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MADRID – 6 DE MARZO – ENCUENTRO DEDICADO A ESCRITORAS MAGREBÍES

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Viernes, 6 de marzo, a las 18.30 h.

En  Librería Diwan

Callejón del Alguacil 6. Madrid-28038, libreria@diwan.es tel. 91 570 18 12. Metro Nueva Numancia. Salida a Calle Picos de Europa

LIBRERÍA DIWAN, ASOCIACIÓN ADDIFFATAYN-LAS DOS ORILLAS Y ASOCIACIÓN XENIA

Se complacen en invitar al

Encuentro dedicado a Escritoras Magrebíes

Preside: Dr. Mohammed Dahiri, profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Círculo Diwan.

Con la participación de:

Leonor Merino García, especialista en literatura magrebí y árabe (Dra. UAM), traductora, y autora de Encrucijada de literaturas magrebíes (ed. UNED Alzira-Valencia, 2001) y de La mujer y el lenguaje de su cuerpo. Voces literarias del Magreb (ed. CantArabia, 2011); bajo el título: “Escritoras magrebíes, lianas entrelazadas, taraceadas”.

Souad Hadj-Ali, hispanista, traductora, y escritora, autora de Cronología de mi dolor por Argelia y otros relatos contra el olvido (ed. Anubis, 2010), y editora literaria de El ritual de la boqala. Poesía oral femenina argelina (ed. CantArabia, 2011); ambas obras objeto de su exposición, en recuerdo de Assia Djebar.

Moderadora: Nabila Boumediane, Lcda. Filología Hispánica (Univ. Tetuán) e investigadora (UCM)

Entidades colaboradoras: Círculo CantArabia, Asociación de Periodistas y Escritores Árabes en España (APAEE) y Orkacom

Se servirá un té durante el encuentro.

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ASI FUE LA PRESENTACIÓN DE “PASEANDO POR EL ZOCO CHICO. LARACHENSEMENTE” EN MADRID

Sergio Barce y Javier Valenzuela

Sergio Barce y Javier Valenzuela

Esta es una breve crónica, especialmente fotográfica (fotos de Pablo Barce), de la presentación de mi libro de relatos Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente (Jam Ediciones/Generación BiblioCafé  – Valencia, 2014) que se celebró en la Librería Diwan de Madrid, el pasado viernes 5 de diciembre.

Nourddine Bettioui, dueño de la Librería Diwan, preparó todo para que estuviésemos lo más cómodos posible, con una mesa para un posible posterior coloquio que, sin estar previsto en principio, parece que él intuyó. Durante el acto, que se alargó bastante más tiempo del previsto, porque en ese coloquio participó gran parte de los asistentes, nos obsequiaron con té moruno y pastelillos típicos. Así que hubo un ambiente muy agradable.

Interviene Angeles Ramírez

Interviene Angeles Ramírez

Ángeles Ramírez, como presidenta de la asociación Xenia, y como larachense, abrió el acto para presentarnos, con la dulzura y cariño que la caracteriza. Y luego cedió la palabra al periodista y escritor Javier Valenzuela.

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Javier presentó mi libro de una forma desbordante. Abrió diciendo que nos habíamos conocido la semana anterior en Sevilla, durante el acto dedicado a Mohamed Chukri en la Fundación Tres Culturas, y que Rajae Boumediane, la traductora al castellano de los libros de Chukri para la editorial Cabaret Voltaire, fue la que allí le sugirió leer el libro y presentarlo, y cómo al día siguiente, cuando llevaba leídos sólo tres de los relatos, me escribió para confirmarme que se animaba a presentarlo porque le estaban gustando muchísimo.

Interviene Javier Valenzuela

Interviene Javier Valenzuela

Javier Valenzuela añadió que el estilo y la calidad del libro está muy por encima de la media de lo que se publica en España, lo que, viniendo de una persona como él, es un elogio que me enorgullece.

Y añadió:

Tangerina, mi primera novela tras ocho libros periodísticos, llegará a las librerías en febrero de 2015. Alumbrarla a lo largo de nueve meses de este año de 2014 me ha hecho apreciar aún más la buena escritura de ficción, lo duro y difícil que es narrar bien un paisaje, un personaje, una escena o un diálogo. Sergio Barce escribe muy bien. Su dominio de la técnica narrativa nos lleva a esperar de él obras de gran envergadura”.

Luego, enlazó los temas tratados en mis relatos con sus experiencias personales en Marruecos, intercalando además anécdotas de su trabajo como periodista para el diario El País durante su época de corresponsal en Marruecos.

Javier Valenzuela

Javier Valenzuela

Hubo momentos realmente divertidos, de esos que hacen de una velada algo imborrable. Es difícil olvidar la imagen de Chiqui Pulido literalmente partida de la risa escuchando a Javier. 

Javier Valenzuela, bajo la atenta mirada de Angeles Ramírez

Javier Valenzuela, bajo la atenta mirada de Angeles Ramírez

Luego, Rajae Boumediane el Metni, leyó unas palabras que había preparado sobre la marcha, palabras en las que destacaba también la calidad de mis cuentos. Rajae me dedicó palabras muy afectuosas y optimistas, e intercambió con Javier Valenzuela algunas impresiones sobre los relatos de Paseando por el Zoco Chico.

Interviene Rajae Boumediane

Interviene Rajae Boumediane

Y la palabra larachensemente brotó de sus labios con una complicidad intensa y sincera. Un detalle muy bonito.

Gabriela Grech y Rajae Boumediane

Gabriela Grech y Rajae Boumediane

Y, aunque no estaba previsto, intervinieron también los profesores Víctor Morales Lezcano y Mohamed Dahiri. Con ellos, se profundizó en uno de los temas que Javier Valenzuela había destacado de mi libro.

Interviene Víctor Morales Lezcano

Interviene Víctor Morales Lezcano

Javier había subrayado en su intervención que Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente contenía un mensaje profundo y claro y que no era otro que el de la defensa a ultranza de la convivencia entre las tres culturas, y que, para él, en realidad ese era mi objetivo como autor de este libro, fijar como objetivo futuro el recuperar esa convivencia pacífica en la que habíamos vivido en Larache. Sus palabras fueron: 

“Los mejores momentos del pasado multicultural de Larache fueron como debería ser el futuro. El siglo XXI será el de las identidades múltiples o no será. O encontramos un modo de vivir todos juntos y revueltos en paz y libertad, o volveremos a vivir las peores pesadillas del siglo XX. Desconfiemos de todos aquellos que pretender obligarnos a escoger entre papá y mamá, a identificarnos exclusivamente con una lengua, una cultura, una nacionalidad o una religión”.

A partir de ahí, el coloquio se abrió y se trasformó en un intercambio de ideas, experiencias y anécdotas, ameno, divertido en muchos momentos y muy gratificante.

Pero no puedo dejar de mencionar algunas de las afirmaciones de Javier Valenzuela, que se iban produciendo como consecuencia del contenido de mis relatos.

Cuando comenté la historia que relato en los cuantos Mohammed, el niño de Alhucemas y en Moro, Javier Valenzuela añadió dos comentarios que  me parecieron especialmente certeros:

“El Protectorado español hizo un esfuerzo encomiable para un país que era entonces más bien pobretón en materia de urbanismo y arquitectura en ciudades como Larache y Tetuán. Allí espacios urbanos hermosísimos que datan de esa época y que el Marruecos del siglo XXI tendrá que valorar y proteger”.

“Los marroquíes, y en particular los del Norte, conocen bastante bien a España y a los españoles. Es una pena que lo contrario no sea cierto. La mirada mayoritaria de Marruecos que tienen los españoles aún está repleta de ignorancia y prejuicios”.

Y así, de la historia que narro en Los herederos de Al-Ándalus, que cierra el libro, Javier dijo:

“Siento que los moriscos y los sefardíes que fueron expulsados de los reinos de España por la intolerancia inquisitorial, y muchos de los cuales se instalaron en Marruecos, son mis compatriotas”.

Interviene Mohamed Dahiri

Interviene Mohamed Dahiri

Cuando se discutió sobre las obras de autores más reconocidos, creadores extranjeros que hicieron de Marruecos una parte importante o esencial de sus obras, he de reconocer que la propuesta de Javier Valenzuela fue directa a lo que también creo sobre este asunto. En concreto, afirmó:

“Los tiempos del colonialismo y el anticolonialismo quedan atrás, y con ellos debería quedar las pasiones que provocaron. Sería maravilloso que Marruecos reconociera que escritores como Ángel Vázquez y Juan Goytisolo, como Jean Genet y Paul Bowles, forman parte de su patrimonio cultural”.

En fin, además de quienes intervinieron, convirtiendo el acto en algo mágico y especial, la asistencia fue alta y el local se llenó de público, porque acudieron muchos amigos (algunos otros, por diversas circunstancias, no pudieron hacerlo, como Emilio Gallego que venía desde León y al que le fue imposible estar físicamente aunque sí lo hizo de otra manera, o Esperanza Manso que estuvo unos minutos antes para llevarse el libro). 

José Manuel Galindo a la izquierda, junto a Karim, Mohamed, Chiqui, Boubel, Rajae, Ange...

José Manuel Galindo a la izquierda, junto a Karim, Mohamed, Chiqui, Boubel, Rajae, Ange…

José Manuel Galindo vino desde Zaragoza, y luego, al acabar la presentación, se marchó de vuelta. Esos son detalles que realmente emocionan. 

PASEANDO POR EL ZOCO CHICO - cubierta

El día anterior, acudí a la inauguración de la exposición de fotografías de Gabriela Grech. Maravillosa exposición Larache / Al-Araich que sigue abierta. Gabriela es la autora de la portada de mi libro de relatos, una foto-composición excepcional y bellísima que le da el toque de calidad a la edición. Gabriela también intervino en el coloquio con su vehemencia y pasión habitual.

Interviene Sergio Barce

Interviene Sergio Barce

Otros larachenses también estuvieron presentes: Hor Amina, Chiqui Pulido, Mohamed Mrabet, el ya citado Semanué Galindo, Mohamed Chouirdi, Abdeslam Boubel, Aziz Bouhdoud, Abou Karim y su hijo Mohamed, y la tangerina Nabila Boumediane, los profesores Mohamed Dahiri y Víctor Morales, y otros amigos entrañables como Oscar López, Charo Sánchez, César Martínez Herrada, Juan Carlos, Lidia Higueras… Siento no poder mencionar a todos.

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En resumen, una noche muy gratificante. Una suerte haber contado con todos, y mi agradecimiento más profundo a Javier Valenzuela por acceder a presentar el libro y hacerlo de una manera tan brillante, y a Rajae Boumediane por conseguirlo y por estar también a nuestro lado. 

Sergio Barce, diciembre 2014

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GALERÍA FOTOGRÁFICA

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ASÍ FUE LA PRESENTACIÓN EN CÓRDOBA DE “PASEANDO POR EL ZOCO CHICO. LARACHENSEMENTE”

PASEANDO POR EL ZOCO CHICO - cubierta

El viernes pasado se presentó mi libro de relatos Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente, en el Conservatorio Profesional Músico Ziryab, en Córdoba.
Cuando entramos, un rumor de agua, el de una fuente, susurraba como fondo, creando ya desde el inicio ese ambiente encantado y encantador de los patios árabes. Durante todo el acto, esa caída de agua ronroneante nos hizo compañía, y el efecto fue precioso.

Antes de comenzar, los asistentes llegando al auditorio del Conservatorio Profesional Músico Ziryab

Antes de comenzar, los asistentes llegando al auditorio del Conservatorio Profesional Músico Ziryab

El director del conservatorio, Ernesto Blanco, que cuidó hasta el más mínimo detalle, prueba de su afecto y de su amistad, comenzó dando lectura a dos pequeños textos: el que Gabriela Grech ha incluido para la presentación de su exposición fotográfica que se inaugura el 4 de diciembre en Madrid, y otro que Ernesto me había encargado para resumir en unas líneas cómo fue la convivencia de las tres culturas en el Larache que conocimos en nuestros años. Lo leyó todo con mucha emoción, mientras en la pantalla que teníamos detrás aparecía la letra del poema escrito por Carlos Tessainer titulado: A Larache.
De pronto, todo era larachense en ese magnífico espacio cedido tan generosamente para presentar el libro. Y todo transcurría larachensemente.

El cantaor Juan Zarzuela y el guitarrista Gabriel Muñoz interpretando "A Larache" de Carlos Tessainer

El cantaor Juan Zarzuela y el guitarrista Gabriel Muñoz interpretando “A Larache” de Carlos Tessainer

Ernesto Blanco lo había planteado todo como una grata y cálida sorpresa, y lo consiguió. Cuando presentó al guitarrista Gabriel Muñoz y al cantaor Juan Zarzuela, estaba convencido de que nos brindarían algunos temas flamencos de su repertorio, pero me equivocaba. Habían estado trabajando esos días para convertir el poema de Carlos Tessainer en una original bulería. Espectacular. Gabriel tocó de una manera brillante, y Juan Zarzuela dejó el alma en su interpretación. Además, la composición musical era sencillamente fantástica. Vibramos con la letra, con la música y con la voz.

Interviene Ernesto Blanco

Interviene Ernesto Blanco

A continuación, tanto José Sarria como Manuel Gahete entraron a analizar mi libro. Y como no podía ser de otra manera, lo hicieron insuflando cada palabra de poesía.

No sé cómo expresar la admiración y el respeto que me merecen. También ellos derrocharon la generosidad que los caracteriza, y me regalaron su categoría intelectual y los detalles de su amistad. Me sentía un privilegiado al escuchar sus palabras. José Sarria me emocionó en algunos momentos. Había preparado una presentación en la que, de manera muy natural, insertaba párrafos de mis relatos, y llegó a conseguir que mis historias me llegaran como si no las hubiera escrito yo sino alguien que me observaba desde el tiempo. Hube de tragar saliva en varias ocasiones. Me tocó de lleno. Y luego, Manuel Gahete cogió el testigo y abrió nuevos secretos que, sin que yo lo supiera, habitan en mis cuentos. Ya advirtió de que era inevitable que algunos detalles se solapasen entre lo que había dicho José Sarria y lo que él iba a desgranar, pero no obstante demostró que, aun siendo eso cierto, era capaz de sacarle otro jugo a mi libro. Estuvieron brillantes, lo que tampoco me podía sorprender.
(Tras esta breve crónica tenéis los textos completos con sus intervenciones, ya digo que vibrantes y brillantes)

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Entre los asistentes, como siempre, buenos amigos, y algunos larachenses. Tal y como dije en mi intervención, que cerraba el acto, tenía en la sala a dos de los personajes que aparecen en algunos de los relatos: Miguel Álvarez y Charo Matamala. Las anécdotas brotaron naturalmente. Parte de mi familia. Emocionante, por muchas razones, volver a encontrarnos y revivir, aunque fuera a través de los relatos, aquellos inolvidables años de Larache.

(Al final de este post, tenéis una pequeña galería fotográfica que iré actualizando a medida que me lleguen las imágenes).
                                    Sergio Barce, noviembre 2014

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Interviene José Sarria

Interviene José Sarria

Paseando por el Zoco Chico

visto por José Sarria

El escritor es el único ser que llega a alcanzar la conciencia de haber sido expulsado del Paraíso. Es capaz de ver -más que de mirar- que nuestro destino es un desarraigo, una “excursión hacia la muerte” (al decir de Benedetti) que tiene su inicio con el exilio del Edén.

El poeta chileno Nicanor Parra lo describió magistralmente en su poema Advertencia al lector: “El cielo se está cayendo a pedazos”. Desde esa posición, todo creador pretende establecer un nuevo orden, su personal cosmogonía, mitificación de una armonía que ha de regir, a partir de ese instante, su mundo propio.

Dice la Sagrada Escritura que Dios necesitó de seis días y sus seis noches para fundar su universo: la bóveda celeste, los océanos, las semillas y árboles según su especie, los seres vivientes de la tierra y los mares y, al fin, el hombre a su imagen y semejanza. Nuestro escritor, Sergio Barce, que no posee la omnipotencia del Todopoderoso, se ha entregado –por imitación al Hacedor- al trabajo hercúleo de reconstruir su particular orbe, desde el vigor y la resistencia de los héroes y los titanes.

Sergio, nació en la ciudad norteafricana de Larache, en el año 1961, y como otras familias españolas que vivían en la zona del Protectorado español de Marruecos, la suya se ve obligada a abandonar la que durante décadas había sido su casa, su tierra. Esta “expulsión” del Jardín de las Hespérides, de su particular Paraíso, va a significar para el escritor la imperiosa necesidad de volver a crear su mundo, de volver a restablecer el orden perdido. Y a esa tarea se encomienda durante, no seis días, sino quince largos e intensos años para ofrecernos, hoy, este su nuevo universo, la recreación de su personal Edén, a través de treinta relatos que reconstruyen, con la paciencia infinita de un taxidermista, desde el caos de los recuerdos, desde las cenizas del olvido, una ciudad elísea en donde conviven Mina, la negra, esa que “tenía una piel tersa, oscura, heredada de sus antepasados que vinieron de más allá de Chinguetti y aún más allá de Tombuctú”, sus padres paseando con el carabina de Mohamed Sibari, Luisito Velasco, Javier Lobo, Lotfi Barrada, César Fernández o Pablo Serrano: el escuadrón de la muerte que recorría libremente las calles de Larache al llegar el mes sagrado del Ramadán, o el carrillo del señor Brital, apostado a la puerta del Cine Ideal, codiciado tesoro del que afloraban las garrapiñadas en cartuchos de papel estraza. Brital nunca visitó la sala de cines, pero al igual que Sergio Barce había “visto otros mundos a través de los ojos de los niños”.

Sergio se convirtió en el “moro” (así lo bautizó “El Pichi”, hermano marista de su primer colegio malagueño), en el proscrito que cruza el Estrecho con su familia en aquel Renault 10 amarillo, cargado del miedo a la frontera, tras el abandono de la “ciudad de oro”, Larache, Al-Arà´is, el jardín de las Flores, espacio mitificado y edénico, cuya luz hace que “quedes atado de por vida”: el Balcón del Atlántico, “la aventura que suponía cruzar en barca la desembocadura del río –Lucus-, percibir el olor a pescado y a especias que bajaba de las escalinatas del Mercado Central”, “el té con flor de azahar que tomaba bajo la sombra del Castillo de las Cigüeñas”, los dulces de chuparquía, las lágrimas de Abdellazziz Hakhdar –quien sembró en Sergio el espíritu del hannan– o la dulce melodía de Mamy Blue que sonaba diferente en los labios de Fatimita.

A lo largo del destierro Sergio Barce dejó de ser “el rubio” para transmutarse en un magnífico novelista: la mano creadora de un querubín que iba a desafiar el destino del exilio de los dioses. En el año 2000 publicará su primera novela, En el Jardín de las Hespérides, en 2004 vio la luz su segundo libro, en esta ocasión una colección de relatos, Últimas noticias de Larache y otros cuentos, en 2006 su novela Sombras en sepia, en 2011 se edita Una sirena se ahogó en Larache y en julio de 2013 ve la luz su quinto libro, la novela El libro de las palabras robadas.

Ha sido Primer Premio de Narrativa de la Universidad de Málaga, con el cuento El profesor, la vecina y el globo de plástico, ganador del Primer Premio de Novela Tres Culturas de Murcia con Sombras en sepia y Finalista del Premio de la Crítica de Andalucía con Una sirena se ahogó en Larache.

Pero Sergio precisa de continuar su ciclópea obra, la de consumar la edificación de su particular universo. Por ello, finalmente, en el presente año nos hace entrega del texto que nos convoca, Paseando por el Zoco Chico, larachensemente.

Un libro que sintetiza, a la perfección, el verso del poeta granadino Fernando Valverde: “Podéis mirar el mundo –o mi mundo- a través de mi llanto”. Sergio ha cerrado el círculo, el lugar en el que se concita el dolor humano de los expulsados, desde la recreación de la narrativa del recuerdo y del naufragio por lo que contemplan sus ojos, optando por construir, desde un acendrado intimismo, un texto épico, heroico y solidario en el que todos los recuerdos, la experiencia vivida y el acontecer del pasado se engarzan como un magma lírico para constituir al relato, desde la memoria universalizada, no como fragmento de la vida del autor, antes bien como realidad transfigurada. La historia deja de ser un simple acta notarial, mera crónica autobiográfica, para evolucionar con el recurso de la memoria, de donde van emergiendo y resucitando personajes, recuerdos, imágenes, experiencias, el abuelo Manuel y la abuela Salud, la nueva casa de la Unión Bancaria Hispano Marroquí, el bazar de El Hachmi Yebari, las arquerías y cafetines de la antigua Plaza de España, el guerrab a la entrada del Zoco Chico o el poster de Eddy Merckx escalando la montaña, enfundado en su maillot amarillo, que presidía la tienda de bicicletas del señor Yasim.

Escribía Jaroslav Seifert que “recordar es la única manera de detener el tiempo”. Sergio Barce posee el talento de contar las experiencias para hacer posible el conjuro del milagro creativo: la inmortalidad de los personajes y los espacios desde el instante en que nuestro autor logra universalizar a los protagonistas, a los lugares vividos y convertirlos en nosotros mismos, hacer posible que nos identifiquemos con ellos de tal manera que nos llevan, también, a nuestros recuerdos, y nos sanan, y nos redimen, y nos salvan. Sergio ha detenido el tiempo, rescatando del salón del olvido a todos aquellos que conformaron su infancia y su adolescencia para hacerlos inmarcesibles.

El mundo, su mundo, ha sido creado, concluido y “esta tarde solo hay tiempo para caminar, solo hay tiempo para dejarse llevar, no hay destino, no hay prisas; la Medina de Larache te arropa, tranquila, amablemente, y vuelves a ver otro espectro que te saluda con la mano y te sonríe, igual que hacía tu abuelo cuando te esperaba en la calle Real, otra vez en la calle Real, con todos ellos…”. La abuela Salud ya se ha marchado, y la madre, y Sibari. Pero siguen junto al Balcón del Atlántico, por siempre, contemplando el azul oceánico, respirando la brisa de un mar que les pertenece. “El Café Central de la Plaza de la Liberación sigue cerrado. Ya no hay mesas alrededor de su fachada. Tampoco hay voces pidiendo a Hamid té, café o una botella de agua Sidi Alí. Ya no hay nadie que pida permiso para sentarse al lado de Sibari, ni de ninguno de los parroquianos habituales”. A pesar de ello, hoy han vuelto. Sergio los ha convocado y al conjuro del dios rebelde van tomando asiento y ocupando los espacios, las calles, las plazas. Incluso hay quien afirma que la señora que caminaba delante de todos ellos, puntual, cada tarde, altiva, orgullosa, con una chilaba negra ceñida, los ojos inmensos enmarcados con el khol y de labios afrutados: una diosa, una estrella caída del cielo, como la llamaban Abderrahman Lanjri, Tribak, Kasmi o Yebari, se ha convertido en un ángel, en una musa que sigue paseando su hermosura ante tan ilustre concurrencia, gracias a la mano vivificadora de Barce.

En Larache han resucitado los recuerdos de Sergio Barce. Allí queda “una silla junto al portal del edificio del Café Central. Una silla abandonada que nadie ocupará jamás”. Pero existen, junto a los vacíos, los sueños del novelista, su mundo, la antorcha que mantiene vivos lugares y personajes, un Paraíso que los rescata hoy y siempre y los hace eternos e inmortales. Larache es la nueva Jerusalén en donde sigue esperando el poster de Eddy Merckx, la “sonrisa endiamantada” de su madre, un cuscús recién cocinado por Mina o las películas francesas del Cine Ideal, en una ciudad de oro a la que “quedas atado de por vida”.

Y ahora -siguiendo la hospitalaria invitación del señor Beniflah-, todos los que quieran pasar, que entren. Todos los que deseen comer, que pasen”.

Este es el mundo que Sergio Barce ha creado para todos, su legado, el testamento que ha construido a lo largo de quince prodigiosos años y que nos entrega como testimonio de resistencia “a través de los ojos del niño que fue”, tal y como le enseñó Brital, el vendedor de chucherías.

Ahora, alcanzado el séptimo día, el creador de mundos, Sergio Barce, toma asiento en alguna de las sillas vacías del Café Central, escucha, larachensemente, las bromas de Sibari y de Akalay y sonríe satisfecho. Saborea un té con flores de azahar, mientras suena de fondo, diferente, angelical, la melodía de Mamy Blue, y vuelve a sonreír porque sabe que su misión ha terminado.

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Interviene Manuel Gahete

Interviene Manuel Gahete

Paseando por el Zoco Chico
Larachensemente
visto por Manuel Gahete

Resulta redundante volver a insistir en la prodigiosa capacidad narrativa de Sergio Barce que ha quedado palmariamente demostrada en todos y cada uno de sus libros precedentes, creando un universo privativo cuya exégesis ha sido perfectamente desentrañada por José Sarria, a quien me une, desde hace mucho tiempo, la pasión por la palabra y por la vida. Casi desde sus inicios he seguido la trayectoria de Sergio Barce al que he visto crecer en expresividad narrativa y horizontes temáticos. Con idéntica maestría ha manejado los asuntos costumbristas, el relato sentimental o la novela con tintes de misterio, creando atmósferas singulares que determinan un estilo.
Ahora nos enfrenta a un conjunto de treinta relatos plenos de humanidad y tallados por el buril más diestro en belleza literaria. Tanto el breve prólogo del autor como la portadilla nos revelan que se trata de una colección de textos escritos en el transcurso de quince años, algunos ya publicados en libros, revistas o su propio blog, envidiablemente activo, y otros inéditos que, por su eje temático, la ciudad de Larache, debían publicarse compilados.

Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente aviva mi imaginación. Aunque para su autor representa la evocación de un espacio conocido, la impronta de las sensaciones y emociones que regresan a la memoria de lo ya aprehendido y entrañado; para quien les habla es un viaje por regiones abiertas a nuevas sensibilidades y miradas, relatos donde se narran experiencias y se describen personajes ajenos al transcurso de esta cotidianidad a la que nos habituamos muchas veces por inercia o desidia, o tal vez no tan lejanos ya que las huellas del contagio reflectan todavía en los lucidos azulejos, tan andaluces y tan marroquíes; una estrecha relación que nos funde de idéntico modo en el recuerdo de un taller de bicicletas como en la añoranza del abuelo Manuel, y nos busca tan dentro de nosotros que tal adentramiento me provoca una fascinación inusitada, el utópico anhelo de las culturas conviviendo pacíficamente sobre credos y lenguas.
Puedo decir que mi corazón y entendimiento se han enriquecido dejando que calen en ellos las emocionantes historias relatadas por quien las ha vivido intensamente y las ha recreado como materia de escritura tras la lenta e imperceptible metamorfosis que va deshaciendo la incertidumbre en certeza, la intemperie en cobijo y la inconsciencia en profundidad; hechos reales reconstruidos en el crisol de la palabra, amasados en el cosmos vívido de la literatura, pese a todas las controversias, la más fiel aliada de la historia. Pero también me ha ayudado a comprender al otro, lo que en definitiva conduce al famoso adagio clásico que nos incita inexorablemente a conocernos, con el firme propósito de convertirnos en personas más abiertas, tolerantes, solidarias y generosas.
Y esto acontece porque cada relato modula una vibración humana capaz de conmovernos, ya sea la minuciosa descripción de los ambientes, los trazos efectivos de los personajes o la delicada filigrana que va enhebrando caracteres y espacios en una fascinante mezcla de desolación y ternura. E hilvanando el entramado del discurso, punzadas rutilantes de vocablos que estallan en nuestros oídos como trizas de nieve, como briznas de fuego: tyyar, hezira, jay, guerrab, susi, litam, bacalito, jaique, djinn, aduar, bálak, tzáyer, harira, chuparquía, yámâ, ayi, flus, barakalofi, khol, shukran, mejaznis, hannan, safi.

Larache se convierte en el centro del universo. La luz blanca, húmeda, salada, límpida, transparente, casi pura, embarga las razones de la dolorosa despedida, obliga al retorno necesario, enerva el carisma de las evocaciones donde campea con inefable ímpetu la sensación de que todo ese mundo te pertenece. Y sobre este territorio insondable, que se alumbra de pronto como si la noche fuera incapaz de proteger su sueño, los personajes y sus pasiones fluyen desbordantes, mezclando lo narrado con lo vivido, el autor con el agonista, la actualidad con la memoria, el recuerdo con el olvido, porque –como escribía Shakespeare– “conservar algo que me ayude a recordarte, sería admitir que te puedo olvidar”.

Acudo a las palabras de Sergio Barce para penetrar en los misterios: “Me sorprende qué es lo que retenemos en nuestra memoria”. Pero más arcano incluso es lo que somos capaces de expresar ya que en definitiva toda obra literaria es un problema de expresión y su lenguaje aspira a revelar emociones, a perseguir sueños, a recobrar imágenes, impresiones virtuales en definitiva que pasan de ser meramente referenciales a altamente connotativas, dejando expeditos la exultación, el pesar y la añoranza, claves axiales en la narrativa de Sergio, que bascula con sonora armonía entre el compromiso de la ética y el esclarecimiento de la estética.

Así en El corazón del océano restalla el deseo tácito de restituir algo de lo que recibimos por quienes somos amados, ese aliento conquistable por devolvernos el paraíso perdido. Salvando las distancias y desde concepciones confrontadas, el anciano Rachid, delgado y seco, en cuyas manos podían leerse los años pasados bajo la intemperie, silencioso y temblando, con la mirada entregada al crepúsculo, me recuerda al viejo pescador de Hemingway, flaco y desgarbado, cuyas manos traslucen hondas cicatrices, dormido de bruces en su cabaña, soñando con leones marinos. Y junto a ellos la vigilia de los jóvenes luciendo como un sol inmarcesible. Idéntico deseo de lealtad inquebrantable que trasparece en la doliente historia de Ruth y de Jacobi; o las gestas singulares de Hakim, el nadador porfiado que se renueva de su oscuro lastre bajo el graznido de las gaviotas, y el indómito Abdelhamid, salvado por los ojos negros e inmensos de Zhora, liberándose de los oscuros cantos de sirenas, asumiendo heroicamente su destino.

Pero también la tragedia de la soledad y el irreparable paso del tiempo nos estremecen mientras nos adentramos en la historia de Mimo, la vieja vendedora de zanahorias, higos y hierbabuena, arrastrando la dolorosa pérdida de su compañero Mustapha, desaparecido detrás de los montes, y la de su hijo Ibrahim, muerto en el campo de batalla. La elegía empapa como un denso velo estos relatos, porque dialogan con la vida inmisericorde que torna el oro en ceniza y la carne en hueso demolido, el escuálido esqueleto del bosque de la Ghaba, poblado en otro tiempo de jabalíes indómitos y aves imperiales, la osamenta envejecida de una ciudad donde podían contemplarse chicas marroquíes de labios carnosos, pintados de rojo eléctrico, con minifaldas imposibles y tacones de vértigo, una ciudad en la que parece haber muerto la poesía; que se lleva la juventud convirtiendo al enérgico Brital en un viejo torpe y limitado arrastrando el carrillo de las garrapiñadas frente al cine Ideal esperando, infructuosamente, que alguien le regale un par de entradas para ver algunas de aquellas películas míticas del celuloide que el joven viejo Brital solo conoce a través de los ojos de los niños. O la historia de Mina, la negra, la de los grandes pechos de aguamarina, con aire de hechicera africana, maltratada por el marido perpetuamente borracho. O la joven cautiva litigando entre la excitación del adolescente que contempla su cuerpo desnudo y el dolor que llegará a producirle la pérdida irreparable de su rozagante belleza.

Barce rememora los días de Larache, ecos de su memoria, recuerdos que parecían perdidos: los anocheceres con los amigos en el mes de Ramadán; el amor infantil de Fátima, de Fatimita y todas aquellas niñas que acompañaron el instante de la niñez poblado de fantasías, deseos y gusanos de seda; la historia resumida de Mohammed, el niño de Alhucemas, que tanta impresión me causó cuando leí la versión íntegra en ese conmovedor texto sobre “La vida cotidiana durante el Protectorado en la ciudad de Larache” en la magna obra sobre el Protectorado español en Marruecos que tuve el honor de coordinar y editar; la seguridad y grandeza que destilaba el jardín de las flores, deshechas en pequeñez e incertidumbre entre los muros del adusto colegio malagueño; el precioso relato de Dukali, corriendo sin aliento para llevar a su madre adoleciente el regalo de la luna llena; los ejercicios de remo con Abdussalam, el de las venas henchidas que imitaban un paisaje lunar de ríos y mares, de sal y de fango; las amenas tertulias entre la terraza del Central y la Casa de España en compañía de otros amigos y creadores de la Asociación de Escritores Marroquíes en Lengua Española: el fraternal Abdelazziz Hakhdar y los tres Mohamed –Laabi, Akalay, Sibari–, que llegaría a convertirse en el escritor oficial de Larache, como comentaba con Ernesto Blanco, difícil de imaginar sin su presencia.

Quedamos emplazados, Sergio amigo, a pasear larachensemente por el Zoco Chico, grabando el disco que nos venga en gana, sintiéndome contigo ciudadano del mundo, porque nadie es forastero en el Al-Ándalus de Larache, la antigua Lixus, en la orilla derecha del estuario del río Lucus, donde Estrabón emplazaba el mítico Jardín de las Hespérides. Y tú lo sabes bien porque eres de allí, porque así lo has vivido. Y yo lo sé también, viviendo donde vivo, en esta Córdoba que vela la leyenda de Medina Azahara, donde –si puedes adentrarte en el silencio– se escuchan todavía los rezos hebraicos, las plegarias cristianas, las aleyas islámicas. Larache y Córdoba, bajo una misma luz, donde deambulan con su equipaje íntimo de humanidad solidaria los últimos herederos de Al-Ándalus.
Enhorabuena, amigo, y muchas gracias.

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Galería fotográfica de la presentación en Córdoba…

Antes de comenzar: Ernesto Blanco, Manuel Gahete, José Sarria y Sergio Barce

Antes de comenzar: Ernesto Blanco, Manuel Gahete, José Sarria y Sergio Barce

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Sergio Barce y Charo Matamala

Sergio Barce y Charo Matamala

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Diego, Sergio y Natalia Vallés

Diego, Sergio y Natalia Vallés

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Sergio Barce y Ana Berrocal

Sergio Barce y Ana Berrocal

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Wendy, Sergio Barce, Miguel Alvarez y Ernesto Blanco

Wendy, Sergio Barce, Miguel Alvarez y Ernesto Blanco

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Sergio, Berry, Jose, Larisa, Manuel y Ana

Sergio, Berry, Jose, Larisa, Manuel y Ana

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ASÍ FUE LA PRESENTACIÓN DE “PASEANDO POR EL ZOCO CHICO. LARACHENSEMENTE” EN LA LIBRERÍA PROTEO-PROMETEO DE MÁLAGA

Charla previa entre escritores: Sergio Barce, Mario Castillo (de espaldas) y José Garriga Vela

Charla previa entre escritores: Sergio Barce, Mario Castillo (de espaldas) y José Garriga Vela

El pasado viernes, se presentó en la Librería Proteo-Prometeo de Málaga mi libro de relatos Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente (Jam Ediciones /GB, Valencia) de la mano de José A. Garriga Vela, un privilegio del que tengo que alardear por partida doble: porque es uno de mis escritores de cabecera, y porque es un amigo con el que, como él mismo dice, me une una complicidad especial.
José A. Garriga leyó un texto, larachensemente, al ritmo de sus palabras. Siendo sincero, me fascinó lo que había escrito para la ocasión: un relato, que es su relato para hablar de mis relatos. Me pareció maravilloso.

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Y vi la reacción en el rostro de los asistentes, cautivados desde el primer momento por su manera de leerlo.

Para quienes no tuvieron la suerte de escuchar a Jose, ha tenido el detalle de enviarme su intervención, y la acompaño a esta breve crónica para que podáis disfrutarla y descubrir lo que él supo ver en mis cuentos.
Luego, hubo un simpático coloquio, y salimos agradecidos por la masiva asistencia y por el trato tan cercano y atento del personal de Proteo-Prometeo.

Sergio Barce 

Las fotos que se acompañan a esta breve nota, son obra, claro, de mi amigo y fotógrafo excepcional José Luis Gutiérrez. Del que os facilito su página:

http://www.jlgfotografo.com/

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PASEANDO POR EL ZOCO CHICO LARACHENSEMENTE

El verano de 1980 conocí Larache, desde entonces he vuelto varias veces. Sin embargo me han quedado grabados dos viajes: el primero hace alrededor de diez años, el segundo hace tan sólo unos días, y en ambas ocasiones la compañía de Sergio me ha guiado por la ciudad visible y la invisible. Esta tarde voy a leer algunas de las anotaciones que he ido escribiendo en el cuaderno de mi último viaje a Larache, que comenzó el 22 de septiembre y está finalizando ahora. Aquí están anotadas esas imágenes, experiencias y sensaciones que se producen en los viajes y que sólo mencionarlas nos hacen revivir el pasado. En realidad los viajes no acaban hasta que se olvidan y esto es muy difícil que ocurra.
El cuaderno de viaje empieza así: “Esta mañana he vuelto a sentir el mar como si lo estuviera viendo por primera vez. Sergio me acercó una caracola al oído y dijo: “¿Lo oyes?, ¿cómo se puede encarcelar la belleza en una jaula tan diminuta? No hay nada más grande que el océano. Es tan inmenso que hay mares en su interior”. Íbamos los dos paseando por la playa bajo la luz de Larache. Sus palabras, igual que el paisaje que se extendía ante nosotros, poseían un efecto hipnótico. Yo escuchaba en silencio. Luego, escrutando la línea del horizonte, añadió: “¿De qué tonalidad son los amigos?, ¿qué tipo de cámara sería capaz de captar ese arco iris invisible que ahoga los grises tristes y amargos?”. Al oírlo, recordé a los amigos presentes y los que ya no están. Pensé que a mí también me encantaría poseer esa cámara capaz de borrar la desgracia.

JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA durante su intervención

JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA durante su intervención

Después de estos días puedo confesar que conozco más profundamente Larache y mucho mejor a Sergio, un amigo al que apenas veo y con el que guardo esa extraña complicidad que alcanzamos con determinadas ciudades y algunas personas. Nos une el cine, la literatura, los paseos por el zoco chico y por los rincones secretos que se ocultan en los pliegues del cerebro. Sergio Barce pertenece a ese tipo de escritores capaces de encerrar un mundo en una frase, igual que encierra el mar en la jaula mágica de una caracola. Me he sentido un privilegiado al pasear con él por Larache, andar y desandar hasta encontrarnos con los recuerdos, la fantasía, los seres queridos presentes y los queridos ausentes; toda la fuerza del sedimento que van dejando los sueños. Sergio ha tocado mi fibra sensible: el pasado que vuelve. Los fantasmas que regresan para instalarse felices en el castillo imborrable de la memoria. La memoria, la única capaz de expulsar la muerte.
Hablo de la complicidad que me une a Sergio, detalles ínfimos que me estremece recordar, como el silbido de su padre al llegar por la tarde a casa que es el mismo silbido de mi padre al volver del trabajo por las tardes. Y los gusanos de seda que su madre le llevaba en una caja de cartón con hojas de morera son los mismos que traía mi madre. Recuerdos de seda que vencen el olvido. Sergio iba al cine Ideal de Larache y yo al cine Emporio de Barcelona. Larache, Barcelona, Málaga, qué más da, cuando se apaga la luz en la salas de cine los dos estamos en el mismo lugar de la película. Los lugares de la memoria y la fantasía que mencionaba antes. “¡Cuántas películas habrás visto!”, le preguntó alguien una vez al hombre del carrillo con chucherías y frutos secos que se instalaba todas las tardes delante del cine Ideal. Y el hombre del carrillo dice Sergio que se quedó pensando un buen rato, hasta que respondió en silencio: “El cine que conozco lo he visto a través de los ojos de los niños”. Quizá así contemplamos nosotros las películas del pasado, a través de los ojos del niño que fuimos y que nunca nos abandona.

PASEANDO POR EL ZOCO CHICO - cubierta
Estos días he paseado con Sergio por la niñez y adolescencia. Sus amigos de entonces son ahora también mis amigos y durante el mes sagrado del Ramadán nos convertimos en los dueños de las calles de Larache. Esos amigos que Sergio tuvo que abandonar en 1973 para viajar a Málaga, igual que yo había hecho cuatro años antes con mis amigos de Barcelona. Dos viajeros a contracorriente. Málaga se convirtió en el destino de ambos y en Málaga a Sergio lo apodaron el Moro y a mí el Polaco; dos extranjeros en casa. Desde la perspectiva que aporta la distancia y el paso del tiempo, Sergio observa la silueta del otro continente, tan cercano y lejano a la vez. Piensa en los muertos que viven bajo el agua, los emigrantes que cruzan el Estrecho con la esperanza y la ilusión de encontrar una vida mejor. Lo que Sergio llama: “Ese anzuelo indigno que ha creado Dios”. No hacen falta más palabras.
Esta tarde, antes de reunirme aquí con vosotros, me he sentado a beber un té mientras disfrutaba releyendo un cuento maravilloso, todo con calma, sin prisas, larachensemente, como los paseos que estoy dando con Sergio Barce por el territorio de su imaginación. Larachensemente puede ser el inicio de una novela. Y hay detalles en los cuentos y en los paseos que he caminado y leído y releído estos días que muestran detalles que hacen de Marruecos, como dice Sergio, “un lugar digno, decente e irrepetible”, detalles como los de Yebari, el vendedor de libros, un auténtico Larachense, incapaz de quedarse con el dinero de los libros que vende de Sergio. “El autor es el dueño de la obra”, dice Yebari, y al instante añade: “¿Quién lo ha escrito, hombre? Para mí es un placer poder venderlo”. Hay aquí encerrados tantos paseos maravillosos, como el titulado Ellos vuelven a Larache, un cuento incontable que sólo Sergio consigue expresar en palabras. Y las distintas lenguas, razas, religiones, que conviven en Larache. Y la tumba de Jean Genet mirando al corazón del océano, los mares dentro del mar misterioso. Y el taller de bicicletas de Yasim con el póster de Eddy Merckx subiendo por la pared del local mientras Yasim y todos nosotros marchamos en el pelotón perseguidor. Y el edificio de la Unión Bancaria Hispano Marroquí. Y los hogares de la familia. Los amigos, tantos amigos, tantos personajes de novela, tantas y tantas historias.
Y ahora para terminar, como diría el señor Beniflah, todos los que quieran pasar, que entren. Todos los que deseen disfrutar larachensemente este magnífico y conmovedor paseo por el zoco chico, que pasen. Al otro lado les espera Sergio Barce, asomado al balcón del Atlántico desde donde se divisa la curvatura del mundo.

José Antonio Garriga Vela

MÁS IMÁGENES DE LA PRESENTACIÓN:

Firmando a Marichu

Firmando a Marichu

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Firmando a Ana María Cuevas. Detrás Marina López, José Luis Pérez Fuillerat...

Firmando a Ana María Cuevas. Detrás Marina López, José Luis Pérez Fuillerat…

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José A. Garriga y el maestro Linares

José A. Garriga y el maestro Linares

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Sergio Barce y José Garriga

Sergio Barce y José Garriga

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Firmando a Julia Sousa y Antonio Herráiz, y detrás Santiago Souviron, Jesús Ortega, Claudia Santos...

Firmando a Julia Sousa y Antonio Herráiz, y detrás Santiago Souviron, Jesús Ortega, Claudia Santos…

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“PASEANDO POR EL ZOCO CHICO. LARACHENSEMENTE”, YA EN MÁLAGA Y TORREMOLINOS

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“Paseando por el Zoco Chico.
Larachensemente”

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PASEANDO POR EL ZOCO CHICO - cubierta

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