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“PASEANDO POR EL ZOCO CHICO. LARACHENSEMENTE”

Os recuerdo que podéis comprar mi libro de relatos Paseando por el zoco chico, larachensemente (Ediciones del Genal, 2ª Edición 2015), así como el resto de mis títulos, a través del siguiente enlace:

https://www.libreriaproteo.com/libro/ver/1615869-paseando-por-el-zoco-chico.html

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“LA LIBRERÍA DEL TÍO HUGO”, UN RELATO DE SERGIO BARCE

Cuarto relato que os traigo para que paséis un rato de lectura agradable durante el tiempo muerto de este encierro que, a veces, se hace infinito, y quizá logre envolveros con esta historia llena de romanticismo, libros y  magia. Y que es, además, un homenaje a las librerías, tan necesitadas estos días de nuestro mimo y apoyo. 

Se titula La Librería del tío Hugo. Se publicó en 2016 en un libro de cuentos colectivo, en una edición delicada y muy cuidada de Espai Literari, de Barcelona, y con un título verdaderamente sugerente (que se corresponde con el primero de los relatos del volumen, escrito por Mauricio Bernal): Me estás pisando el Chéjov.

ME ESTÁS PISANDO EL CHÉJOV portada

El libro reúne 13 relatos de otros tantos autores. La portada es igualmente un acierto, muy elegante, diseñada por Josep Vila Fisas, y todos los cuentos, sin excepción, son magníficos. Entre los autores, mi entrañable amigo Juan Pablo Caja.

Os dejo el enlace donde podéis encontrar el libro, y toda la información sobre la librería y editorial Espai Literari, fundada por Inma Santos y Aureli Vázquez:

https://www.espailiterari.com/producto/me-estas-pisando-el-chejov-13-relatos-sobre-librerias-vvaa/

LA LIBRERÍA DEL TÍO HUGO

por Sergio Barce

    Durante ocho meses, Cairo vivió en la casa de su tío Hugo. Fue el tiempo que tardó su madre en encontrar trabajo en Barcelona después de su separación. Por entonces, Cairo tenía diez años y ningún amigo en esa barriada. Cuando por las tardes llegaba del colegio, su madre lo esperaba con la merienda preparada, hacían los deberes juntos y solo entonces bajaba a la librería de su tío para hacerle compañía hasta la hora de cierre. El negocio estaba en el mismo edificio donde residían.

   La librería de su tío Hugo era bastante extraña. Apenas tenía cincuenta metros cuadrados, y se componía de un expositor giratorio con unos libros a los que nadie prestaba la más mínima atención, un mostrador de madera y, detrás, un sillón en el que su tío se arrellanaba aguardando la llegada de algún cliente. A su lado, el taburete en el que se sentaba Cairo. Las paredes del local estaban ocultas tras unas puertas de madera, que iban del suelo al techo y ocupaban todo el perímetro, puertas que permanecían cerradas bajo llave en todo momento. Tras las puertas, Cairo sabía que estaban los libros en venta, pero, curiosamente, sólo llegó a ver los que su tío sacaba de los muebles empotrados cuando alguien se los pedía. Los observaba hablar entre ellos, casi en susurros, y el tío Hugo, sin decir nada, se giraba sobre los talones y hacía un ágil movimiento con el cuerpo, como si la alegría le obligara a dar unos pasos de baile, igual que hacía Fred Astaire. Luego, sacaba la llave maestra que guardaba en el bolsillo de su chaqueta de pana, abría una de las puertas y sacaba el libro que correspondiera; en seguida, cerraba el armario con llave y regresaba como marcando los compases de un vals. Cairo, pese a que estiraba el cuello con todas sus fuerzas tratando de escudriñar por encima de su tío, jamás pudo ver el interior de los armarios.  

   Había un rótulo sobre la puerta, de piedra, y las letras sobresalían en relieve. La librería se llamaba Librería, sin más. En el pequeño escaparate, sobrio pero sin embargo acogedor quizá por el color envejecido de la madera, únicamente se exhibía una antigua máquina de escribir Underwood que el tío Hugo limpiaba cada mañana a conciencia antes de abrir al público. Era sin duda un local espartano, sin un atractivo especial. Pese a esa apariencia, no había un solo día que no entrara alguien buscando un libro.

  Cuando Cairo recibió la llamada de teléfono, recordó de inmediato todo aquello, y con qué afecto lo trató el tío Hugo durante los meses que vivieron en su casa.

  -Te regalaré algo que hará de ti un hombre feliz –le dijo su tío el último día que pasaron juntos en la librería. En aquel momento, Cairo creyó que se refería a alguna sorpresa que le daría al día siguiente, cuando su madre y él partieran de viaje, pero no ocurrió nada en la despedida y se olvidó de aquella promesa que ahora, sin saber por qué, recuperaba su memoria.

  Pero, por encima de todo, se acordaba de los días pasados en el interior de la Librería, cuando el tío Hugo lo ayudaba a encaramarse en el taburete, y se quedaban entonces en silencio esperando a que entrara algún cliente de última hora. Pensó en la caja registradora, un armatoste gris con teclas enormes y una palanca a la derecha de la que había que dar un tirón para que el cajón con el dinero se abriera a la vez que sonaba una campanilla. Era una caja registradora excesiva para aquel negocio. Cuando lo hacía su tío, la palanca parecía deslizarse con suavidad, pero cuando era Cairo quien la manejaba el brazo metálico se resistía y resollaba con fatiga como un artilugio oxidado. Le gustaba que su tío le dejara cobrar a los clientes. En realidad, le pagaban y él le entregada el dinero a su tío, y su tío le devolvía el cambio para que Cairo, a su vez, se lo diera al comprador.

 De pronto, le asaltó la certeza de que nunca oyó realmente a ninguno de aquellos sigilosos clientes de la librería solicitar algo en concreto. Le llegaron vagamente las palabras apenas esbozadas, las respuestas del tío Hugo con un ademán o un gesto, alguna sílaba afirmativa, una despedida efusiva del comprador que había  encontrado el título largamente anhelado, los apretones de manos, ardientes, y aquellos abrazos de las mujeres que besaban al tío Hugo como si les hubiera revelado el secreto de sus vidas. Le resultó excitante darse cuenta de todos esos detalles justo en ese momento, cuando escuchaba al teléfono la voz del notario que le explicaba los trámites que debía seguir.

  Sólo estuvo con su tío Hugo aquellos ocho meses. Nunca lo había visto antes hasta que su madre y él hubieron de alojarse en su casa, y no volvería a verlo nunca más desde que se marcharon a Barcelona, a la calle Muntaner número 38. Sin embargo, Cairo era capaz de verlo con nitidez si cerraba los ojos. De los hombros de su figura espigada, la de un hombre alto y delgado, que, aun en su desaliño habitual, transmitía una elegancia de aristócrata, colgaba una chaqueta de pana marrón, que solía combinar con una camisa de franela a cuadros y pantalones oscuros. Tenía los ojos del color del acero, pero no eran nada fríos. Cuando lo miraba, Cairo se sentía protegido. Hablaban poco cuando estaban juntos en la librería, pero sí que lo hacían durante la cena, y entonces el tío Hugo le contaba anécdotas de sus viajes por China y por la India, y Cairo acababa preguntándole si había estado en El Cairo, y el tío Hugo le daba siempre la misma respuesta: cuando vaya a Egipto, me acompañarás para que veas la ciudad de tu nombre; pero ahora, acábate el postre. Y él se iba a la cama imaginando cómo sería ese viaje al país de las pirámides. Años después, su madre le revelaría que su hermano jamás había viajado, y dudaba incluso de que el tío Hugo se hubiera alejado alguna vez de su librería más allá de unos pocos kilómetros.

  Cuando colgó el teléfono, Cairo temblaba levemente, asido por la sorpresa de una emoción que le sobrepasaba. Miró a su alrededor. Sabía que se macharía de allí y que ya nunca volvería. Esa certeza le sobrecogió, como si se diera cuenta de que alguien decidía por él. Descolgó el auricular y marcó el número de su madre. Ya era una mujer mayor que se movía con dificultad pero que había decidido vivir sola desde el mismo instante en el que Cairo comenzó a trabajar en una consignataria, hacía ya más de quince años de eso. Le preguntó por qué no le había dicho nada antes, y ella se encogió de hombros al otro lado del teléfono. Su madre y el resto de sus hermanos lo habían dejado todo en manos del notario. Cairo le preguntó por qué razón el tío Hugo le habría legado la librería a él y no a uno de ellos. Su madre se limitó a responderle que a ninguno le había interesado jamás aquel desastroso negocio; además, añadió en seguida, Hugo siempre te quiso a ti más que a nadie.

  -Todo está escrito. Absolutamente todo –era una frase que su tío Hugo le repetía una y otra vez, como si pretendiera inocularle esa idea. Y ahora pensó en ella con especial intensidad.

  Por alguna razón inextricable, Cairo sabía qué era lo que tenía que hacer y, sin pestañear, dejó su puesto en la agencia ante la incredulidad de sus compañeros, renunciando incluso a una parte de la indemnización que le correspondía, y así abandonó Barcelona.

  Aquella mañana, abrió temprano. Lo primero que hizo fue limpiar la Underwood del escaparate hasta dejarla perfecta. Barrió, quitó el polvo y comprobó que la vieja caja registradora seguía funcionando. Cairo lo hacía todo con una sonrisa irreprimible. Se asomó a la calle. La temperatura era agradable y olía a verano. Al volver a entrar en el local, se fijó en el expositor giratorio. Allí seguían colocados los mismos libros de su niñez de los que nadie se había interesado nunca, ni uno más ni uno menos, como si fuesen una parte de la estructura del inmueble. Pasó los dedos por sus solapas, pero se limitó a eso y los dejó tal cual. Luego, rodeó el mostrador y se arrellanó en el sillón, como hacía el tío Hugo. Al introducir la mano en el bolsillo de su chaqueta, notó la llave maestra de los armarios que le había entregado el notario junto a las del local. Se dio cuenta en ese instante de que todavía no había abierto ninguna de las puertas y de que no sentía necesidad alguna de comprobar qué libros había allí almacenados, ni siquiera le preocupaba hacer inventario o indagar cuáles eran los distribuidores con los que trabajaba habitualmente el tío Hugo. Simplemente se quedó quieto, vigilando la puerta de entrada, con una paz interior que jamás había experimentado salvo cuando de niño su tío lo miraba con aquellos ojos de acero que le hacían sentirse tan protegido.

  A las diez de la mañana entró el primer cliente. Era un anciano que Cairo  reconoció al instante, uno habitual de aquellos tiempos que solía comprar un libro cada semana. Antes de que el hombre llegara al mostrador, él se giró sobre los talones y, haciendo un ágil movimiento con el cuerpo, como si la alegría le obligara a dar unos pasos de baile, igual que hacía Fred Astaire,sacó la llave maestra, abrió una de las puertas de madera y vio las baldas vacías del interior. Sin embargo, en el centro había un solo libro y lo cogió sin dudarlo. Luego cerró el armario y volvió a girarse con la misma destreza de antes, como marcando el compás de un vals. Depositó el libro en el mostrador, y el anciano entornó los ojos.

  -Por fin –musitó, y le dio las gracias en voz baja, como si rezara una breve plegaria.

 Le abonó el importe exacto. Al tirar de la palanca de la caja registradora, Cairo notó que no se le resistía y que bajaba suavemente. Mientras, el hombre se alejaba y Cairo creyó que ahora caminaba con más agilidad, como si hubiera rejuvenecido. En cuanto volvió a quedarse solo, se alegró sinceramente de haber tomado la decisión de hacerse cargo del negocio del tío Hugo.

  Fue un día movido. No cesaba de entrar gente a la Librería, como impelidos por la necesidad, igual que viajeros que atravesaran el desierto y que, por fin, encontraban un oasis donde poder saciar su sed con agua fresca. La campanilla de la caja registradora no dejaba de sonar.

  A las dos menos cuarto la vio entrar y fue como si ya nada tuviera importancia salvo ella. Era una mujer apenas dos o tres años más joven que Cairo. Poseía unos ojos radiantes que obligaban a mirarlos con fijación. La observó acercarse  bamboleando la cintura como el péndulo de un reloj antiguo, o eso le pareció a Cairo. Ella apoyó las manos en el mostrador de madera en cuanto se detuvo, frente a él, y Cairo descubrió que en su rostro había un rictus de apremio.

 -Después de tantos meses cerrado, había decidido que, si hoy no encontraba la librería abierta al público, ya no volvería nunca más… -dijo con alivio, y sus labios dibujaron una sonrisa tímida pero tan sugerente que hacía pensar en el amanecer.

 Cairo también sonrió, sintiendo que llevaba toda la vida esperándola, y eso era una certeza que no admitía ninguna duda. Ella se presentó: me llamo Felicidad. Luego, intentó decir el título del libro que deseaba, pero Cairo levantó una mano para que no siguiera hablando y se limitó a informarle, casi en susurros:

  -Ya ha llegado.

  Y, sin añadir una palabra, se giró sobre los talones y, haciendo un ágil movimiento con el cuerpo, como si la alegría le obligara a dar unos pasos de baile, y ahora sí que era la alegría la que le obligaba a hacerlo, se acercó hasta la puerta que estaba junto al escaparate, la abrió y cogió el único libro que había en esos estantes. Volvió a cerrar echando la llave, y regresó sobre sus pasos, al compás de un vals imaginario. Deslizó el libro por el mostrador, empujándolo suavemente, y vio cómo los ojos de Felicidad se llenaban de lágrimas. Luego pagó, y Cairo le devolvió el cambio. Mientras cerraba la caja, ella sujetó el volumen con las dos manos y se lo llevó al pecho.

 -Volveré en pocos días –anunció, y ahora sus labios se abrieron en una nueva sonrisa ya nada tímida, como si fuesen los pétalos de una flor.

  -Te esperaré. Como siempre he hecho –se oyó responder Cairo con un aplomo que no reconocía.

 Sorprendentemente, Felicidad asintió con un movimiento de cabeza, notando la intensidad de la miraba de Cairo, y se ruborizó.

  -¿Crees en el destino? –inquirió ella-. Si hubiera decidido venir ayer por última vez en lugar de hoy, no nos habríamos conocido…

  -Todo está escrito. Absolutamente todo –remedó Cairo pensando en su tío Hugo.

   La vio salir, y notó que un aroma a azahar se había instalado en el local. Al sentarse en el sillón, fue consciente de que todo había cambiado en su vida. Le dolía el pecho, pero era un dolor que no querría que lo abandonara nunca, un nudo ardiente que le oprimía igual que un abrazo. Se sentía tan bien que, por un segundo, temió estar soñando.

  Cuando al rato entró aquella pareja, intuyó de inmediato cuál era el libro que venían buscando y cuál era el armario que debía de abrir. Nunca sabría por qué motivo él conocía esos detalles, ni tampoco por qué misteriosa razón los títulos que los clientes ansiaban siempre se encontraban disponibles en la Librería, pero nada de eso le causaba angustia ni tampoco inquietud. Todo estaba escrito, absolutamente todo. Incluso que ella volvería a la semana siguiente, que él le daría el libro de Benedetti que venía a recoger, sin que tuviera que pedírselo siquiera, y que Felicidad jamás saldría ya de su vida.

 -Te regalaré algo que hará de ti un hombre feliz –le había prometido su tío Hugo treinta años atrás, y ahora le parecía a Cairo que entonces su tío jugaba con las palabras igual que un prestidigitador, y pensó que tal vez fuera porque sabía que eso también estaba escrito.

La lista de los autores que forman parte de Me estás pisando el Chéjov es la siguiente: Mauricio Bernal, Juan Pablo Caja, Josep Camps, Débora Castillo, Carles Chacón, Inma Santos, Raúl Montilla, Gabriela Polanco, Victòria Prat, Óscar Royo, Aureli Vázquez, Josep Vila (de los textos) y yo.

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“IL NUOTATORE”, TRADUCCIÓN AL ITALIANO POR FRANCESCA SERGI, DE MI RELATO “EL NADADOR”

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Hoy me ha sucedido algo realmente hermoso. He recibido un correo en el que me enviaban mi relato El nadador traducido al italiano. Y suena tan bien al leerlo, aunque no domine ese idioma… Me lo he imaginado en la voz de Toni Servillo.

Es el resultado de un trabajo que ha llevado a cabo Francesca Sergi, a la que le estoy infinitamente agradecido, no sólo por haber elegido mi  cuento sino por su generosidad al dejar que pueda compartir con todos vosotros el resultado. Tuvo incluso la iniciativa de vernos durante el proceso de traducción para que yo le explicara algunos detalles de la historia y otros aspectos de la vida en Larache, que influían en el sentido y el significado del texto. Espero haberla ayudado lo suficiente.

La traducción se enmarca dentro de los cursos de Traducción para el Mundo Editorial UMA en los que ha participado Francesca Sergio y que ha dirigido mi amigo el profesor Marcos Rodríguez Espinosa en la Universidad de Málaga 

Y ahora, si me lo permitís, voy a releer algunos párrafos, solo por el placer de hacerlo. Suerte para los que podáis leerlo en italiano sin esfuerzo alguno, que lo disfrutéis. 

 

IL NUOTATORE

Sergio Barce

Traduzione di Francesca Sergi

 

Le braccia si immergevano generando una spuma salata che si diluiva alle sue spalle dopo un’effimera esistenza. Lo stesso accadeva alla piccola scia di onde sparse che abbandonava dietro di sé. Tutto il movimento era di un’armonia impeccabile: le braccia, le gambe, la rotazione della testa per prendere aria, immergerla ed espellere quella stessa aria dalla bocca, sott’acqua. Non chiudeva gli occhi nemmeno per un istante. Hakim vedeva sul fondale prima la sabbia e le alghe indifese, poi solo sabbia e, più avanti, il verde bluastro dell’oceano.

Sentiva lo sciabordìo che lui stesso provocava avanzando senza sosta. Non se ne parlava di fermarsi: continuare, continuare, continuare ad andare avanti. Smettere poteva significare la resa, perdere l’equilibrio, sfiancarsi in mezzo all’abisso. Aveva percorso almeno duecento metri, e sentiva le pulsazioni del suo cuore, diverse da quelle dell’inizio, e così come le sue braccia colpivano la superficie verde smeraldo, allo stesso modo anche i suoi piedi scalciavano per aiutarlo ad avanzare. Cercava di non perdere la concentrazione sulla propria respirazione ritmata, ossessionato dall’idea di perdere il ritmo e arrendersi, vedersi umiliato. All’improvviso pensò ad Haddu e ad Abdelilah che ridevano del suo clamoroso fallimento. Gli avrebbero lanciato il pallone di cuoio contro la schiena, burlandosi di lui, come facevano di solito quando gli infilavano un gol sotto le gambe.

– Sei scemo, Hakim. Dove ti credi di andare? Alle Canarie?

Pensare alle loro possibili beffe lo spronò, ed infuse un ardore disperato alla sua impresa.

Calcolò che dovesse trovarsi già a metà strada. Non voleva controllare, perché il fatto di provarci poteva affaticarlo, avrebbe inghiottito acqua e a quel punto avrebbe solo potuto agitare le braccia senza trovare niente. Gli era successo mesi prima e giurò a se stesso di non ripetere l’esperienza. In quel momento credette di morire, ma la provvidenza volle che qualcuno, da uno dei pescherecci, lo notasse. Lo tirarono su mezzo affogato e rimase un bel po’ a vomitare e tossire sopra coperta. Ricordava l’odore forte di salatura e reti bagnate. Oggi si era tuffato dal faro del frangiflutti. Lasciò alla sua destra la spiaggia pericolosa e fece uno sforzo per allontanarsi dall’altro lato, dall’entrata al porto, dallo sbocco del Loukos. Lì non correva il rischio di farsi trascinare dalla marea. Erano già dodici anni che nuotava di fronte agli scogli di Larache, il suo paese, e conosceva le difficoltà e le trappole che le acque vi avevano tracciato nei secoli.

Ad Hakim piaceva nuotare dietro le barche che approdavano alla tonnara. A volte lo faceva con Haddu ed Abdelilah, ma loro si annoiavano subito e ritornavano alla spiaggia. Preferivano giocare a palla sulla sabbia dura della bassa marea. Ad Hakim piaceva anche sedersi più tardi sul bordo dell’argine, inondato dall’odore dolciastro dei tonni morti che, appesi a poppa, risplendendo con il riflesso arancione del sole, sembravano armature tolte al nemico che venivano esibite al paese come trofeo della vittoria. Di solito faceva incursioni dall’imboccatura del porto, tra le zattere che portavano la gente dall’altro lato, quelle che andavano alla spiaggia e ritornavano come tartarughe sfiancate. I bambini sporgevano allora le braccine oltre il bordo delle barche a remi. Hakim li seguiva assumendo, con gioiosa giovialità, il suo ruolo di squalo marionetta. Si divertiva con le risate nervose dei bambini che, gridando, sorridenti ed eccitati, ritraevano le braccine nella zattera mentre lui si slanciava con le gambe in un piccolo salto per dare un morso all’aria.

– Gnam, gnam! – apriva la bocca con esagerazione.

Hakim sognava di arrivare in Europa, imbarcarsi in qualche mercantile o in uno dei pescherecci che si ancoravano a un centinaio di metri di fronte al castello di Sant’Antonio. Li osservava dal Balcone dell’Atlantico. Di notte erano come piccole lucciole che rimanevano ferme battendo le ali in un punto indeterminato. Hakim sognava anche di attraversare l’oceano, sbarcare in Spagna ed arrivare a Madrid, poter vedere giocare il Real al Bernabeu. Da quando era molto piccolo desiderava sedersi nelle gradinate dello stadio, chiedere un autografo a Roberto Carlos.

A Haddu si illuminavano gli occhi, brillando di eccitazione, immaginandosi anche lui nelle gradinate. Si sbellicavano dalle risate di pura sovreccitazione, quando pensavano a tutto questo, quando si vedevano acclamati dalla tifoseria o mentre correvano sulla fascia fino ad arrivare al pallone e crossare in area, dove Zidane avrebbe colpito di testa facendo rete. Haddu si sdraiava a pancia in su con un sorriso inebetito sulle labbra.

Hakim continuava a nuotare. Le bollicine salivano quasi sfiorando il suo viso, schivandolo, e formavano una spuma sporca che si mischiava a quella che producevano le sue braccia. Non voleva guardare avanti, solo verso il fondo dell’acqua. Calcolava che avrebbe dovuto nuotare ancora per altri venti minuti.

Di mattina Hakim aiutava suo padre a montare la bancarella di oreficeria che avevano nella strada Reale. Era ben situato, ma suo padre non era esattamente un uomo piacevole, né aveva doti da commerciante. Se fosse stato diverso, come Yebari, sicuramente si sarebbe guadagnato una buona posizione, ma, come era solito diceva dire, in realtà si era riproposto solo una cosa nella propria vita: passare inosservato, non dare fastidio a nessuno e non essere infastidito. Ad Hakim lo mandava fuori di testa quel carattere pusillanime di suo padre e, non appena ne aveva l’opportunità, se la svignava dalla bottega. Era allora che scendeva per la strada Reale fino agli scalini del porto, lasciava i suoi vestiti nella zattera di Abdussalam, si tuffava in acqua e nuotava. Si sentiva allora bene con se stesso, come se la foce del fiume, il porto stesso e le spiagge di Larache fossero il posto migliore del mondo, l’unico nel quale si sentiva realmente libero e senza nessun obbligo.

Escena de El nadador

Escena del film “El nadador”, dirigido por Pablo Barce

Aveva scoperto il piacere di nuotare addentrandosi in direzione dell’irraggiungibile orizzonte, evitando le correnti, allontanandosi dalla spiaggia pericolosa quanto le sue braccia e le sue gambe gli consentivano. Non ascoltava Abdelilah che, sempre timoroso, gli urlava dalla sponda, quasi inseguendolo fino a che l’acqua gli arrivava alla vita.

Ayi, Hakim! Non fare pazzie! Torna indietro, per l’amor di Dio!

Ma lui si consegnava alle carezze dell’oceano, lasciandosi portare dal proprio entusiasmo.

La spiaggia pericolosa racchiudeva le sue leggende, vecchie storie che raccontavano gli anziani del quartiere di Las Navas ed i ciechi del Zoco Chico. Anche Hakim era stato testimone del potere divoratore di quella spiaggia oltraggiata, sempre irrequieta, severa, con selvaggi disegni di creste affamate che si infrangono in un ruggire assordante. Quando stava seduto, al bordo della sua minacciosa sponda, sentiva che Aixa Candixa nuotava nelle sue acque. Lì, vide arrivare un corpo gonfio, deforme ed irriconoscibile, un uomo mordicchiato da pesci inebriati e che sicuramente aveva provato a mantenersi a galla credendo di poter piegare il proprio destino. Vide quel corpo maltrattato, con alghe putride che fuoriuscivano da una bocca alterata, scura, e sentì che quello era un avvertimento.

– Fai attenzione – mormorò Abdelilah al suo fianco, senza poter distogliere lo sguardo da quel corpo nudo.

All’imbrunire, Hakim rimaneva seduto sulla balaustra del Balcone e seguiva con gli occhi lucidi il sole che calava lentamente, tranquillamente, laconicamente. Haddu ed Abdelilah gli passavano una sigaretta, che condividevano in silenzio. La silhouette del castello di Sant’Antonio, ritagliata contro il firmamento rossiccio, avanzava allora come se di notte le fosse permesso di navigare sulle acque. Hakim lo osservava con attenzione e sentiva un antico palpitare all’interno dell’edificio, qualcosa come un’anima stremata dai suoi ricordi. Lì seduto, Hakim era capace di arrivare al bordo dell’orizzonte, nuotando senza scoraggiamento, aiutato da Lalla Menana, e alcune volte si vedeva perfino già seduto nella tribuna del Santiago Bernabeu, incoraggiando la sua squadra.

Soffiò aria sott’acqua, notando come i polmoni si svuotavano, e vide le bollicine salire come piccole sfere di cristallo. Non aveva bisogno di alzare la testa per sapere che si trovava molto vicino allo scafo del peschereccio spagnolo che aveva scorto dallo scoglio. La vicinanza aumentava le sue pulsazioni. All’improvviso, l’ombra della silhouette metallica lo coprì come un nuvolone straordinario e smise di nuotare. Galleggiava lasciando il corpo floscio, facendo il morto a galla, con il viso raggiante e lo sguardo che vagava per l’azzurro piatto del cielo. Di lì a poco, alcune voci lo incitarono ad avvicinarsi alla barca. Hakim diede una bracciata e allungò una mano nel vuoto. Sentì come lo afferravano con forza. Lo tirarono su e lo misero sopra coperta, spinto da varie mani di proprietari diversi con atteggiamenti opposti.

A malapena poté aprire gli occhi. Si sentì talmente estenuato che le gambe non lo sorreggevano e lo lasciarono riposare sugli attrezzi da pesca. I gabbiani planavano sopra la sua testa. Li sentì gracchiare, come se esigessero che si servisse loro il pranzo ad un orario convenuto. Hakim appoggiò i gomiti nelle reti, l’odore di pesce gli passava per le fosse nasali con una certa virulenza. Una mano sconosciuta, callosa e dura, gli offrì una tazza di brodo. Lo bevve con parsimonia, e gli parse caldo e confortante. Quando si sentì del tutto ristabilito, si alzò, avvicinandosi agli uomini che parlavano distrattamente nella sentina.

– Come ti viene in mente di venire a nuoto, ragazzo… – i tre uomini lo guardarono con curiosità, accennando sorrisi indulgenti.

Anna andare a lispania… – disse Hakim.

Sentì quel morso che gli bloccava lo stomaco quando si azzardava a chiedere che lo aiutassero ad arrivare all’altro continente, una strana sensazione di paura dell’ignoto, di vedersi da solo, lontano dai suoi genitori e da suo fratello, da Haddu ed Abdelilah. Il suo costume da bagno scolorito, che una volta era nero, gli dava un aspetto sgraziato. O forse era la sua estrema magrezza ciò che spingeva a compatire la sua apparente fragilità.

– Ci ha fottuto bene… – brontolò il maggiore dei tre marinai – Questo vuole che lo portiamo come clandestino…

Jay, iò non dà fastidio, lo giuro. Taiuta… pulisce, lavora… – Hakim si portò una mano nervosa alla bocca – Non mangia tanto… non dà fastidio.

Si morse il labbro. In fondo, temeva che lo aiutassero, che gli dicessero di nascondersi nella stiva.

– Mi dispiace, amico. Ci sono troppe motovedette.

I gabbiani si avvicinavano alla cabina in maniera un po’ suicida e i loro gloglottii sembravano trasformarsi progressivamente in urla sconsolate. Ad Hakim facevano paura, e di tanto in tanto dedicava loro un’occhiata minacciosa. Non si era mai fidato di loro.

– …iò non dà fastidio, jay… iò  vedere Raul e Roberto Carlos…

– Porca troia! Questo è del Real Madrid, fratello – il marinaio più giovane sputò a terra. – Hai fatto una cazzata, amico. Il capitano è del Barsa… Minchia, ci ha presi per una barca di divertimento…

Il maggiore dei marinai si tolse il cappello che gli copriva mezza faccia e lo sbatté contro la gamba dei suoi pantaloni. Rimase in silenzio per qualche istante, guardando Hakim come per valutare la situazione; poi schioccò la lingua e, poco dopo, scuotendo la testa da un lato all’altro, indicò con il cappello la costa.

– Torna a casa tua, ragazzo… Vattene prima che il capitano ti prenda a calci in culo.

 buono, jay…

Dai, paisa, non rompere i coglioni…

Hakim insisté appena. Ed inoltre fece la sua esigua protesta senza un briciolo di convinzione. Era la stessa storia che si ripeteva, come le altre volte che aveva nuotato fino ad altri pescherecci. Sapeva che nessuno avrebbe corso il pericolo di portarlo, però ci provava sempre. Era come giocare d’azzardo. Aveva il presentimento che Lalla Menana gli teneva in serbo una sorpresa, che la sua vita non poteva essere come quella degli altri bambini della strada Reale. E pregava affinché fosse così, chiedendo alla patrona di aiutarlo, e se inoltre, al tempo stesso, lo faceva anche con i suoi genitori e con suo fratello, tanto meglio.

Tornò a vigilare i gabbiani e verificò che erano più interessati alla cabina della barca che a lui, quindi approfittò di quel momento per lanciarsi di nuovo in acqua. Sentì vagamente le voci dei marinai, più deboli ad ogni bracciata, fino a quando si spensero, come il gracchiare malaticcio e penoso degli uccelli. Si sforzò allora di concentrarsi sulla respirazione, sui movimenti delle braccia e delle gambe. Non avrebbe raccontato nulla ai suoi amici. Gli avrebbe detto solo che era rimasto a nuotare un po’, come le altre volte. Solo questo.

Tornò a sentirsi tranquillo, libero da tutti. Senza sapere perché, si azzardò ad alzare la testa e vide la costa, il faro dello scoglio, il castello di Sant’Antonio che si ergeva con i resti del suo orgoglio sgretolato, le rocce di Ain Chakka, sotto i giardini del Balcone, il cimitero vecchio, anche le case stipate, come appese sulla scogliera. Un’occhiata rapida, furtiva, ma, ciononostante, Hakim si sorprese di quanto aveva potuto dominare con un gesto così piccolo. Fu capace di vedere tutto e questo lo fece sentire sicuro di se stesso. Seppe che avrebbe raggiunto la spiaggia senza troppo sforzo, seppe che questo era senza il minimo dubbio ciò che desiderava: arrivare alla sabbia, calpestarla, sentire la vicinanza del suo paese, correre fino alla bottega di suo padre, abbracciarlo, abbracciarlo stretto.

Francesca Sergi

Francesca Sergi

(El nadador – Il nuotatore – forma parte del libro de relatos Paseando por el zoco chico, larachensemente – Ediciones del Genal – Málaga, 2015 – ISBN -978-84-16021-67-3)

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OTRO RELATO PARA LEER: “EL CALLEJÓN SIN SALIDA”

Continuamos en alarma y el refugio más seguro es la lectura y el cine. Como ya vengo haciendo estos días, os ofrezco uno de mis relatos para haceros esta travesía más llevadera. Hoy, el titulado El callejón sin salida, que forma parte de Paseando por el zoco chico, larachensemente (Ediciones del Genal, 2ª edición 2015). Es el escogido porque Ángela López Cobos me lo recordó ayer al decirme que lo estaba releyendo.

Que lo paséis bien. Y cuidaos, por favor.

EL CALLEJÓN SIN SALIDA

Hago girar la ruleta, y gano un barquillo. Me gusta la bombona metálica del barquillero, la panza roja, los dibujos del frontal, la corona plateada donde gira la ruleta. Me dice que lo intente de nuevo, y vuelvo a ganar cuando la hoja se detiene. Le doy el barquillo a Emilio. Me giro, veo el carrito que hay en la esquina del Conservatorio, compro un cartucho de garrapiñadas, están calientes. El hombre, que para atender su modesto carro viste sin embargo pulcramente un babi azul de susi, me lo entrega con cuidado para que no se caigan, me fijo en sus dientes, siempre le asuman las paletas por entre los labios, me sonríe, es un buen hombre y creo que disfruta vendiendo sus golosinas y sus garrapiñadas, garbanzos, pipas y caramelos a los niños. Cuando pasen unos años y regrese a Larache, él seguirá ahí como si formara parte del paisaje de la avenida Hassan II.

De pronto la puerta del Conservatorio se abre, y don Aurelio, orondo, serio, sale echando una ojeada a su reloj de bolsillo. Al levantar la vista, me ve y sus ojos me estudian de una manera curiosa, como si se preguntara por qué no soy alumno suyo. No sé tocar ningún instrumento y jamás aprenderé, pese al empeño de mi padre en regalarme cada Navidad un instrumento diferente, guarda la esperanza de que termine por sucumbir a alguno.

Vamos a entrar en el Ideal, ponen una película francesa de las guarras. Hay cola, pero Emilio Gallego nos cuela y como no tenemos entrada nos sentamos dos en cada butaca. Luisito Velasco está a mi lado, Lotfi Barrada y José Gabriel Martínez en la otra. La película empieza y nos quedamos mirando la pantalla con la boca abierta. Hace calor. Y la temperatura sube. Hay un corte, la bobina se ha atascado.

-¡Radio! ¡Radio! –gritan desde la platea.

Luego, la película continúa y el silencio se hace sepulcral. Ver las actrices desnudas nos causa un efecto anestesiante… Ya tenemos tema de conversación para toda la semana.

Me voy al callejón sin salida. Es el callejón de mis juegos desde que nos hemos mudado de Mulay Ismail a la avenida Mohamed V. La nueva casa está en el edificio de granito de Uniban, residimos ahí porque mi padre trabaja en esta entidad. En nuestra misma planta vive la familia Matamala, los Álvarez y Antoñito Guerrero, antes vivía Torres. Recuerdo que cuando la selección de fútbol de Holanda ganó el Campeonato del Mundo -vale, no lo ganó, es verdad, pero en mi recuerdo lo hicieron-, Manolo y Miguel Álvarez salieron conmigo y nos pusimos a jugar a la pelota. Yo era Neeskens, Miguel hacía de Cruyff y su hermano Manolo imaginaba ser Kroll. Me tomaban el pelo porque yo era más pequeño, y porque ellos eran del Real y yo del Atlético de Madrid.

Pero donde disfrutaba de veras era en el callejón de abajo, el callejón sin salida. Allí jugábamos a la pelota durante horas, sin descanso. A veces el balón caía en el huerto que hay entre la iglesia y la parte de atrás del Banco, y saltábamos la tapia para cogerla. En otras ocasiones, el balón se quedaba sobre el destartalado techo del almacén que cerraba la calleja y era preciso recuperarla con cuidado, trepando hasta allí arriba, pisando luego las viejas tejas como si fuésemos funambulistas; aunque lo peor era cuando se colaba por un boquete que había abierto entre el muro y las tejas, entonces había que deslizarse hasta abajo para recuperarla. Todo el local estaba lleno de escombros y olía a humedad, seguramente habría ratas y, por eso, cuando me tocaba a mí bajar al interior para buscar la pelota, lo hacía lo más aprisa posible, como si me llevara el diablo.

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Larache – el callejón sin salida

En ocasiones, mientras jugábamos nuestro partido, aparecían otros niños de la calle Daisuri o del barrio de la Alcazaba, que solían invadir nuestro territorio atacándonos con piedras. Para defendernos, teníamos un buen arsenal de naranjas verdes, repartidas estratégicamente tras la tapia y también en el techo de la iglesia del Pilar, hasta donde nos encaramábamos para atrincherarnos. Nunca hubo heridos, que yo recuerde, e incluso sabíamos cuándo iban a atacar, en una permanente guerrilla entre calles. Pero un día formamos tal batalla campal que aparecieron los mejaznis y tuvimos que escapar saltando por la tapia de la iglesia, escabulléndonos como ladronzuelos. Luego vimos que, a los chavales a los que los agentes habían logrado coger, les dieron una buena manta de golpes ,y la gente se arremolinó en la avenida para ver qué ocurría. Durante bastante tiempo abandonamos nuestras reyertas.

Existía otro motivo para detener nuestro juego y abandonar el callejón. Eso sucedía cuando escuchábamos acercarse algún cortejo fúnebre. Corríamos hasta la avenida y nos quedábamos allí quietos, silenciosos, observando al difunto que era transportado a hombros por varios hombres y al resto de los acompañantes que lo seguían caminando muy aprisa, y, hasta que no terminaban de pasar todos, no regresábamos. Con lo traviesos que éramos a esa edad ahora me sorprende el respeto que demostrábamos en tales ocasiones, quizá porque lo aprendimos por la costumbre de nuestros mayores, y la costumbre que no se impone es la mejor de las enseñanzas.

También recuerdo los días que hacíamos carreras de bicicletas en el mismo callejón sin salida. Consistía en ir lo más aprisa posible desde la pared del almacén hasta la acera de la bocacalle, ya en Mohamed V, y regresar de nuevo. Cierto día, iba tan rápido, pedaleando con todas mis fuerzas, queriendo ser el más veloz de todos, que me estrellé contra la pared al no calcular debidamente la distancia de frenada. Caí de espaldas, con la bicicleta encima, y me quedé allí unos segundos sin sentido, tendido en el suelo.  

En el último portal del callejón solíamos escondernos para fumar. Y nos pasábamos horas hablando. No era una callejuela muy larga, pero en ella se desarrolló un mundo de aventuras y de juegos, y de pequeños secretos.

Cuando el sol caía sobre la callejuela, los hombres del Casino Israelita se sentaban en el suelo y jugaban a las damas. Solíamos quedarnos allí acuclillados a su lado observando la partida. Todo con calma, sin prisas, larachensemente.

Me sorprende qué es lo que retenemos en nuestra memoria. Yo, en concreto, de todo lo que estoy contando ahora, puedo reconstruir perfectamente aquella pared que cerraba el callejón, que lo convertía en un callejón sin salida, y puedo hacerlo al detalle: una pared húmeda con unas letras rojas descoloridas y borrosas que iban desapareciendo entre desconchones, también la forma del tejado moribundo, siempre con el latente peligro de desplome, y por el que andábamos conteniendo la respiración en busca del balón, y el olor del interior del almacén abandonado, los escombros y las paredes interiores semiderruidas, sus maderas podridas. Incluso recuerdo los dos lugares exactos del muro del huerto que utilizaba para escalarlo: el primero era el que hacía esquina entre el propio muro y la pared del almacén, porque podías asirte al hueco abierto en las tejas y era fácil impulsarte, y el otro estaba justo en medio del muro, donde existía una dentellada en la parte de arriba con la forma y el tamaño justo para que los dedos se acoplaran perfectamente. Quedaba, como último recurso, el ayudarte apoyando el pie en la reja de hierro, pero esto era más incómodo y, además, te podían ver los empleados de la oficina de Uniban y te llamaban la atención golpeando en las cristaleras.

El interior del huerto también sigue fresco en mi memoria: las hojas secas del suelo, el olor de las naranjas, los troncos de los árboles. Cuando los del otro barrio nos atacaban, corríamos por encima del muro como si fuera un camino seguro, aunque no lo era, pero nos lo conocíamos a la perfección y bordeábamos así el huerto hasta llegar al techo de la iglesia, compuesto de pequeñas terrazas superpuestas. Un lugar perfecto para esconderse y esperar al enemigo.

Tengo ahora en mis dedos el tacto cierto de ese muro, la rugosa piel fría y dura de las pequeñas naranjas verdes, la pintura seca de las paredes exteriores de la iglesia. Conservo en los pulmones el aire del callejón, guardo en mi interior las voces de los amigos retumbando en un eco del ayer pidiendo que les pasara la pelota, los gritos de júbilo al marcar un gol. También la de los hombres que salían del pequeño casino para que no molestásemos.

Como las ventanas de mi casa daban al callejón, mi madre, y otras veces Mina, asomaba la cabeza y me daba una voz para que fuera a merendar. Mis amigos subían conmigo y, después de darnos un buen atracón de pastas, nos íbamos al Jardín de las Hespérides para recolectar los dátiles que habían caído de las palmeras y estaban diseminados por el suelo, dátiles que pasaban a formar parte de nuestro arsenal de defensa. Teníamos que hacerlo aprisa para que no nos descubriesen los niños de Alcazaba. Sin embargo, si ya había oscurecido bastante, solíamos utilizar los dátiles para lanzárselos a las parejas de enamorados que, sentadas entre las sombras de la noche, se besaban y abrazaban. Teníamos que huir muy, muy a prisa para que no nos pillaran… Travesuras que creo que todos hicimos.

Un relato de Driss Sahraoui, que releo en estos momentos, me ha llevado a la avenida Mohamed V, he recordado estos pequeños episodios de mi infancia ocurridos tras dejar mi primera casa en la calle Mulay Ismail para ir a vivir al robusto edificio de Uniban, donde actualmente está el Banco de Marruecos, y una cosa ha llevado a la otra, y me ha encantado volver a ser aquel niño que jugaba en ese pequeño callejón sin salida en el que se han quedado nuestras voces y nuestros gritos, impregnado aún con el recuerdo de nuestros sueños inocentes.

Sergio Barce

PASEANDO POR EL ZOCO CHICO - cubierta

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OS INVITO A LEER MI RELATO “LA VENUS DE TETUÁN”

Seguimos en este confinamiento global. Después de ofreceros mi cuento Larachensemente como terapia para pasar el tiempo, he decidido invitaros a seguir leyendo otros relatos míos para tratar de que todo se haga menos amargo.

Para hoy, rescato este otro titulado La Venus de Tetuán que forma parte del libro colectivo de la Generación BiblioCafé Por amor al arte (Jam Ediciones, – Valencia, 2014). 

Es un texto con una gran dosis de sensualidad, y tal vez sea ahora un buen momento para que lo sensorial y lo erótico invadan nuestras casas… Ojalá logre atraparos con esta historia.

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Lienzo de Claudio Bravo

LA VENUS DE TETUÁN

 Llevaba años sin saber nada de él, y cuando recibió la llamada de Jadiya no supo negarse a ir. Pero de aquel trabajo en Tetuán recordaba muy a menudo los apacibles días, las largas sesiones en el estudio, las playas de Martil, los paseos hasta la plaza del Feddan, los valses embriagando las estancias, a veces, incluso, lo que nunca ocurrió. No podía hacer demasiadas conjeturas porque todo le parecía inesperado y extraño, y, sin embargo, cómo eludir esa cita, cómo despreciar la última voluntad de un hombre como Rivanera. Sin embargo, seguía sin comprender por qué al final se había acordado de ella.
Mientras el taxi, un viejo modelo Mercedes de los setenta, avanzaba por la carretera, un calor húmedo y cansado la acompañó durante la mayor parte del trayecto hasta Tetuán. El taxista le hablaba en perfecto castellano de su familia, del tiempo, de Castillejos, de que Marruecos no notaba la crisis porque llevaban toda la vida en crisis, del año que pasó en Barcelona trabajando en la construcción… Paloma cerró los ojos en algún instante, acunada por la voz del hombre, por el monótono ronroneo del motor, por el bochorno que entraba por la ventanilla del coche. En la breve duermevela quizá, fue cuando regresaron como la pleamar los largos meses que pasó con Rivanera. Se acordó de su casa, un riad en la vieja medina situado en una callejuela estrecha pero con un mirador espectacular, los colores, las voces, los alumnos que pasaban por allí, y aquella copia de La Venus del espejo de Velázquez que presidía el patio. Rivanera la había hecho reproducir a tamaño real y, cada mañana, se sentaba frente al cuadro y lo contemplaba durante una hora.
Pero en esta ocasión iba al encuentro de la sombra del artista. Jadiya le rogó que fuera porque, aunque hacía un mes que ya lo habían enterrado, debía enseñarle algo, algo que no podía dejar de ver, algo que él había legado para ella, pese a los años sin ningún contacto entre ellos. No le dijo de qué se trataba y Paloma no lo preguntó.
Paloma tenía una coqueta tienda de ropa en Sevilla, pero durante quince años fue una de las modelos más solicitadas por los pintores de Madrid. Modelo y musa, así la describieron en algún artículo de prensa. Y cuando Rivanera la reclamó para que acudiera a su estudio en Tetuán, fue sin pensarlo. Eso ocurrió en 1996. Entonces Paloma acababa de cumplir veinticinco años. Se miró las manos, delgadas, desde hacía tiempo le iban apareciendo manchas en la piel, muescas del tiempo que avanzaba imparable, y pensó que comenzaban a transformarse en las manos de una mujer mayor.
Rivanera pasaba por ser uno de los mejores pintores realistas del momento, y trabajar para él como modelo suponía entonces elevar el caché. Le pagaría bien, y además, durante su estancia en Marruecos, tendría cubierta la manutención y la estancia. La recibió en su casa como si esperase a alguien que iba a salvarlo de algún desastre. Eso halagó a Paloma, y se rindió en seguida a los educados modales de Rivanera, a su voz tranquila y modulada, a sus largos monólogos mientras pintaba, a sus discos. Pero lo primero que hizo cuando ella entró en la casa, fue enseñarle la réplica del Velázquez.
-Es la perfección –dijo entre dientes-. Lástima que no tengamos el original, ¿verdad?

La acomodó en la casa adyacente a la suya, a la que solo debía ir para asearse, cambiarse y dormir. Y salvo las horas que no estuviera obligada a posar, era libre de hacer lo que se le antojara. Paloma se acostumbró en seguida a su nuevo ritmo de trabajo, a los apacibles desayunos con rarif recién hecho y untado de miel, acompañada de Rivanera y de Jadiya, a veces también con algún admirador que él nunca dejaba en la calle, a las cenas en la terraza bajo el cielo embaucador del viejo Tetuán, a los largos paseos. Iba acordándose de esas escenas, que habían sido su única compañía en los últimos años, y de aquella casa, siempre llena de lienzos, caballetes, óleos, pinturas, y sobre todo de música, música que resonaba sin parar deteniendo las horas. Era fácil encontrar la casa de Rivanera porque se escuchaban los conciertos desde las callejas cercanas, como invisibles anzuelos lanzados al aire. Paloma sonrió. Veía a Rivanera con Jadiya entre sus brazos, bailando un vals, la chica con las mejillas rojas como rosas… Durante las dos primeras semanas creyó que ella era su amante. Luego supo que nunca hubo nada entre ellos. Solo era una alumna de la Escuela de Bellas Artes que, para pagarse sus clases, trabajaba en la casa. Para su suerte, Rivanera, además, le enseñaba el oficio.
El primer día, Rivanera le pidió a Paloma que posara vestida con un caftán. Garabateó bocetos, ideas, líneas. Una semana después le dijo que ya se había adaptado a ella, que le resultaba cómoda su compañía, y entonces comenzó a pintarla desnuda. Para eso la había contratado. A Paloma nunca le había resultado violento hacerlo, en realidad era extraño que un pintor no se lo pidiese. Tenía un cuerpo esbelto y fibroso, y el cabello negro y largo. Sus ojos recluían el eco de un misterio.
Por las mañanas, cuando entraba en la casa grande para desayunar, Paloma encontraba a Rivanera arrellanado en un sillón de mimbre, estudiando La Venus del espejo, y, dependiendo de su humor, con Chet Baker o con Miles Davis en el tocadiscos, a esa hora casi inaudibles, como un siseo de compases. Se quedaba allí una hora, y luego entraba en la cocina y se sentaba con ellas, y les hablaba del cuadro de Velázquez, como si cada día descubriera algo nuevo en esa pintura.
-Busca algo. Es la verdad –solía decir Jadiya meneando la cabeza de un lado a otro cuando él se encaminaba a la habitación convertida en su estudio.
Ahora que las rememoraba, a Paloma se le antojaba que aquellas maratonianas jornadas de trabajo nunca le pesaron en absoluto. Fue muy fácil posar para él.
Cuando Rivanera le enseñó el lienzo acabado, con ella de motivo, en un desnudo frontal y directo, a Paloma le pareció tan real que creyó estar viéndose en un espejo. Sin saber por qué, se ruborizó, y los dos rieron y sus miradas se cruzaron en unos segundos de palabras innecesarias.
Al día siguiente, Rivanera montó la cama. Jadiya se encargó de retocarla, de cubrirla con una sábana y de poner cada pliegue en el lugar exacto en el que sabía que él deseaba que estuviera, incluso la posición del almohadón tenía que estar en su sitio. También fue Jadiya quien le dio las instrucciones precisas de cómo debía de posar para esta nueva obra. Tendida en la cama boca arriba, desnuda, por supuesto, pero de costado, la pierna superior extendida, la que quedaba debajo ligeramente recogida, el brazo izquierdo sobre el pecho y la mano derecha asomando tras su silueta a la altura de las nalgas, la cabeza apoyada en el almohadón pero girada en dirección al caballete, mirando al maestro, como si ya llevara un tiempo recostada aguardando a que llegase su amante.
-Qué guapa… Es la verdad –dijo Jadiya antes de salir del estudio.
A Paloma nunca dejó de sorprenderle la desenvoltura y seguridad de esa chica de diecinueve años que parecía una adulta en el cuerpo de una adolescente.
Rivanera entró en el estudio y estuvo contemplando a Paloma, casi sin pestañear. Y luego, súbitamente, lanzó el pincel en un movimiento de inspiración. En ese instante, desde algún lugar de la casa, llegaron los primeros acordes del primer vals.
-Busca algo. Desde hace mucho tiempo. Es la verdad –era un latiguillo que Jadiya le repetía a menudo.
-¿Sabes por qué me ha elegido a mí como modelo? –le preguntó Paloma días después, caminando por la calle Tranqat mientras la chica elegía las verduras y las frutas que habían ido a comprar.
-Busca su Venus del espejo –Jadiya pareció ruborizarse-. A mí me ha retratado algunas veces. Y han venido muchas modelos, que han posado como tú… Pero no es lo que quiere.
-Es la verdad –se adelantó Paloma, y Jadiya se echó a reír dándole una palmadita en el hombro.
Tardó diecinueve meses en acabar el cuadro. Nunca dejó que Paloma lo viera. Como un misterio imposible. Y durante todo ese tiempo, Rivanera apenas le habló de su vida, que Paloma fue intuyendo como si deshiciera una madeja, y eludió su mirada, como si temiera perder la concentración. Se limitaba a contar anécdotas que conocía de la vida de los músicos que escuchaban en cada sesión, anécdotas increíbles y divertidas de Mozart, y de Strauss, y de Bach y de Rossini, o a describirle al detalle las pinturas de otros artistas. Evitaba la realidad.
Baker o Davis lo acompañaba cada mañana al escrutar el cuadro de la Venus de Velázquez, y luego comenzaban los valses y los conciertos y las óperas. Jadiya se encargaba de poner el tocadiscos. Rivanera tenía toda la colección de música clásica Deutsche Grammophon, y cuando se editaba un nuevo disco le llegaba enseguida desde Hannover. El jazz era personal, lo escuchaba a solas en su dormitorio.
Paloma no tardó en conocer a algunos profesores destinados en el Jacinto Benavente y en el Juan de la Cierva, con los que se veía en la Casa de España. Y también se aficionó a los tayin de carne que preparaba la madre de Jadiya. Poco a poco hizo una vida más o menos rutinaria, y hasta tuvo pequeños escarceos con un par de hombres con los que trató de consolarse pero de los que apenas se acordaba. Donde realmente se sintió a gusto durante los meses que pasó en Tetuán, fue en la casa de Rivanera. Tal vez la música tuviera algo de culpa. En algún momento, años después, supo que jamás había sido tan feliz como entonces, que solo allí había estado a punto de lograrlo.
Jadiya solía entrar en el estudio sin avisar, y traía té con chuparquía o zumo de naranja con pastas. Paloma se cubría con una túnica liviana y Rivanera dejaba a un lado el pincel y la paleta, y servía el té a la manera tradicional, tal y como Jadiya le había enseñado. Y los tres conversaban durante un rato.
Paloma volvió a sonreír, cómo no acordarse de aquel día en el que ambas creyeron que Rivanera regresaba al caballete para proseguir con su obra y, sin mediar palabra, dio un sorprendente giro sobre los talones, asió a Jadiya de la cintura y la hizo bailar al compás de Strauss. La chica reía a carcajadas. Luego, la dejó e hizo lo mismo con Paloma, que giró y giró llevaba por la firme destreza de Rivanera hasta que, mareada, se sentó en el borde de la cama. Notaba el fluir de la sangre, un sofoco, una necesidad. Su mareo era dulce y reconfortante, como si la hubiesen besado en la boca hasta dejarla sin aliento. Y Paloma se llevó una mano al pecho, mirando de soslayo al retrovisor del taxista, temiendo que el hombre hubiese notado su inesperada excitación. Pero tenía los ojos clavados en la carretera, y Paloma suspiró aliviada.
Todo había sido especial; especial e irrepetible. Hacer este viaje parecía despertarla de un lamentable e indecente olvido. Y no encontraba una explicación plausible. Hasta que de pronto sintió que su vida se podía escribir en una sola cuartilla.
Dejaron el coche en una plazoleta adoquinada. El taxista le llevó la maleta hasta la puerta de la casa, y se despidió con un ademán. La puerta se abrió, y Paloma, al levantar los ojos, reconoció de inmediato a la mujer que le sonreía dulcemente y que la miraba con cierta emoción desde su rostro enmarcado por un hiyab turquesa. Se abrazaron. Las dos temblando.
Al entrar, el aire caliente quedó fuera, y Paloma agradeció el frescor del interior. Las paredes estaban llenas de obras de Rivanera, como un mosaico interminable. Jadiya parecía conservar su juventud intacta, aunque había en sus gestos un resto de cansancio y un recogimiento. La Venus del espejo continuaba en su sitio, pero descolorida y envejecida.
Se sentaron en la mesa de la cocina, palpándose las manos mientras se preguntaban una a la otra cómo les había ido en esos casi veinte años que ya habían pasado y que tenían escritos en las arrugas de la piel. Jadiya se había casado y había enviudado, su marido murió en un absurdo accidente de tráfico. Tenía un hijo de dieciséis años que estudiaba en el Juan de la Cierva. Vivía bien. Y no temía al futuro porque Rivanera le había legado la casa y una buena cantidad de dinero. Se portó bien hasta el final.
-Era un hombre bueno. Es la verdad –sentenció.
Y Paloma esbozó una sonrisa al escucharla. No había cambiado nada.
-Me enteré de su muerte por Rachid Sebti, que me localizó no sé cómo…
-¡Ah Rachid! Sí. Se respetaban mucho…
Paloma recordaba a aquel Rachid que buscaba la luz en su pincel y que también pintaba mujeres desnudas. Venía a veces al estudio, y analizaba con ojos inquisitivos la técnica de Rivanera. Hablaban entre ellos en francés, casi en susurros, como si trataran de hallar un secreto que tenían delante de sus ojos pero que no veían. Podía verlo allí parado, en el vano de la puerta, observándola primero a ella, luego al cuadro que Rivanera seguía pintando después de trece meses intensos, y al final mirándola de nuevo con una sonrisa mal disimulada, para al final asentir con la cabeza y, sin decir nada, marcharse. Paloma intuyó en aquel momento que el cuadro comenzaba a cobrar vida. Pero Rachid no volvió al estudio mientras Paloma continuó en Tetuán.

-¿De qué ha muerto? –preguntó Paloma.
-Se estaba quedando ciego, ¿sabes? Tenía que ayudarle a hacer casi todo… Decidió que la vida no tenía ningún sentido si ya no podía pintar.

Almorzaron en silencio, y mientras tomaban un té con hierbabuena y flor de azahar, Paloma miró a Jadiya, interrogándola. Ella asintió, y la condujo directamente hasta el estudio en el que posó para Rivanera. Los cuadros se amontonaban en el suelo, como hojas caídas en otoño, pero los que colgaban de las paredes, una decena de óleos y grabados, se abalanzaron sobre Paloma y le arrebataron el alma. No podía respirar. Jadiya la ayudó a sentarse, y la abanicó con un trozo de cartón.
Los cuadros eran cinco retratos y cinco desnudos. Y todos los retratos y todos los desnudos eran de Paloma. Paloma mirando de frente, Paloma de perfil, Paloma pensativa, Paloma dormida, Paloma viva. Veía su cuerpo desnudo, joven y lozano, expuesto al mundo en poses que nunca hizo: apoyada contra un muro blanco, sentado en una silla de enea, tumbada en un suelo de terrazo, bañándose en un hammán, mirándose a un espejo de cuerpo entero. Verse así fue como montar en un tiovivo que girase desbocado. Y notaba que había perdido algo indescifrable.
Jadiya le trajo agua con limón, la tranquilizó, le contó que Rivanera se arrepintió siempre de no decirle lo que sentía. Paloma clavó sus ojos en las oscuras pupilas de Jadiya, que con su silencio le confirmaba lo que una vez solo pudo intuir. Rivanera era demasiado tímido, excesivamente prudente, quizá fue un cobarde.
-Siempre hablaba de ti.
-¿Eso es verdad?
-Eso es verdad.
-Me pintó dormida… -dijo mirando emocionada ese cuadro en concreto.
-Fueron muchas sesiones, y a veces caías rendida… -Paloma frunció el ceño, incapaz de acordarse de que eso hubiera ocurrido realmente-. Él aprovechaba esos momentos y te pintaba. Nunca volví a verlo tan feliz. Nunca.
Una rara sensación recorrió su espalda. De pronto comprendía que aquello que a veces había rememorado no había sido el sueño o la fantasía que creía que era. Ocurrió una tarde, al marcharse Jadiya. Ella seguía posando, tendida en la cama, en la misma postura de los meses anteriores, pero debía de estar tan cansada que se relajó, girando la cabeza. Estaba medio dormida pero inusualmente inquieta. De pronto, notó la cercanía de un aliento sobre su cuello, sintiendo que el borde de la cama se hundía con suavidad, que una mano se posaba entre sus piernas y que un dedo rozaba, casi imperceptiblemente, su sexo. Paloma decidió que dejaría que sucediera lo que parecía ya ineludible. Lo esperaba. Lo deseaba. Pero un segundo después, la desarbolaba una agria sensación de decepción al notar que volvía a estar sola en la cama. Ahora sabía con certeza que esa fue la única vez que Rivanera lo intentó.
-Aquel día volví a la casa porque había olvidado algo, y entré justo cuando él estaba sentado a tu lado, acariciándote… Al verme, se apartó de ti avergonzado. Creo que se sintió mal por mi culpa. Nunca hablamos de eso.
Paloma se preguntaba si Jadiya también era capaz de leer sus pensamientos, pero se limitó a abrazarse a ella. Luego, Jadiya se incorporó y se acercó al único caballete que había en la estancia, cubierto por una sábana grisácea.
-Encontró la Venus que siempre estuvo buscando. Eso es verdad… La tituló La Venus de Tetuán. Y eras tú.
Dio un tironazo del extremo y la sábana se deslizó suavemente, como si fuese el telón de un teatro que se abriera para mostrar el escenario. Paloma se llevó las manos a la boca, como si reprimiera un grito, y se quedó ahí tan quieta que incluso dejó de respirar. Al fin veía el cuadro para el que posara de modelo durante un año y medio, al fin tenía delante el secreto de Rivanera. Y rompió a llorar como si nunca antes hubiera llorado.
Jadiya le secaba las lágrimas con las manos, le besaba los párpados, le susurraba que se tranquilizase.
-No me di cuenta –dijo Paloma entre sollozos-. Nunca me di cuenta de cuánto me amaba.
-Hasta el final… -añadió Jadiya-. Dejó estos cuadros para ti. Por eso te llamé..
El ferry surcaba las aguas del estrecho dejando una estela blanca a su espalda. Paloma estaba sentada, pero hubo de levantarse y salir a babor, para que le diera el aire. Estaba mareada. Sentía náuseas, y vomitó. Llevaba los treinta primeros minutos de travesía pensando en aquel día en el que Rivanera estuvo a punto de ceder a su deseo, sin saber que la tuvo a su merced, rendida. Se atormentaba preguntándose por qué no lo intentó de nuevo, por qué nunca le dijo nada. Cerraba los ojos al pensar que cuando Rivanera dio ese paso atrás los condenó a ambos.
Paloma rompió a llorar. No podía contenerse. Era un llanto roto y seco, personal e íntimo. Mientras se desahogaba apoyada en la barandilla, no dejaba de pensar que, si Rivanera no hubiese descubierto a Jadiya en la puerta del estudio, seguramente su mano habría continuado hasta apoderarse de ella y sus días más oscuros se habrían iluminado con sus besos, sus días más fríos se habrían abrigado con sus abrazos y sus días más silenciosos se habrían llenado de valses.

Sergio Barce

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