantes que obligaban a mirarlos con fijación. La observó acercarse  bamboleando la cintura como el péndulo de un reloj antiguo, o eso le pareció a Cairo. Ella apoyó las manos en el mostrador de madera en cuanto se detuvo, frente a él, y Cairo descubrió que en su rostro había un rictus de apremio.

 -Después de tantos meses cerrado, había decidido que, si hoy no encontraba la librería abierta al público, ya no volvería nunca más… -dijo con alivio, y sus labios dibujaron una sonrisa tímida pero tan sugerente que hacía pensar en el amanecer.

 Cairo también sonrió, sintiendo que llevaba toda la vida esperándola, y eso era una certeza que no admitía ninguna duda. Ella se presentó: me llamo Felicidad. Luego, intentó decir el título del libro que deseaba, pero Cairo levantó una mano para que no siguiera hablando y se limitó a informarle, casi en susurros:

  -Ya ha llegado.

  Y, sin añadir una palabra, se giró sobre los talones y, haciendo un ágil movimiento con el cuerpo, como si la alegría le obligara a dar unos pasos de baile, y ahora sí que era la alegría la que le obligaba a hacerlo, se acercó hasta la puerta que estaba junto al escaparate, la abrió y cogió el único libro que había en esos estantes. Volvió a cerrar echando la llave, y regresó sobre sus pasos, al compás de un vals imaginario. Deslizó el libro por el mostrador, empujándolo suavemente, y vio cómo los ojos de Felicidad se llenaban de lágrimas. Luego pagó, y Cairo le devolvió el cambio. Mientras cerraba la caja, ella sujetó el volumen con las dos manos y se lo llevó al pecho.

 -Volveré en pocos días –anunció, y ahora sus labios se abrieron en una nueva sonrisa ya nada tímida, como si fuesen los pétalos de una flor.

  -Te esperaré. Como siempre he hecho –se oyó responder Cairo con un aplomo que no reconocía.

 Sorprendentemente, Felicidad asintió con un movimiento de cabeza, notando la intensidad de la miraba de Cairo, y se ruborizó.

  -¿Crees en el destino? –inquirió ella-. Si hubiera decidido venir ayer por última vez en lugar de hoy, no nos habríamos conocido…

  -Todo está escrito. Absolutamente todo –remedó Cairo pensando en su tío Hugo.

   La vio salir, y notó que un aroma a azahar se había instalado en el local. Al sentarse en el sillón, fue consciente de que todo había cambiado en su vida. Le dolía el pecho, pero era un dolor que no querría que lo abandonara nunca, un nudo ardiente que le oprimía igual que un abrazo. Se sentía tan bien que, por un segundo, temió estar soñando.

  Cuando al rato entró aquella pareja, intuyó de inmediato cuál era el libro que venían buscando y cuál era el armario que debía de abrir. Nunca sabría por qué motivo él conocía esos detalles, ni tampoco por qué misteriosa razón los títulos que los clientes ansiaban siempre se encontraban disponibles en la Librería, pero nada de eso le causaba angustia ni tampoco inquietud. Todo estaba escrito, absolutamente todo. Incluso que ella volvería a la semana siguiente, que él le daría el libro de Benedetti que venía a recoger, sin que tuviera que pedírselo siquiera, y que Felicidad jamás saldría ya de su vida.

 -Te regalaré algo que hará de ti un hombre feliz –le había prometido su tío Hugo treinta años atrás, y ahora le parecía a Cairo que entonces su tío jugaba con las palabras igual que un prestidigitador, y pensó que tal vez fuera porque sabía que eso también estaba escrito.

La lista de los autores que forman parte de Me estás pisando el Chéjov es la siguiente: Mauricio Bernal, Juan Pablo Caja, Josep Camps, Débora Castillo, Carles Chacón, Inma Santos, Raúl Montilla, Gabriela Polanco, Victòria Prat, Óscar Royo, Aureli Vázquez, Josep Vila (de los textos) y yo.

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VALENCIA – 16 DE DICIEMBRE – PRESENTACIÓN DE “MALABATA”, DE SERGIO BARCE

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El próximo 14 de diciembre, como ya he venido anunciando, se presentará mi novela Malabata en la Libería Sin Tarima, de Madrid. Y el lunes 16 de diciembre, a las 18:00 horas, lo haremos en Valencia, en la Cervecería Cruz del Sur Shambala, de la mano de los escritores y generosos amigos Susi Bonilla y Mauro Guillén, y luego, a las 19:00 horas también se presentará el libro colectivo de relatos Juegos y Juguetes, de la Generación BiblioCafé, en el que participo. Libros, cerveza, blues en directo y buena compañía. No se puede pedir más.

Tarde de letras y muìsica cartel

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MÁLAGA – 8 DE NOVIEMBRE – 50 ANIVERSARIO DE LA LIBRERÍA PROTEO-PROMETEO, LA LIBRERÍA ANTIFRANQUISTA

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El pasado viernes, 8 de noviembre, celebramos en la Librería Proteo-Prometeo su 50 aniversario. 50 años defendiendo la libertad de pensamiento, de opinión y de creación. La Librería Proteo-Prometeo que fue un referente en los últimos años de la dictadura franquista, el lugar a donde acudían todos los que querían encontrar esos libros que la censura prohibía y que allí, en un doble fondo, siempre se encontraban pese a la vigilancia y al oscurantismo del régimen.

Con ocasión de este 50 aniversario, la más célebre y emblemática de las librerías de Málaga ha publicado con el sello de Ediciones del Genal dos  libros conmemorativos, y en ambos he tenido la suerte y el privilegio de participar. El primero de ellos es el titulado Entre libros, escrito por Patrick Tuite, y que es una historia novelada de la librería Proteo desde sus orígenes hasta la actualidad, y en el que he participado aportando el epílogo. Algo que me ha resultado emocionante. Y el segundo de los libros se titula 50 años de Proteo, y en él se recoge un relato por cada año de existencia de la librería, escrito cada uno de esos textos por un autor diferente, entre los que también me encuentro con el relato El renacuajo de Pablo.

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De manera que estoy feliz por mi participación en estos dos libros y, sobre todo, porque, con estos relatos, me cuelo de alguna forma en la pequeña historia de la librería que ha sido nuestro referente en Málaga. Y orgulloso de estar junto a ellos en estos tiempos en los que se cierne amenazante una oscura sombra de intolerancia, xenofobia y odio.

Os dejo con el texto completo de mi epílogo para Entre libros, y que ojalá sirva para animaros a comprar la novela de Patrick Tuite.

Me toca poner punto final a este hermoso homenaje a la Librería Proteo y Prometeo escrito por Patrick Tuite Briales. Difícil hacerlo a un texto labrado con cariño y dedicación.

Cincuenta años. Muchos años para estar al pie del cañón, desde aquella primera torre albarrana, oteando el horizonte para protegernos del ataque de los ignorantes y de los intransigentes. Muchos años de luchas, razias y escaramuzas hasta conseguir levantar el castillo más robusto. Muchos años para mantener en alto la bandera de la libertad.

Desde que Proteo y Prometeo decidió defender ese baluarte no ha cedido un milímetro, al contrario, ha rechazado los asaltos sin sufrir bajas y sin abandonar a quienes acudían huérfanos a buscar refugio tras sus muros. Primero frente a la dictadura, obsesionada por cercenar los sueños de quienes deseaban viajar con autores y títulos condenados al ostracismo. Luego frente a los que se empeñaban en dar por muertas a las librerías. Ahora frente al doble reto de frenar a quienes parecen desear volver al pasado y a quienes, amparados en oscuros poderes, tratan de implantar el pensamiento único. Muchos años para que ahora vengan los nuevos soportes a destruir tanta belleza, a eliminar el olor del libro recién llegado, el tacto de las tapas y del lomo y el placer de pasar las páginas. Cincuenta años bregando contra las conjuras.

Al leer la historia de la Librería Proteo y Prometeo y de las anécdotas rescatadas por Patrick, al rememorar este hercúleo esfuerzo por librar de las llamas miles de páginas llenas de creatividad y de ingenio, me he dado cuenta de que, sin saberlo, siempre han estado muy cerca, aquí, en Málaga, a un tiro de piedra, a nuestro lado.  No se trata de ninguna quimera, de ningún reino antiguo y lejano. Desvelemos el secreto: el rey Arturo, junto a sus caballeros y a sus damas, se reúnen cada amanecer ante la mesa redonda y renuevan su juramento de fidelidad. Luego, intuyendo que alguien pueda encontrarse en peligro o que sencillamente busque la historia anhelada en una novela o el sosiego de un poema, Lancelot da orden de bajar el puente levadizo que da acceso a Camelot. Es entonces cuando la gente que se agolpa en Puerta Buenaventura cruza salvando el foso.

Siento ahora, tras la lectura de la narración de Patrick, una suerte de emoción al pensar que, desde adolescente, sin saberlo, yo también acudía a Camelot buscando amparo y que, tras sus muros, siempre encontré el libro que deseaba. Y sigo haciéndolo. Ese simple hecho me ha convertido en parte de su leyenda. Porque qué sería de los caballeros y de las damas del rey Arturo que lo vienen custodiando desde 1969 si no existiésemos también sus vasallos.

Proteo y Prometeo. Nuestro Camelot.

 Sergio Barce, 2019 

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Jesús Otaola y Paco Puche

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Patrick Tuite Briales

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“PIZZICATO” CON MIGUEL ROMERO ESTEO

El pasado 23 de septiembre acudí al Rectorado de la Universidad de Málaga donde comenzaba un ciclo dedicado a la memoria y obra del dramaturgo Miguel Romero Esteo, organizado por la propia Universidad y la Asociación que lleva su nombre, que ese día estaba dedicado a “La música en la obra de Miguel Romero Esteo”.

Fue una suerte ir, porque disfruté enormemente al encontrarme allí con dos amigos, mi profesor de filosofía Juan Gavilán, y el poeta Salvador López Becerra, y los tres recordamos anécdotas de nuestros años con Miguel o de sus frases inolvidables y de su actitud ante la vida y el teatro. Y también disfruté con la interpretación de los temas musicales que ejecutó el Cuarteto de Cuerda de la Orquesta Málaga Camareta, con la soprano Lourdes Martín-Leiva y con los arreglos, adaptación y dirección musical de Luis María Pacetti. La actuación fue divertida, como no podía ser de otra manera tratándose de partituras ideadas por Miguel Romero, pero también de gran calidad. Nos sorprendieron muy agradablemente y cantamos todos como si estuviésemos en una taberna tomando jarras de cerveza. Literal.

Miguel Romero Esteo

Miguel Romero Esteo

Después del acto volvieron los recuerdos, como me ocurrió cuando me llegó la noticia, hace ya un año, de su muerte. Miguel Romero Esteo, una de las personas más generosas que he conocido, que fue Premio Nacional de Literatura Dramática, Premio del Consejo de Europa por su obra magna Tartessos o Premio Andalucía de Teatro, dedicaba parte de su tiempo a enseñarnos a escribir a un grupo de muchachos y muchachas universitarios, como él nos llamaba. Con él aprendí a narrar con cierta decencia, y fue él quien me editó, en sus Papeles del Calafate, un par de mis relatos. También me descubrió a autores que yo no conocía y me abrió a un mundo narrativo distinto e innovador.

Y esa misma noche del pasado lunes busqué en mi biblioteca el ejemplar de su pieza de teatro Pizzicato irrisorio y gran pavana de lechuzos (Cátedra – Madrid, 1978), que compré en la Librería Proteo en 1982 por trescientas pesetas, y releí una vez más su pequeña autobiografía que sirve de presentación del autor antes de su obra teatral. Y no dejé de sonreír mientras leía, sonreía por sus anécdotas y por su peculiar forma de construir las frases, únicas e inimitables. Y he pensado que no estaría mal traer un fragmento para compartirlo con vosotros.

Sergio Barce

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Sergio Barce, Juan Gavilán y Salvador López Becerra

Fragmento de su Introducción al curriculum vitae y al agua de rosas, de su libro Pizzicato irrisorio y gran pavana de lechuzos:

“Los años de la postguerra.

Liamos los bártulos otra vez, y nos volvimos al pueblo. En el pueblo se habían quedado las gentes de orden y las gentes de bien. Y las gentes de orden y las gentes de bien se habían saqueado una por una sistemáticamente todas las casas. Y no unas cuantas casas de ricachos caciques como es lo que los milicianos habían hecho. En el pueblo, muchas gentes de orden y gentes de bien se han pasado los muchos años de la postguerra yéndose a Córdoba a venderles muebles y cosas del botín a los anticuarios, y de eso han venido viviendo tan ricamente. Hasta las monjas y los frailes habían coparticipado caritativamente en esa cosa del saqueo sistemático y el botín. Todo el pueblo estaba minuciosamente saqueado, y las gentes de orden y las gentes de bien decían que ellas no habían sido, que habían sido los moros. De nuestra casa se habían llevado como botín hasta los clavos de las paredes. Así que otra vez a dormir en el suelo, y qué hacer y qué no hacer. De las monjas se trajo mi madre tan sólo el santo cristo, y les dejó no sé qué óleos que valían mucho y que las indinas de las monjas no querían soltar. Visto que entre saqueo y fusilados el pueblo era una tumba, encomendándose piadosamente al santo cristo mi madre lió los bártulos, y nos fuimos a Málaga.

(…)

Al llegar ya con la primavera las primeras calores, nos bañábamos de matute y en pelota los chiquillos en la playa de El Morlaco. Luego, en una hoguera en mitad de la playa, nos asábamos mejillones, lapas y cañaiyas. Y sardinas que nos daban cuando a los pescadores les ayudábamos a tirar del copo. A las lapas había que sacarles una cosa verde -puede que la bilis, o algo así- antes de comérnoslas. En cuanto que me veía llegar bien tostado del sol y con olor a mar, mi madre me investigaba las cejas para ver si tenían salitre. Y si tenían salitre, es que me había bañado en cueros vivos, y me breaba mi madre los cueros con la zapatilla. Así que luego de bañarnos de matute, los chiquillos íbamos a una fuente y allí nos quitábamos de cara y piernas y brazos el salitre a base de agua dulce. Entonces el mar estaba siempre lleno de barcos de vela. De blancos veleros en mitad de las aguas por bajo del sol. De los cartuchos de caza -que había traído mi padre cuando apareció por Navidad- lo que más me gustaba era cogerles a puñados los pistones, y poner luego un rosario de pistones en la vía del tranvía. Y luego, al pasar el tranvía, los pistones explotaban igual que un tiroteo, y se paraba el tranvía, y se bajaban los tranviarios a ver si era la caja de transmisiones que se les había reventado, o era el maquis de las montañas. Otra cosa que mucho me gustaba era fabricar cometas con cañas, engrudo y papel de periódicos. Luego se nos quedó vacío el piso bajo, y allí en la habitación de fondo organizábamos un escenario, y en la habitación de por delante se sentaban las chiquillas hermanas de mis amigos, y hacía de boca del escenario la puerta entre ambas habitaciones. Con colchas y sábanas y espadas hechas a base del tallo de las hojas de palmera, improvisábamos espectáculos para las chiquillas y los niños chicos. Había un hilo argumental que siempre era a base de barco, capitán pirata al abordaje, y luego un fantasma ensabanado. El barco lo hacíamos con sillas, y encima una sábana grande. La verdad es que la cosa terminaba siempre como happening, o terminaba en un combate de esgrima. O terminaba con el fantasmón de la sábana poniéndole un tenedor en el cogote al pirata, y matándoselo a base de tenedor allí en mitad del suelo. Y es que si utilizábamos cuchillo, mi madre luego me organizaba una reprimenda de aúpa, y nos echaba rápido a la calle en cuanto nos veía en plan de teatro en las habitaciones vacías…”

Miguel Romero Esteo

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