Archivo de la categoría: MIS RELATOS

EDICIÓN ESPECIAL DE LA REVISTA DEL ATENEO DE MÁLAGA

Acaba de salir el Número Especial del mes de Junio de 2020 de la Revista ANS Magazine Ateneo del Nuevo Siglo, que edita el Ateneo de Málaga, bajo la dirección de Mónica López Soler. 

En este número tengo la fortuna de colaborar, gracias a la invitación que me hizo Mónica, en la sección El sillón de los viajes, con el artículo Viaje sentimental con un guía amateur.

Podéis acceder a la revista para leer los artículos en el siguiente enlace:

https://ateneomalaga.org/

La dirección de arte corre a cargo de Sergio Martín, la maquetación es de Blanca Rodríguez-Nogueras Candau y la portada de Teté Vargas Machuca. La factura de la revista es magnífica.

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“PASEANDO POR EL ZOCO CHICO. LARACHENSEMENTE”

Os recuerdo que podéis comprar mi libro de relatos Paseando por el zoco chico, larachensemente (Ediciones del Genal, 2ª Edición 2015), así como el resto de mis títulos, a través del siguiente enlace:

https://www.libreriaproteo.com/libro/ver/1615869-paseando-por-el-zoco-chico.html

PASEANDO POR EL ZOCO CHICO - cubierta

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“LA LIBRERÍA DEL TÍO HUGO”, UN RELATO DE SERGIO BARCE

Cuarto relato que os traigo para que paséis un rato de lectura agradable durante el tiempo muerto de este encierro que, a veces, se hace infinito, y quizá logre envolveros con esta historia llena de romanticismo, libros y  magia. Y que es, además, un homenaje a las librerías, tan necesitadas estos días de nuestro mimo y apoyo. 

Se titula La Librería del tío Hugo. Se publicó en 2016 en un libro de cuentos colectivo, en una edición delicada y muy cuidada de Espai Literari, de Barcelona, y con un título verdaderamente sugerente (que se corresponde con el primero de los relatos del volumen, escrito por Mauricio Bernal): Me estás pisando el Chéjov.

ME ESTÁS PISANDO EL CHÉJOV portada

El libro reúne 13 relatos de otros tantos autores. La portada es igualmente un acierto, muy elegante, diseñada por Josep Vila Fisas, y todos los cuentos, sin excepción, son magníficos. Entre los autores, mi entrañable amigo Juan Pablo Caja.

Os dejo el enlace donde podéis encontrar el libro, y toda la información sobre la librería y editorial Espai Literari, fundada por Inma Santos y Aureli Vázquez:

https://www.espailiterari.com/producto/me-estas-pisando-el-chejov-13-relatos-sobre-librerias-vvaa/

LA LIBRERÍA DEL TÍO HUGO

por Sergio Barce

    Durante ocho meses, Cairo vivió en la casa de su tío Hugo. Fue el tiempo que tardó su madre en encontrar trabajo en Barcelona después de su separación. Por entonces, Cairo tenía diez años y ningún amigo en esa barriada. Cuando por las tardes llegaba del colegio, su madre lo esperaba con la merienda preparada, hacían los deberes juntos y solo entonces bajaba a la librería de su tío para hacerle compañía hasta la hora de cierre. El negocio estaba en el mismo edificio donde residían.

   La librería de su tío Hugo era bastante extraña. Apenas tenía cincuenta metros cuadrados, y se componía de un expositor giratorio con unos libros a los que nadie prestaba la más mínima atención, un mostrador de madera y, detrás, un sillón en el que su tío se arrellanaba aguardando la llegada de algún cliente. A su lado, el taburete en el que se sentaba Cairo. Las paredes del local estaban ocultas tras unas puertas de madera, que iban del suelo al techo y ocupaban todo el perímetro, puertas que permanecían cerradas bajo llave en todo momento. Tras las puertas, Cairo sabía que estaban los libros en venta, pero, curiosamente, sólo llegó a ver los que su tío sacaba de los muebles empotrados cuando alguien se los pedía. Los observaba hablar entre ellos, casi en susurros, y el tío Hugo, sin decir nada, se giraba sobre los talones y hacía un ágil movimiento con el cuerpo, como si la alegría le obligara a dar unos pasos de baile, igual que hacía Fred Astaire. Luego, sacaba la llave maestra que guardaba en el bolsillo de su chaqueta de pana, abría una de las puertas y sacaba el libro que correspondiera; en seguida, cerraba el armario con llave y regresaba como marcando los compases de un vals. Cairo, pese a que estiraba el cuello con todas sus fuerzas tratando de escudriñar por encima de su tío, jamás pudo ver el interior de los armarios.  

   Había un rótulo sobre la puerta, de piedra, y las letras sobresalían en relieve. La librería se llamaba Librería, sin más. En el pequeño escaparate, sobrio pero sin embargo acogedor quizá por el color envejecido de la madera, únicamente se exhibía una antigua máquina de escribir Underwood que el tío Hugo limpiaba cada mañana a conciencia antes de abrir al público. Era sin duda un local espartano, sin un atractivo especial. Pese a esa apariencia, no había un solo día que no entrara alguien buscando un libro.

  Cuando Cairo recibió la llamada de teléfono, recordó de inmediato todo aquello, y con qué afecto lo trató el tío Hugo durante los meses que vivieron en su casa.

  -Te regalaré algo que hará de ti un hombre feliz –le dijo su tío el último día que pasaron juntos en la librería. En aquel momento, Cairo creyó que se refería a alguna sorpresa que le daría al día siguiente, cuando su madre y él partieran de viaje, pero no ocurrió nada en la despedida y se olvidó de aquella promesa que ahora, sin saber por qué, recuperaba su memoria.

  Pero, por encima de todo, se acordaba de los días pasados en el interior de la Librería, cuando el tío Hugo lo ayudaba a encaramarse en el taburete, y se quedaban entonces en silencio esperando a que entrara algún cliente de última hora. Pensó en la caja registradora, un armatoste gris con teclas enormes y una palanca a la derecha de la que había que dar un tirón para que el cajón con el dinero se abriera a la vez que sonaba una campanilla. Era una caja registradora excesiva para aquel negocio. Cuando lo hacía su tío, la palanca parecía deslizarse con suavidad, pero cuando era Cairo quien la manejaba el brazo metálico se resistía y resollaba con fatiga como un artilugio oxidado. Le gustaba que su tío le dejara cobrar a los clientes. En realidad, le pagaban y él le entregada el dinero a su tío, y su tío le devolvía el cambio para que Cairo, a su vez, se lo diera al comprador.

 De pronto, le asaltó la certeza de que nunca oyó realmente a ninguno de aquellos sigilosos clientes de la librería solicitar algo en concreto. Le llegaron vagamente las palabras apenas esbozadas, las respuestas del tío Hugo con un ademán o un gesto, alguna sílaba afirmativa, una despedida efusiva del comprador que había  encontrado el título largamente anhelado, los apretones de manos, ardientes, y aquellos abrazos de las mujeres que besaban al tío Hugo como si les hubiera revelado el secreto de sus vidas. Le resultó excitante darse cuenta de todos esos detalles justo en ese momento, cuando escuchaba al teléfono la voz del notario que le explicaba los trámites que debía seguir.

  Sólo estuvo con su tío Hugo aquellos ocho meses. Nunca lo había visto antes hasta que su madre y él hubieron de alojarse en su casa, y no volvería a verlo nunca más desde que se marcharon a Barcelona, a la calle Muntaner número 38. Sin embargo, Cairo era capaz de verlo con nitidez si cerraba los ojos. De los hombros de su figura espigada, la de un hombre alto y delgado, que, aun en su desaliño habitual, transmitía una elegancia de aristócrata, colgaba una chaqueta de pana marrón, que solía combinar con una camisa de franela a cuadros y pantalones oscuros. Tenía los ojos del color del acero, pero no eran nada fríos. Cuando lo miraba, Cairo se sentía protegido. Hablaban poco cuando estaban juntos en la librería, pero sí que lo hacían durante la cena, y entonces el tío Hugo le contaba anécdotas de sus viajes por China y por la India, y Cairo acababa preguntándole si había estado en El Cairo, y el tío Hugo le daba siempre la misma respuesta: cuando vaya a Egipto, me acompañarás para que veas la ciudad de tu nombre; pero ahora, acábate el postre. Y él se iba a la cama imaginando cómo sería ese viaje al país de las pirámides. Años después, su madre le revelaría que su hermano jamás había viajado, y dudaba incluso de que el tío Hugo se hubiera alejado alguna vez de su librería más allá de unos pocos kilómetros.

  Cuando colgó el teléfono, Cairo temblaba levemente, asido por la sorpresa de una emoción que le sobrepasaba. Miró a su alrededor. Sabía que se macharía de allí y que ya nunca volvería. Esa certeza le sobrecogió, como si se diera cuenta de que alguien decidía por él. Descolgó el auricular y marcó el número de su madre. Ya era una mujer mayor que se movía con dificultad pero que había decidido vivir sola desde el mismo instante en el que Cairo comenzó a trabajar en una consignataria, hacía ya más de quince años de eso. Le preguntó por qué no le había dicho nada antes, y ella se encogió de hombros al otro lado del teléfono. Su madre y el resto de sus hermanos lo habían dejado todo en manos del notario. Cairo le preguntó por qué razón el tío Hugo le habría legado la librería a él y no a uno de ellos. Su madre se limitó a responderle que a ninguno le había interesado jamás aquel desastroso negocio; además, añadió en seguida, Hugo siempre te quiso a ti más que a nadie.

  -Todo está escrito. Absolutamente todo –era una frase que su tío Hugo le repetía una y otra vez, como si pretendiera inocularle esa idea. Y ahora pensó en ella con especial intensidad.

  Por alguna razón inextricable, Cairo sabía qué era lo que tenía que hacer y, sin pestañear, dejó su puesto en la agencia ante la incredulidad de sus compañeros, renunciando incluso a una parte de la indemnización que le correspondía, y así abandonó Barcelona.

  Aquella mañana, abrió temprano. Lo primero que hizo fue limpiar la Underwood del escaparate hasta dejarla perfecta. Barrió, quitó el polvo y comprobó que la vieja caja registradora seguía funcionando. Cairo lo hacía todo con una sonrisa irreprimible. Se asomó a la calle. La temperatura era agradable y olía a verano. Al volver a entrar en el local, se fijó en el expositor giratorio. Allí seguían colocados los mismos libros de su niñez de los que nadie se había interesado nunca, ni uno más ni uno menos, como si fuesen una parte de la estructura del inmueble. Pasó los dedos por sus solapas, pero se limitó a eso y los dejó tal cual. Luego, rodeó el mostrador y se arrellanó en el sillón, como hacía el tío Hugo. Al introducir la mano en el bolsillo de su chaqueta, notó la llave maestra de los armarios que le había entregado el notario junto a las del local. Se dio cuenta en ese instante de que todavía no había abierto ninguna de las puertas y de que no sentía necesidad alguna de comprobar qué libros había allí almacenados, ni siquiera le preocupaba hacer inventario o indagar cuáles eran los distribuidores con los que trabajaba habitualmente el tío Hugo. Simplemente se quedó quieto, vigilando la puerta de entrada, con una paz interior que jamás había experimentado salvo cuando de niño su tío lo miraba con aquellos ojos de acero que le hacían sentirse tan protegido.

  A las diez de la mañana entró el primer cliente. Era un anciano que Cairo  reconoció al instante, uno habitual de aquellos tiempos que solía comprar un libro cada semana. Antes de que el hombre llegara al mostrador, él se giró sobre los talones y, haciendo un ágil movimiento con el cuerpo, como si la alegría le obligara a dar unos pasos de baile, igual que hacía Fred Astaire,sacó la llave maestra, abrió una de las puertas de madera y vio las baldas vacías del interior. Sin embargo, en el centro había un solo libro y lo cogió sin dudarlo. Luego cerró el armario y volvió a girarse con la misma destreza de antes, como marcando el compás de un vals. Depositó el libro en el mostrador, y el anciano entornó los ojos.

  -Por fin –musitó, y le dio las gracias en voz baja, como si rezara una breve plegaria.

 Le abonó el importe exacto. Al tirar de la palanca de la caja registradora, Cairo notó que no se le resistía y que bajaba suavemente. Mientras, el hombre se alejaba y Cairo creyó que ahora caminaba con más agilidad, como si hubiera rejuvenecido. En cuanto volvió a quedarse solo, se alegró sinceramente de haber tomado la decisión de hacerse cargo del negocio del tío Hugo.

  Fue un día movido. No cesaba de entrar gente a la Librería, como impelidos por la necesidad, igual que viajeros que atravesaran el desierto y que, por fin, encontraban un oasis donde poder saciar su sed con agua fresca. La campanilla de la caja registradora no dejaba de sonar.

  A las dos menos cuarto la vio entrar y fue como si ya nada tuviera importancia salvo ella. Era una mujer apenas dos o tres años más joven que Cairo. Poseía unos ojos radiantes que obligaban a mirarlos con fijación. La observó acercarse  bamboleando la cintura como el péndulo de un reloj antiguo, o eso le pareció a Cairo. Ella apoyó las manos en el mostrador de madera en cuanto se detuvo, frente a él, y Cairo descubrió que en su rostro había un rictus de apremio.

 -Después de tantos meses cerrado, había decidido que, si hoy no encontraba la librería abierta al público, ya no volvería nunca más… -dijo con alivio, y sus labios dibujaron una sonrisa tímida pero tan sugerente que hacía pensar en el amanecer.

 Cairo también sonrió, sintiendo que llevaba toda la vida esperándola, y eso era una certeza que no admitía ninguna duda. Ella se presentó: me llamo Felicidad. Luego, intentó decir el título del libro que deseaba, pero Cairo levantó una mano para que no siguiera hablando y se limitó a informarle, casi en susurros:

  -Ya ha llegado.

  Y, sin añadir una palabra, se giró sobre los talones y, haciendo un ágil movimiento con el cuerpo, como si la alegría le obligara a dar unos pasos de baile, y ahora sí que era la alegría la que le obligaba a hacerlo, se acercó hasta la puerta que estaba junto al escaparate, la abrió y cogió el único libro que había en esos estantes. Volvió a cerrar echando la llave, y regresó sobre sus pasos, al compás de un vals imaginario. Deslizó el libro por el mostrador, empujándolo suavemente, y vio cómo los ojos de Felicidad se llenaban de lágrimas. Luego pagó, y Cairo le devolvió el cambio. Mientras cerraba la caja, ella sujetó el volumen con las dos manos y se lo llevó al pecho.

 -Volveré en pocos días –anunció, y ahora sus labios se abrieron en una nueva sonrisa ya nada tímida, como si fuesen los pétalos de una flor.

  -Te esperaré. Como siempre he hecho –se oyó responder Cairo con un aplomo que no reconocía.

 Sorprendentemente, Felicidad asintió con un movimiento de cabeza, notando la intensidad de la miraba de Cairo, y se ruborizó.

  -¿Crees en el destino? –inquirió ella-. Si hubiera decidido venir ayer por última vez en lugar de hoy, no nos habríamos conocido…

  -Todo está escrito. Absolutamente todo –remedó Cairo pensando en su tío Hugo.

   La vio salir, y notó que un aroma a azahar se había instalado en el local. Al sentarse en el sillón, fue consciente de que todo había cambiado en su vida. Le dolía el pecho, pero era un dolor que no querría que lo abandonara nunca, un nudo ardiente que le oprimía igual que un abrazo. Se sentía tan bien que, por un segundo, temió estar soñando.

  Cuando al rato entró aquella pareja, intuyó de inmediato cuál era el libro que venían buscando y cuál era el armario que debía de abrir. Nunca sabría por qué motivo él conocía esos detalles, ni tampoco por qué misteriosa razón los títulos que los clientes ansiaban siempre se encontraban disponibles en la Librería, pero nada de eso le causaba angustia ni tampoco inquietud. Todo estaba escrito, absolutamente todo. Incluso que ella volvería a la semana siguiente, que él le daría el libro de Benedetti que venía a recoger, sin que tuviera que pedírselo siquiera, y que Felicidad jamás saldría ya de su vida.

 -Te regalaré algo que hará de ti un hombre feliz –le había prometido su tío Hugo treinta años atrás, y ahora le parecía a Cairo que entonces su tío jugaba con las palabras igual que un prestidigitador, y pensó que tal vez fuera porque sabía que eso también estaba escrito.

La lista de los autores que forman parte de Me estás pisando el Chéjov es la siguiente: Mauricio Bernal, Juan Pablo Caja, Josep Camps, Débora Castillo, Carles Chacón, Inma Santos, Raúl Montilla, Gabriela Polanco, Victòria Prat, Óscar Royo, Aureli Vázquez, Josep Vila (de los textos) y yo.

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“IL NUOTATORE”, TRADUCCIÓN AL ITALIANO POR FRANCESCA SERGI, DE MI RELATO “EL NADADOR”

PASEANDO POR EL ZOCO CHICO - cubierta

Hoy me ha sucedido algo realmente hermoso. He recibido un correo en el que me enviaban mi relato El nadador traducido al italiano. Y suena tan bien al leerlo, aunque no domine ese idioma… Me lo he imaginado en la voz de Toni Servillo.

Es el resultado de un trabajo que ha llevado a cabo Francesca Sergi, a la que le estoy infinitamente agradecido, no sólo por haber elegido mi  cuento sino por su generosidad al dejar que pueda compartir con todos vosotros el resultado. Tuvo incluso la iniciativa de vernos durante el proceso de traducción para que yo le explicara algunos detalles de la historia y otros aspectos de la vida en Larache, que influían en el sentido y el significado del texto. Espero haberla ayudado lo suficiente.

La traducción se enmarca dentro de los cursos de Traducción para el Mundo Editorial UMA en los que ha participado Francesca Sergio y que ha dirigido mi amigo el profesor Marcos Rodríguez Espinosa en la Universidad de Málaga 

Y ahora, si me lo permitís, voy a releer algunos párrafos, solo por el placer de hacerlo. Suerte para los que podáis leerlo en italiano sin esfuerzo alguno, que lo disfrutéis. 

 

IL NUOTATORE

Sergio Barce

Traduzione di Francesca Sergi

 

Le braccia si immergevano generando una spuma salata che si diluiva alle sue spalle dopo un’effimera esistenza. Lo stesso accadeva alla piccola scia di onde sparse che abbandonava dietro di sé. Tutto il movimento era di un’armonia impeccabile: le braccia, le gambe, la rotazione della testa per prendere aria, immergerla ed espellere quella stessa aria dalla bocca, sott’acqua. Non chiudeva gli occhi nemmeno per un istante. Hakim vedeva sul fondale prima la sabbia e le alghe indifese, poi solo sabbia e, più avanti, il verde bluastro dell’oceano.

Sentiva lo sciabordìo che lui stesso provocava avanzando senza sosta. Non se ne parlava di fermarsi: continuare, continuare, continuare ad andare avanti. Smettere poteva significare la resa, perdere l’equilibrio, sfiancarsi in mezzo all’abisso. Aveva percorso almeno duecento metri, e sentiva le pulsazioni del suo cuore, diverse da quelle dell’inizio, e così come le sue braccia colpivano la superficie verde smeraldo, allo stesso modo anche i suoi piedi scalciavano per aiutarlo ad avanzare. Cercava di non perdere la concentrazione sulla propria respirazione ritmata, ossessionato dall’idea di perdere il ritmo e arrendersi, vedersi umiliato. All’improvviso pensò ad Haddu e ad Abdelilah che ridevano del suo clamoroso fallimento. Gli avrebbero lanciato il pallone di cuoio contro la schiena, burlandosi di lui, come facevano di solito quando gli infilavano un gol sotto le gambe.

– Sei scemo, Hakim. Dove ti credi di andare? Alle Canarie?

Pensare alle loro possibili beffe lo spronò, ed infuse un ardore disperato alla sua impresa.

Calcolò che dovesse trovarsi già a metà strada. Non voleva controllare, perché il fatto di provarci poteva affaticarlo, avrebbe inghiottito acqua e a quel punto avrebbe solo potuto agitare le braccia senza trovare niente. Gli era successo mesi prima e giurò a se stesso di non ripetere l’esperienza. In quel momento credette di morire, ma la provvidenza volle che qualcuno, da uno dei pescherecci, lo notasse. Lo tirarono su mezzo affogato e rimase un bel po’ a vomitare e tossire sopra coperta. Ricordava l’odore forte di salatura e reti bagnate. Oggi si era tuffato dal faro del frangiflutti. Lasciò alla sua destra la spiaggia pericolosa e fece uno sforzo per allontanarsi dall’altro lato, dall’entrata al porto, dallo sbocco del Loukos. Lì non correva il rischio di farsi trascinare dalla marea. Erano già dodici anni che nuotava di fronte agli scogli di Larache, il suo paese, e conosceva le difficoltà e le trappole che le acque vi avevano tracciato nei secoli.

Ad Hakim piaceva nuotare dietro le barche che approdavano alla tonnara. A volte lo faceva con Haddu ed Abdelilah, ma loro si annoiavano subito e ritornavano alla spiaggia. Preferivano giocare a palla sulla sabbia dura della bassa marea. Ad Hakim piaceva anche sedersi più tardi sul bordo dell’argine, inondato dall’odore dolciastro dei tonni morti che, appesi a poppa, risplendendo con il riflesso arancione del sole, sembravano armature tolte al nemico che venivano esibite al paese come trofeo della vittoria. Di solito faceva incursioni dall’imboccatura del porto, tra le zattere che portavano la gente dall’altro lato, quelle che andavano alla spiaggia e ritornavano come tartarughe sfiancate. I bambini sporgevano allora le braccine oltre il bordo delle barche a remi. Hakim li seguiva assumendo, con gioiosa giovialità, il suo ruolo di squalo marionetta. Si divertiva con le risate nervose dei bambini che, gridando, sorridenti ed eccitati, ritraevano le braccine nella zattera mentre lui si slanciava con le gambe in un piccolo salto per dare un morso all’aria.

– Gnam, gnam! – apriva la bocca con esagerazione.

Hakim sognava di arrivare in Europa, imbarcarsi in qualche mercantile o in uno dei pescherecci che si ancoravano a un centinaio di metri di fronte al castello di Sant’Antonio. Li osservava dal Balcone dell’Atlantico. Di notte erano come piccole lucciole che rimanevano ferme battendo le ali in un punto indeterminato. Hakim sognava anche di attraversare l’oceano, sbarcare in Spagna ed arrivare a Madrid, poter vedere giocare il Real al Bernabeu. Da quando era molto piccolo desiderava sedersi nelle gradinate dello stadio, chiedere un autografo a Roberto Carlos.

A Haddu si illuminavano gli occhi, brillando di eccitazione, immaginandosi anche lui nelle gradinate. Si sbellicavano dalle risate di pura sovreccitazione, quando pensavano a tutto questo, quando si vedevano acclamati dalla tifoseria o mentre correvano sulla fascia fino ad arrivare al pallone e crossare in area, dove Zidane avrebbe colpito di testa facendo rete. Haddu si sdraiava a pancia in su con un sorriso inebetito sulle labbra.

Hakim continuava a nuotare. Le bollicine salivano quasi sfiorando il suo viso, schivandolo, e formavano una spuma sporca che si mischiava a quella che producevano le sue braccia. Non voleva guardare avanti, solo verso il fondo dell’acqua. Calcolava che avrebbe dovuto nuotare ancora per altri venti minuti.

Di mattina Hakim aiutava suo padre a montare la bancarella di oreficeria che avevano nella strada Reale. Era ben situato, ma suo padre non era esattamente un uomo piacevole, né aveva doti da commerciante. Se fosse stato diverso, come Yebari, sicuramente si sarebbe guadagnato una buona posizione, ma, come era solito diceva dire, in realtà si era riproposto solo una cosa nella propria vita: passare inosservato, non dare fastidio a nessuno e non essere infastidito. Ad Hakim lo mandava fuori di testa quel carattere pusillanime di suo padre e, non appena ne aveva l’opportunità, se la svignava dalla bottega. Era allora che scendeva per la strada Reale fino agli scalini del porto, lasciava i suoi vestiti nella zattera di Abdussalam, si tuffava in acqua e nuotava. Si sentiva allora bene con se stesso, come se la foce del fiume, il porto stesso e le spiagge di Larache fossero il posto migliore del mondo, l’unico nel quale si sentiva realmente libero e senza nessun obbligo.

Escena de El nadador

Escena del film “El nadador”, dirigido por Pablo Barce

Aveva scoperto il piacere di nuotare addentrandosi in direzione dell’irraggiungibile orizzonte, evitando le correnti, allontanandosi dalla spiaggia pericolosa quanto le sue braccia e le sue gambe gli consentivano. Non ascoltava Abdelilah che, sempre timoroso, gli urlava dalla sponda, quasi inseguendolo fino a che l’acqua gli arrivava alla vita.

Ayi, Hakim! Non fare pazzie! Torna indietro, per l’amor di Dio!

Ma lui si consegnava alle carezze dell’oceano, lasciandosi portare dal proprio entusiasmo.

La spiaggia pericolosa racchiudeva le sue leggende, vecchie storie che raccontavano gli anziani del quartiere di Las Navas ed i ciechi del Zoco Chico. Anche Hakim era stato testimone del potere divoratore di quella spiaggia oltraggiata, sempre irrequieta, severa, con selvaggi disegni di creste affamate che si infrangono in un ruggire assordante. Quando stava seduto, al bordo della sua minacciosa sponda, sentiva che Aixa Candixa nuotava nelle sue acque. Lì, vide arrivare un corpo gonfio, deforme ed irriconoscibile, un uomo mordicchiato da pesci inebriati e che sicuramente aveva provato a mantenersi a galla credendo di poter piegare il proprio destino. Vide quel corpo maltrattato, con alghe putride che fuoriuscivano da una bocca alterata, scura, e sentì che quello era un avvertimento.

– Fai attenzione – mormorò Abdelilah al suo fianco, senza poter distogliere lo sguardo da quel corpo nudo.

All’imbrunire, Hakim rimaneva seduto sulla balaustra del Balcone e seguiva con gli occhi lucidi il sole che calava lentamente, tranquillamente, laconicamente. Haddu ed Abdelilah gli passavano una sigaretta, che condividevano in silenzio. La silhouette del castello di Sant’Antonio, ritagliata contro il firmamento rossiccio, avanzava allora come se di notte le fosse permesso di navigare sulle acque. Hakim lo osservava con attenzione e sentiva un antico palpitare all’interno dell’edificio, qualcosa come un’anima stremata dai suoi ricordi. Lì seduto, Hakim era capace di arrivare al bordo dell’orizzonte, nuotando senza scoraggiamento, aiutato da Lalla Menana, e alcune volte si vedeva perfino già seduto nella tribuna del Santiago Bernabeu, incoraggiando la sua squadra.

Soffiò aria sott’acqua, notando come i polmoni si svuotavano, e vide le bollicine salire come piccole sfere di cristallo. Non aveva bisogno di alzare la testa per sapere che si trovava molto vicino allo scafo del peschereccio spagnolo che aveva scorto dallo scoglio. La vicinanza aumentava le sue pulsazioni. All’improvviso, l’ombra della silhouette metallica lo coprì come un nuvolone straordinario e smise di nuotare. Galleggiava lasciando il corpo floscio, facendo il morto a galla, con il viso raggiante e lo sguardo che vagava per l’azzurro piatto del cielo. Di lì a poco, alcune voci lo incitarono ad avvicinarsi alla barca. Hakim diede una bracciata e allungò una mano nel vuoto. Sentì come lo afferravano con forza. Lo tirarono su e lo misero sopra coperta, spinto da varie mani di proprietari diversi con atteggiamenti opposti.

A malapena poté aprire gli occhi. Si sentì talmente estenuato che le gambe non lo sorreggevano e lo lasciarono riposare sugli attrezzi da pesca. I gabbiani planavano sopra la sua testa. Li sentì gracchiare, come se esigessero che si servisse loro il pranzo ad un orario convenuto. Hakim appoggiò i gomiti nelle reti, l’odore di pesce gli passava per le fosse nasali con una certa virulenza. Una mano sconosciuta, callosa e dura, gli offrì una tazza di brodo. Lo bevve con parsimonia, e gli parse caldo e confortante. Quando si sentì del tutto ristabilito, si alzò, avvicinandosi agli uomini che parlavano distrattamente nella sentina.

– Come ti viene in mente di venire a nuoto, ragazzo… – i tre uomini lo guardarono con curiosità, accennando sorrisi indulgenti.

Anna andare a lispania… – disse Hakim.

Sentì quel morso che gli bloccava lo stomaco quando si azzardava a chiedere che lo aiutassero ad arrivare all’altro continente, una strana sensazione di paura dell’ignoto, di vedersi da solo, lontano dai suoi genitori e da suo fratello, da Haddu ed Abdelilah. Il suo costume da bagno scolorito, che una volta era nero, gli dava un aspetto sgraziato. O forse era la sua estrema magrezza ciò che spingeva a compatire la sua apparente fragilità.

– Ci ha fottuto bene… – brontolò il maggiore dei tre marinai – Questo vuole che lo portiamo come clandestino…

Jay, iò non dà fastidio, lo giuro. Taiuta… pulisce, lavora… – Hakim si portò una mano nervosa alla bocca – Non mangia tanto… non dà fastidio.

Si morse il labbro. In fondo, temeva che lo aiutassero, che gli dicessero di nascondersi nella stiva.

– Mi dispiace, amico. Ci sono troppe motovedette.

I gabbiani si avvicinavano alla cabina in maniera un po’ suicida e i loro gloglottii sembravano trasformarsi progressivamente in urla sconsolate. Ad Hakim facevano paura, e di tanto in tanto dedicava loro un’occhiata minacciosa. Non si era mai fidato di loro.

– …iò non dà fastidio, jay… iò  vedere Raul e Roberto Carlos…

– Porca troia! Questo è del Real Madrid, fratello – il marinaio più giovane sputò a terra. – Hai fatto una cazzata, amico. Il capitano è del Barsa… Minchia, ci ha presi per una barca di divertimento…

Il maggiore dei marinai si tolse il cappello che gli copriva mezza faccia e lo sbatté contro la gamba dei suoi pantaloni. Rimase in silenzio per qualche istante, guardando Hakim come per valutare la situazione; poi schioccò la lingua e, poco dopo, scuotendo la testa da un lato all’altro, indicò con il cappello la costa.

– Torna a casa tua, ragazzo… Vattene prima che il capitano ti prenda a calci in culo.

 buono, jay…

Dai, paisa, non rompere i coglioni…

Hakim insisté appena. Ed inoltre fece la sua esigua protesta senza un briciolo di convinzione. Era la stessa storia che si ripeteva, come le altre volte che aveva nuotato fino ad altri pescherecci. Sapeva che nessuno avrebbe corso il pericolo di portarlo, però ci provava sempre. Era come giocare d’azzardo. Aveva il presentimento che Lalla Menana gli teneva in serbo una sorpresa, che la sua vita non poteva essere come quella degli altri bambini della strada Reale. E pregava affinché fosse così, chiedendo alla patrona di aiutarlo, e se inoltre, al tempo stesso, lo faceva anche con i suoi genitori e con suo fratello, tanto meglio.

Tornò a vigilare i gabbiani e verificò che erano più interessati alla cabina della barca che a lui, quindi approfittò di quel momento per lanciarsi di nuovo in acqua. Sentì vagamente le voci dei marinai, più deboli ad ogni bracciata, fino a quando si spensero, come il gracchiare malaticcio e penoso degli uccelli. Si sforzò allora di concentrarsi sulla respirazione, sui movimenti delle braccia e delle gambe. Non avrebbe raccontato nulla ai suoi amici. Gli avrebbe detto solo che era rimasto a nuotare un po’, come le altre volte. Solo questo.

Tornò a sentirsi tranquillo, libero da tutti. Senza sapere perché, si azzardò ad alzare la testa e vide la costa, il faro dello scoglio, il castello di Sant’Antonio che si ergeva con i resti del suo orgoglio sgretolato, le rocce di Ain Chakka, sotto i giardini del Balcone, il cimitero vecchio, anche le case stipate, come appese sulla scogliera. Un’occhiata rapida, furtiva, ma, ciononostante, Hakim si sorprese di quanto aveva potuto dominare con un gesto così piccolo. Fu capace di vedere tutto e questo lo fece sentire sicuro di se stesso. Seppe che avrebbe raggiunto la spiaggia senza troppo sforzo, seppe che questo era senza il minimo dubbio ciò che desiderava: arrivare alla sabbia, calpestarla, sentire la vicinanza del suo paese, correre fino alla bottega di suo padre, abbracciarlo, abbracciarlo stretto.

Francesca Sergi

Francesca Sergi

(El nadador – Il nuotatore – forma parte del libro de relatos Paseando por el zoco chico, larachensemente – Ediciones del Genal – Málaga, 2015 – ISBN -978-84-16021-67-3)

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